[ Por Patricio Erlandsen (@Pato_Erlandsen)abre en nueva pestaña ]
El gorro que Nicolás llevó al Bicentenario de La Florida estuvo pocas veces en su cabeza. Cada tanto rato, al ver que una jugada no resultaba o un jugador no daba un pase correcto, era golpeado contra el asiento de adelante, que estaba desocupado.
Nicolás sufría, su madre trataba de contenerlo, pero parecía que sabía que iba a tener mucho trabajo
. Llegó el primer gol de Audax y el niño de once años empezó a evidenciar su molestia… “pero como nadie marca”, gritó con fuerza tras la apertura de la cuenta. A la par, varios hinchas ya más viejos veíamos lo que no queríamos.
Todo lo bueno que se había mostrado en el segundo tiempo contra Iquique quedaba en nada. Volvían todos los fantasmas que creíamos que se habían ido con Eduardo Espinel.
A ratos, el nivel de juego era exasperante. Sin embargo, como siempre, no dejamos de creer. El duro golpe que recibíamos al final del primer tiempo, era a la vez, una esperanza de que el equipo despertaría en el complemento.
Pero bastaron solo dos minutos del segundo tiempo para que se acabara todo
. El golazo de Delgado nos dejaba sin nada y las esperanzas de librarnos definitivamente del descenso se esfumaban. Con el equipo absolutamente descompuesto, empecé a preocuparme más por el pequeño Nicolás. Ya a esas alturas no dejaba de rabiar.
Patadas de impotencia al suelo, manotazos desesperados hacia los asientos bajo suyo, gritos de desesperación, como creyendo que dentro de la cancha alguno de los jugadores lo escucharía.
Pero no pasaba nada, no dábamos dos pases seguidos. Éramos un equipo fantasma. Silvio Fernández gritaba y gritaba al borde del terreno de juego, pero nadie lo escuchaba. Y en ese trayecto, vino lo más vergonzoso.
Un grupo de delincuentes creyó que para levantar al equipo debía romper los asientos de la galería y lanzarlos a la cancha, poniendo en riesgo a Nicolás Peric, pero también la continuidad del partido
. ¿En qué cabeza puede caber el hecho de que es la forma de alentar a un equipo abrumado y desesperado? ¿Por qué ese grupo de antisociales se ganó el derecho de ser representantes de Santiago Wanderers y el sentir de la mayoría de los hinchas? Sentí vergüenza de lo que veía. Nada, ni el enorme malestar que todos tenemos contra quienes administran al club, amerita un comportamiento como ese. Ojalá sean pillados y nunca más vuelvan a la cancha.
¿Estarán felices cuando nos castiguen con jugar sin público o nos quiten puntos?
En todo ese momento, mientras tanto, Nicolás se tomaba la cara. Para él, todo esto también era vergonzoso.
Volvió el fútbol y ahora el turno de ver el triste espectáculo que ofrecía Jonathan Charquero, un tipo que nadie entiende cómo puede seguir teniendo chances
. Su llegada es el reflejo de la pésima gestión en materia de refuerzos de este año. Se acababa el partido, y como le decía a un amigo, más que rabia y frustración se sentía una pena gigante. Nicolás ya estaba abrazado a su madre, buscando consuelo, cuando César Cortés clavó la tercera estocada. Pitazo final y mientras algunos se iban rápido a sus casas, pensando en olvidar un nuevo dolor en el refugio de sus familias,
Nicolás no pudo más y se largó a llorar. Fue de lo más triste que me ha tocado vivir como hincha de Santiago Wanderers. Las lágrimas del pequeño son las que muchos de nosotros no pudimos derramar, por vergüenza o qué se yo qué cosa.
Traté de consolarlo, pero nada lo sacaba de su estado de máxima amargura. En ese momento, me imaginé a otro Nicolás. Ese que se adueñó del club y hoy lo tiene hipotecado.
Seguramente ese Nicolás estaba en su casa, abrigado, hablando de sus negocios, de cómo ganar más y más. ¿Wanderers? Con suerte debe haberle llegado una notificación a su teléfono con el resultado.
¿Sabrá el dolor que ha causado? ¿Le importará? Por ahora, me quedo con la fe en que la pena del buen Nicolás se transforme la próxima semana en una efímera alegría con el
mediocre consuelo de mantener la categoría.








