
No fue solo la derrota ante Palestino lo que dejó a Universidad de Chile golpeada. Lo que dejó el partido ante Palestino en el Estadio Nacional fue algo más preocupante: la imagen de un equipo que no cree en lo que hace, y que da señales cada vez más evidentes de que la conexión con su entrenador está rota.
Francisco Meneghini queda nuevamente en una situación delicada. El colchón que había ganado tras vencer a Colo Colo en el Superclásico volvió a desaparecer, y el técnico se encuentra otra vez en la cornisa.
Pero el problema va más allá de los resultados. Hay algo que ocurre puertas adentro en el Romántico Viajero que los números no alcanzan a explicar.
La desconexión del plantel de la U con Paqui
La noche ante Palestino dejó imágenes que no necesitan mayor interpretación. Desde los primeros minutos, el equipo mostró una desconexión difícil de disimular.
En las pausas de hidratación —instancias donde el cuerpo técnico da instrucciones—, varios jugadores se mostraron visiblemente desconectados, sin captar lo que Meneghini intentaba transmitir. Esta es la radiografía de un grupo que no está comprando el mensaje de su entrenador.

Las decisiones desde el banco tampoco ayudaron. Meneghini especuló durante todo el partido, no utilizó todos los cambios, y tardó en hacer ingresar a Marcelo Díaz, quien terminó siendo clave en el empate transitorio cuando la U ya estaba en desventaja.
Otro punto clave fueron las escasas conversaciones del entrenador con sus dirigidos, quienes parecían no oir sus instrucciones. Con quienes ingresaron desde la banca, tampoco conversó, y es que es Federico Martorell el encargado de realizar prácticamente todas las charlas con los jugadores.
Tras el pitazo final, el plantel no habló con la prensa. Los semblantes lo decían todo: bronca, desconcierto, y una molestia que no parecía apuntar solo a la derrota, sino a algo más acumulado.
El propio Meneghini reconoció en conferencia de prensa que los resultados no son acordes a lo que busca, aunque descartó renunciar: “No pienso en eso. El partido del domingo fue un envión y esto nos golpea, pero hay que recuperarnos para pensar en la liga local”, dijo el argentino, una respuesta que no convenció a nadie.

Los episodios que se fueron acumulando
El empate ante Limache fue el primer quiebre visible. Tras el pitazo final y en medio de la pifiadera de la hinchada en el Estadio Nacional, los jugadores se retiraron raudamente al camarín sin despedirse de los hinchas.
Días después, surgió el episodio de Matías Zaldivia. Ramón Fernández filtró por error que el defensa central le había comentado en privado que los cambios ante Limache confundieron al equipo.
Zaldivia salió a desmentirlo rápidamente, pero su justificación no convenció. La polémica ya estaba hecha, y el episodio dejó al descubierto que hay conversaciones internas que no cuadran con el discurso del vestuario.
A eso se suma la propia actuación colectiva del equipo partido a partido. En seis partidos disputados, Meneghini registra solo un triunfo. El equipo no tiene funcionamiento claro, no tiene un modelo de juego definido.
Meneghini contra las cuerdas
El técnico reconoció que el desgaste físico producido por la cercanía del Superclásico pasó factura, aunque aclaró que no lo considera una excusa.
“Era muy importante para nosotros pasar y por eso nos duele mucho la eliminación. No podemos poner excusas por horarios, aunque el partido de Colo Colo fue muy desgastante, debíamos ganar”, aseguró.
El problema es que esa autocrítica llega tarde y se repite sin consecuencias concretas. La U deberá centrarse exclusivamente en el Campeonato Nacional, donde marcha décima con seis puntos en cinco fechas.
Sin margen de error y con un plantel que da señales de no creerle del todo a su conductor, el partido del lunes ante Universidad de Concepción se transforma en algo mucho más que tres puntos.
Es, en la práctica, una final anticipada para Meneghini. Una derrota podría hacer insostenible su continuidad. Pero más allá del resultado, el verdadero desafío del argentino es uno que no se resuelve en 90 minutos: volver a tener un vestuario que lo escuche.








