Antes de la era de Federer, Nadal y Djokovic, el único tenista que había logrado conquistar el mítico Grand Slam (ganar los cuatro Majors) en la era profesional había sido Andre Agassi. El estadounidense, en una era de grandes sacadores, marcaba diferencias por su característico juego desde el fondo de la cancha, que le permitía brillar en todas las superficies.

Algo que demostró desde temprano: antes de los 24 años ya había ganado en el pasto de Wimbledon y el cemento de su natal US Open, y había alcanzado dos finales en Roland Garros (donde por fin pudo ganar recién en 1999).

¿Y Australia? Aunque hoy cueste imaginarlo, Agassi no lo jugó durante los primeros ocho años de su carrera. Y la razón no era más que la poca disposición de, a comienzos de temporada, viajar hasta la otra mitad del mundo, arriesgando perderse las fiestas de fin de año.

Un caso aislado, ¿cierto? No tanto como usted pueda creer. Hoy, sería impensado que figuras de la talla de Carlos Alcaraz o Jannik Sinner no fueran al evento oceánico, pero son varias las leyendas (y no tan antiguas) que lo esquivaron sistemáticamente.

Tenista mexicana se desnuda para mostrar los efectos del sol en Australia: “No es chiste”Lee tambiénTenista mexicana se desnuda para mostrar los efectos del sol en Australia: “No es chiste”

El rumano Ilie Nastase, el primer número uno de la historia, solo lo jugó una vez (en 1981) y ya bien pasado de su prime. John McEnroe visitó Australia por primera vez en 1983 y Jimmy Connors solo fue dos veces, en 1973 y 1974, y no volvió más, incluso cuando era el mejor jugador del planeta. Bjorn Borg solo lo disputó en su primer año como profesional (’73) y nunca más hizo la travesía.

“La decisión que más lamento en toda mi carrera fue haberme perdido Australia tantas veces”, reconoció Agassi muchos años después. Y no solo desde un punto de vista deportivo -en su primer intento lo ganó, en 1995, y con cuatro títulos terminó siendo su Grand Slam más exitoso-, sino que también humano.

“Como no quise ir durante nueve años, cuando lo jugué no estaba seguro cómo el público me recibiría, pero me aceptaron como uno de los suyos de inmediato. En Australia el tenis se vive de una forma distinta”, sentenció el Kid de Las Vegas.

Algo en lo que todos los tenistas actuales suelen coincidir. Wimbledon tiene la tradición londinense, el US Open las luces de Nueva York y Roland Garros el encanto de París, pero Australia tiene una vibra diferente.

Aunque, para eso, hubo que batallar bastante, durante muchas décadas de ninguneo en que se le conocía irónicamente como el “hermano pobre” de los cuatro Slams.

El bicampeón defensor en Melbourne. EFE
Jannik SinnerEl bicampeón defensor en Melbourne. EFE

Una travesía eterna en el final de la temporada

Varios de los mejores jugadores de la era amateur jamás disputaron el otrora Campeonato Australiano, como los Mosqueteros franceses o los estadounidenses Bill Tilden y Pancho Gonzales.

En su época, tal vez, era entendible. Sin una obligación reglamentaria para disputarlo como ahora, un viaje de 45 días en barco probablemente no era la idea más atractiva, aunque, vale aclarar, sí hicieron viajes a Australia para jugar la Copa Davis (cuando se consideraba ganar La Ensaladera tanto o más importante que un Grand Slam… ¡Qué tiempos aquellos!).

Además, influía la ubicación del torneo en el calendario, a fin de año y no a comienzos como ahora. Es decir, una travesía que había que realizar cuando la mayoría solo estaba pensando en vacaciones, y por un premio que se consideraba como menor, comparado con los otros Slams. Una condición que, por cierto, recibió recién en 1924, varias décadas después que sus “hermanos mayores”.

En lo netamente tenístico, el nivel no era bajo, pese a la lluvia de ausencias, apoyado en la enorme Armada Australiana que brilló durante décadas, con leyendas como Rod Laver, Roy Emerson y Margaret Court, por nombrar solo a algunos. Pero siempre faltaba algo, y la organización se tuvo que poner a idear un plan para cambiar esto.

De partida, se tuvo que elegir una sede fija. A diferencia de Wimbledon, el US Open y Roland Garros, que siempre han estado identificados por una ciudad puntual, Australia se paseó por varias localidades del país. Además de Melbourne, también se jugó en Sidney, Adelaida, Brisbane y Perth, e incluso dos veces se mudó al vecino Nueva Zelanda.

Ese peregrinaje terminó definitivamente en 1972, cuando se eligió a la ciudad actual como la sede definitiva, en especial por ser un núcleo económico en ascenso, y por su condición de urbe cosmopolita.

Pero, ¿dónde disputarlo? Se necesitaba una sede acorde al desafío y, en lugar de construir un nuevo recinto, se optó por refaccionar el antiguo Estadio de Kooyong, una estructura con forma de herradura que lo hacía único.

Sin embargo, en menos de dos décadas, se hizo chico para las pretensiones que existían, y la municipalidad -con ayuda del gobierno- prefirió invertir en una instalación de primera categoría. El lugar elegido fue un viejo pantano como Flinders Park -cerca de la antigua Villa Olímpica de los Juegos de 1956- donde se construiría un recinto completo, por la módica suma de 94 millones de dólares australianos; algo así como medio billón de pesos.

La joya de la corona, un Court Central con capacidad para casi 15 mil espectadores que se inauguró en 1988, situándolo como el escenario tenístico más moderno del mundo en ese momento. Fue el primer estadio de tenis en el planeta con techo retráctil, tanto para proteger de la lluvia como del calor extremo.

La espectacular Arena Rod Laver se inauguró en 1988. Foto: EFE.
Austalian OpenLa espectacular Arena Rod Laver se inauguró en 1988. Foto: EFE.

Nueva fecha... y nueva superficie

Pero fueron otros dos cambios los que le dieron el impulso definitivo al Australian Open. Uno fue con las fechas.

Se decidió cambiar de fin a principio de temporada, acomodo que provocó que no se realizara la versión de 1986, volviendo al año siguiente, todavía en “La Herradura” de Kooyong, hasta mudarse el ’88 a las flamantes y modernas instalaciones en Flinders. Esto provocó un aumento considerable en la presencia de las grandes estrellas, que ahora lo enfrentaban con todas las pilas cargadas y no con el desgaste de toda una campaña, con Agassi como la única notable excepción.

Lo otro, mucho más polémico, fue un cambio de superficie. El tenis australiano estuvo siempre marcado por el juego de ataque, de saque y volea, característico del pasto. Pero con la progresiva reducción de los torneos sobre césped -el Abierto de Estados Unidos lo abandonó en 1975- había que hacer algo para incentivar a los jugadores. Y, para espanto de los puristas y tradicionalistas, las nuevas canchas se construyeron sobre cemento, el tipo de pistas que cada vez se estaba popularizando más en el circuito.

Claro que este “cemento” era particular. No era el típico estadounidense, sino que un compuesto revolucionario conocido como rebound ace, una mezcla de poliuretano y fibra de vidrio que se instalaba sobre el asfalto en la base.

La idea era generar una velocidad de pista estándar, rápida, pero no tanto como la del US Open, y que les daba chances tanto a los jugadores de ataque como a los más defensivos, lo que hizo que se apreciara una amplia variedad de campeones, desde monstruos de la línea de base a sacadores empedernidos.

Fue en esta novedosa superficie en la que Marcelo Ríos alcanzó la final en 1998, y Fernando González nueve años después, siendo el Grand Slam estadísticamente más exitoso para el tenis chileno, incluso por sobre la arcilla de Roland Garros en la que nuestros jugadores se forman desde la cuna.

El Chino llegó a la final de Australia jugando en rebound ace.
Marcelo RíosEl Chino llegó a la final de Australia jugando en rebound ace.

Eso sí, el rebound ace enfrentó quejas, en especial porque tendía a ponerse “pegajoso” con las altas temperaturas, haciéndolo proclive a las lesiones; algo que, estadísticamente, nunca se comprobó.

La nueva superficie tuvo consecuencias inesperadas para los jugadores locales, eso sí. Solo dos australianos han llegado a la final desde 1988 -Pat Cash y Lleyton Hewitt- y es el Grand Slam con la sequía más larga de tenistas nacidos en casa, desde Mark Edmondson en 1976. De hecho, han tenido mejores resultados en el pasto de Wimbledon, el tipo de cancha en el que se crían (y donde todavía suelen jugar de locales en Copa Davis, por cierto).

Pero, con una nueva fecha y una superficie mucho más homogénea, Australia dejó de ser un evento descartable como antes, y sus cuadros se empezaron a parecer cada vez más al de los otros Majors; Agassi fue la última estrella que consistentemente lo esquivó.

El “Grand Slam Feliz”

Australia no quiere seguir siendo el “hermano pobre” de los Grand Slams y sigue creciendo, pero también corrigiendo.

El rebound ace se dejó de usar en 2007 -justo el año de la histórica final de Feña ante Roger Federer- para dar paso al plexicushion, cuando el color de la cancha pasó de verde al azul actual. Y, desde 2020, se juega en GreenSet, un compuesto mucho más masivo.

Con la enorme desventaja de la diferencia horaria que hay entre Oceanía y occidente, en 2005 se dejó de disputar la final de día, y se pasó a la noche local (05:00 de nuestro país), haciéndola al menos más accesible para los fanáticos europeos. En el continente americano, lamentablemente, cualquiera de las dos opciones tiene sus propias limitaciones, pero la reprogramación sí elevó los ratings a nivel planetario: la definición entre Federer y Nadal en 2017 mantiene el récord de ser el evento deportivo de madrugada más visto en Estados Unidos.

Otro paso importante fue ampliar la marca y adquirir un carácter más global. A comienzos de siglo, cuando Hollywood todavía no lo comprendía, Australia se dio cuenta del enorme potencial económico del Lejano Oriente, sobre todo China, y adquirió el mote de ser “El Grand Slam del Asia-Pacífico”.

Esto trajo consigo nuevos inversionistas -a cambio, entre otras cosas, de invitaciones a sus tenistas que en su mayoría no podrían clasificar, salvo excepciones- y una inyección de hinchas de todas partes del continente asiático, en especial de Japón y Corea. Kia, el gigante automotriz de Seúl, es el auspiciador principal hace casi una década.

Asociación que hizo crecer el evento en forma exponencial. Flinders Park fue rebautizado como Melbourne Park, sufriendo una serie de transformaciones arquitectónicas que rivalizan con las de los otros tres Slams.

El Court Central -desde 2000 nombrado en honor a Rod Laver- sigue estando en la vanguardia, y poco a poco ha sido acompañado por otros recintos. Hoy cuenta con seis estadios, incluyendo la Arena John Cain y la Arena Margaret Court, ambos con techo retráctil.

También se han pulido los estándares de resistencia al calor, siempre un tema en Australia, con protocolos para suspender o incluso cancelar partidos si las condiciones son peligrosas para los tenistas.

Y aunque todo esto no sale barato, sí rinde frutos. Se calcula que cada edición genera cerca de 200 mil millones de pesos para la economía local, creando casi 2 mil empleos para toda la comunidad, en Melbourne y sus alrededores.

Además, incluso pese a la distancia, es el torneo de tenis que más público reúne año a año, con 1,2 millones de personas que lo visitan en sus quince días de desarrollo.

Cada año llegan millones de fanáticos del tenis a Melbourne. EFE
Hinchas en el Australian OpenCada año llegan millones de fanáticos del tenis a Melbourne. EFE

En la edición 2026, que partió esta madrugada, esas cifras no solo se mantendrán, sino que incluso podrían ser superadas. Y si Australia se llama a sí mismo como el “Grand Slam Feliz” (“Happy Slam”, en inglés) por el ambiente que intenta generar, lo cierto es que la organización también está muy satisfecha con el estado actual del evento.

Tomó tiempo, y tan recientemente como el año pasado incluso se rumoreaba que perdería su fecha en el calendario para dar paso a los petrodólares de Arabia Saudita, pero hoy por hoy, ya nadie cuestiona su lugar entre los cuatro grandes, y su estatus como un evento a la par de sus “hermanos mayores”.

abre en nueva pestañaabre en nueva pestañaabre en nueva pestaña