
Eduardo Arancibia tuvo un recordado paso por Universidad de Chile a fines de la década de los 90, donde debutó de la mano de Miguel Ángel Russo y luego fue vendido por 1 millón de dólares al Atlas de México.
Entre medio hubo un pequeño cortocircuito con el Doctor Orozco, que a la larga provocaría un bullado traspaso a Universidad Católica y el quiebre con los hinchas azules.
Hoy, a casi 30 años de su debut en la U, Eduardo Arancibia conversó con En Cancha y se refirió a su presente alejado del mundo del fútbol.
En esa misma línea, el Pollo recordó su paso por el cuadro universitario, los conflictos con el mítico expresidente azul y el técnico Ricardo La Volpe, el sentimiento por la camiseta de la U y el legado del “Clan Arancibia” en el fútbol chileno.

- Eduardo, antes de meternos en “la pelotita”, ¿en qué estás hoy? ¿A qué te estás dedicando?
Mira, tenemos una empresa de transporte donde le prestamos servicios a otro empresa. Además, mi hermano chico, Roque, tiene un local que se llama “Açaí Happy & Chill”, en Los Piñones 41, Providencia. Es un local muy bueno, vende café y medialunas también; le ha ido bastante bien.
- ¿Estás alejado del fútbol?
Sí, estoy alejado de lo que son escuelas y todo eso. Algunos compañeros estudiaron en el INAF para ser técnicos y trabajan en escuelas, pero muchos dicen que no es rentable. Uno tiene que buscar otras cosas. Estoy completamente feliz con lo que hago, mi familia está bien y me ha ido bastante bien, gracias a Dios. Lo importante es que haya salud y trabajo.
- ¿Tú llegaste a hacer el curso de técnico?
No, nunca me llamó la atención. Una vez que me retiré, no quise. Trabajé hace años en una escuela en Lo Prado, pero no es lo mío; no tengo esa vocación de ser profesor o técnico. Además, creo que no es un trabajo muy bien pagado, así que busqué otros rumbos.
El retiro definitivo: “Perdí el cariño por jugar”
- ¿Sigues jugando algunas “pichangas” o nada?
Fíjate que no. Cuando me retiré del fútbol, perdí todo el cariño de ir a patear un balón. No me llamó la atención. Jugué un tiempo con amigos, pero lo dejé hace bastante porque me operé las rodillas; la izquierda estaba muy complicada de meniscos y no tengo el ligamento colateral.
Hoy estoy más dedicado a subir cerros, andar en bicicleta y ver los partidos de mis sobrinos y de mi hijo Máximo, que está en Lautaro de Buin. También sigo al Santiago City por mi amigo Cristián Febre. Pero ir a jugar yo, no. Me han ofrecido pagarme todo por ir a jugar, pero por el trabajo no puedo y, además, estoy en paz así.
- ¿Hubo algo que te desencantó del fútbol o fue el desgaste de las lesiones?
Llega un momento en que quise hacer otra cosa. Lo hice tantos años con mucho amor, pero me saturó. A veces los rivales se pasan de la raya cuando saben que fuiste jugador y lo ven de otra forma; eso me desgastó. Me gustan más los deportes solitarios ahora. Estar tranquilo, sin tanta gente alrededor. Después de tantos años conviviendo con planteles, uno se satura.
- Muchos extrañan el camarín, pero en tu caso parece ser lo contrario...
Lo único que extraño son los camarines de la U de los años 98, 99 y 2000. Los campeonatos que gané con la U, eso es lo que uno más recuerda. Fui feliz, lo disfruté a concho, pero la vida cambia. A muchos jugadores les cambió la vida en lo económico, pero no eran los sueldos que se pagan ahora. Yo como juvenil nunca gané plata en la U, los dirigentes fueron muy desconsiderados. Nunca nos arreglaron bien el contrato, a pesar de que en el 98, 99 y 2000 yo era titular, salí campeón y le dejé dinero al club cuando me fui a México. Pero cuando ibas a negociar, el doctor (René Orozco) te decía que como eras “de casa” no podías pedir más plata. No era forma de tratar a alguien del club.
- ¿Cómo era tu relación con René Orozco?
El único problema grande que tuve fue cuando me fui a México en el 99. Lo llamé para decirle que quería irme porque en la U nunca había ganado dinero y era mi oportunidad de asegurar mi carrera. Él me dijo que si los mexicanos no pagaban lo que él quería, no me iba.
Le dije: “Doctor, cuando usted opera, no opera gratis, ¿verdad?“. Me respondió ”No, no, si pagan te vas y si no, no". Ahí me cortó el teléfono. Nunca tuve una buena relación con él. Muchos dicen que fue el mejor presidente, pero para mí no fue consciente con los jóvenes.
- ¿Nunca recibiste un sueldo?
En lo personal, nunca me senté con él a arreglar un sueldo que realmente mereciera. Lo que nos salvaba eran los premios por partido ganado, que eran buenos; ahí sacabas prácticamente otro sueldo. Yo veía las planillas y veía lo que ganaban otros compañeros que venían de fuera, y no les echo la culpa a ellos, pero a los de casa nunca nos valoraron.

La polémica venta al Atlas y la pelea con La Volpe
- Te vendieron al Atlas de México por un millón de dólares. ¿Cómo fue esa transacción?
De esa venta de un millón de dólares, yo solo recibí cinco millones de pesos, y fueron cobrados mensualmente. No recibí nada de lo que me pertenecía. Dos dirigentes me hicieron firmar el contrato en un departamento privado y, cuando les pedí mi 10%, me amenazaron con romper el contrato y dejarme en Chile si no aceptaba sus condiciones.
- ¿Quedaste dolido por el trato?
No, dolido con ellos no. Sabía que era normal por las personas con las que estaba tratando y sabía que en algún momento iba a pasar eso.
- Finalmente partiste a Atlas y al año volviste a la U...
Esa vuelta a la U fue porque una persona externa al club tuvo que poner dinero y yo también puse de mi parte para volver. Me dieron un sueldo mucho menor al que tenía antes de irme.
- ¿Y por qué se dio de esa forma?
Es que yo no venía jugando allá en México, tuve problemas con (Ricardo) La Volpe y quería regresar para volver a jugar, pero fue una decisión errada, tomada con la cabeza caliente, pero debí quedarme en México o irme a préstamo a otro lado allá. Uno se arrepiente, pero ya está. Llegue el año 2000, jugué, me dio una enfermedad, estuve harto tiempo fuera y me mandaron a préstamo al León. No fue una vuelta exitosa (a la U).
- ¿Qué pasó con La Volpe en México?
Tuve muchos problemas con él. Hay formas de tratar al jugador. Uno llega a un país nuevo, con otra cultura y entrenamientos, y se tiene que amoldar. Yo estoy de acuerdo con eso, pero La Volpe faltaba el respeto. Te “sacaba la madre” y te exponía delante de todo el plantel. No te dejaba entrenar o te sacaba de los entrenamientos, y eso no es normal.
Él quiso hacer lo mismo en Argentina y no pudo, por eso duró poco allá. El argentino tiene otra personalidad; el mexicano es más sumiso. Una vez leí que él decía que con él no jugaba Riquelme, y es verdad: nunca le gustaron los “10”, no le gustaban los cracks ni los jugadores con renombre. Él quería ser el único protagonista.
- ¿Le llegaste a responder en su momento?
Sí, al último le respondí por el periódico. Le dije un par de cosas cuando ya estaba afuera, cuando me tiró a entrenar con el Atlas B. Le dije par de cosas porque ya no tenía nada que perder. Hay que reconocer que sabe de fútbol, pero no sabe tratar al jugador.

“Me ponía la camiseta de la U y me sentía un superhéroe”
- Volviendo a tus inicios, ¿Qué recuerdos tienes de tu debut en la U y esos primeros años con la camiseta azul?
Cuando se va Jorge Socías, llega Miguel Ángel Russo, que para mí es el mejor técnico que he tenido. Él nos dijo a los jóvenes que nos iba a ver a todos, pero que solo subiría a los que realmente le gustaran. Me esforcé al máximo y él me hizo debutar. En ese tiempo debía haber un juvenil en cancha y el elegido fui yo. Me ponía la camiseta de la U y me sentía un superhéroe; nunca sentí la presión, sentía orgullo. El cariño que me dio la gente de la U es especial y hasta el día de hoy me reconocen y me agradecen los títulos. Las cosas que viví en la U no las viví en ningún equipo más.
- ¿Cómo nació tu amor por la U?
He sido hincha toda la vida. Pasa que nosotros nos criamos en Magallanes por mi hermano Franz, pero después de dar vueltas por Quillota, Temuco y Serena, volví a Santiago y fui a probarme a la U como cualquier persona. Me fue bien y el resto es historia.
- Llegaste a tener más de un paso por la U. Debutaste, partiste a Atlas, volviste, te fuiste a León y después quisiste volver a la U...
Cuando volví de México, llamé al doctor Orozco porque me habían llamado de la UC y le dije: “Doctor, me está llamando Católica y me ofrecen esto. Yo quiero volver a la U, pero si usted me ofrece lo mismo yo me voy feliz. Yo me fui al Atlas por el puro sueldo, usted sabe que no me dieron lo que me correspondía y creo que me merezco un respeto en lo económico”.
Él me dijo que “no, no puedo darte eso, si quieres ándate a la Católica, acá se juega por cariño o por el corazón”. Le respondí que lamentablemente cuando uno se retira del fútbol no vive de eso, usted puede ser doctor hasta los 60 años si quiere, pero nosotros a los 35 ya somos viejos para la profesión pero jóvenes para la vida. Se enojó y me cortó el teléfono.
- ¿Nunca más volviste a hablar con él?
No, nunca más hablé con él ni le mande un mensaje. Subí una historia cuando falleció, que lo sentía por la familia y todo, pero nunca tuve cariño por él ni tuve un recuerdo bonito.
- ¿Y antes de volver en ese momento a Chile no pudiste haber seguido en el extranjero?
Sí, tuve la idea de seguir. Cuando firmé en Universidad Católica me llamaron nuevamente del León. Había llegado un técnico que venía del Atlas y me dijo: “Eduardo, yo te quiero acá, sé que puedes hacer las cosas bien”. Y yo, estúpido, le dije que no, que ya estaba amarrado con la Católica. Debí haberme regresado y haber hecho mi carrera allá. Son decisiones estúpidas que uno toma y que ahora les transmito como consejo a mi hijo, a mi sobrino y a los muchachos que están recién empezando.
El legado del “Clan Arancibia” en el fútbol chileno
-Respecto al “Clan Arancibia”, ustedes son una familia histórica en el fútbol chileno (Franz, Roque, Eduardo). ¿Qué significa eso para ti?
Sí, con Franz, Roque, mi hermana Marcela y yo lo comentamos. Estamos orgullosos de lo que logramos como hermanos. Le agradezco mucho a mi hermano Franz, él fue quien construyó este “imperio”. Él empezó primero y vimos todo su sacrificio: entrenar sin tener nada, ni siquiera para un par de zapatos. El mérito más grande es de mi madre; nunca faltó el plato de comida ni la ropa limpia para que saliéramos a jugar. Cuando empezamos a ganar dinero con Franz, recién ahí pudimos ver “la carne sobre la mesa”, tener un auto y ayudar en la casa. Luego se sumó Roque y mi hermana también.
- Siempre quisiste ser futbolista?
Era la única opción que teníamos. Vi a muchos compañeros rendirse en el camino por falta de dinero o por otras distracciones. Yo no tenía plata para ir a entrenar, pero me las rebuscaba. A los 18 años tuve que dejar el colegio en tercero medio para dedicarme al fútbol. Le dije a mi mamá: “Amo esto y me la voy a jugar entera para aportar en la casa”. Ella lloró, pero me bancó totalmente. Quería que hiciera las dos cosas, pero no se podía. Después terminé el cuarto medio mientras ya jugaba en la U. Aposté todo al fútbol y, gracias a Dios, resultó.
- ¿Y la nueva generación? Tu sobrino Francisco está en Perú.
Pancho ya es conocido por todos, está en Garcilaso y le ha ido muy bien. Es un equipo que se está formando y él lo levantó; es de los mejores jugadores allá. Se lo ha ganado con mucho esfuerzo, es un muchacho muy profesional.
- ¿Te sientes identificado con tu sobrino Francisco? Ambos pasaron por la U, tuvieron un paso por el extranjero y ahora él destaca en Perú.
La otra vez hablamos y le decíamos “estás siguiendo todos los equipos en los que estuve yo...” (risas). Francisco es un jugador de esos que ya casi no existen: de los que juegan pegados a la línea y te encaran uno contra uno al pecho. En la U y en Católica quizás le faltó esa continuidad, pero en Cobreloa le fue bastante bien y ahora encontró su felicidad futbolística en Perú. Está contento allá con su familia y espero que siga muchos años más.
- También tienes a tu hijo, Máximo, en Lautaro de Buin. ¿Cómo ha sido su proceso?
Le ha costado un poquito más porque tuvo una lesión grave; se cortó los ligamentos y se jodió la rodilla, lo que lo tuvo casi un año fuera. Eso frenó su progresión, pero ya está de vuelta y juega muy bien. Tiene 21 años y técnicamente es de los mejores de la familia, si no el mejor.
- ¿Es igual de rápido que tú?
No, es totalmente distinto. Nosotros éramos más explosivos; Máximo es más técnico, muy rápido de mente y con la pelota en los pies. Si no jugara bien, dirían que solo está ahí por el apellido, pero él se esfuerza mucho. Es un niño sano, sin vicios, que vive para el fútbol. Yo siempre le hablo desde mi experiencia: a Primera no llegan siempre los mejores “cracks”, llegan los que más se esfuerzan. Vi a muchos que eran fenómenos en cadetes y se quedaron en el camino. Máximo juega de enganche, de volante o de “5” ahí al medio.
- ¿Cómo evalúas tu carrera hoy? ¿Te quedó alguna espina clavada?
Soy feliz de haber sido futbolista. Jugué en equipos grandes, gané títulos, jugué Copa Libertadores y jugué en el extranjero. Si pudiera volver atrás, haría todo de nuevo, pero con la mentalidad que tengo hoy. Mi única “espinita” fue no haber tenido un mejor paso por la Selección Chilena en las Eliminatorias del 98 o 99; eso me dolió. También me hubiera gustado jugar en Europa.








