En 2019, Alfredo Arias (66) aterrizó en Universidad de Chile con una desbordada ilusión y con la reputación de haber hecho buenas campañas en Sudamérica. En ese momento, los azules marchaban en la novena posición con 4 puntos y la misma cantidad de partidos disputados.
Su paso por el cuadro azul terminó siendo convulsionado y lleno de aprendizajes que, con la distancia del tiempo, el propio entrenador reconoce con franqueza.
En conversación exclusiva con En Cancha Prime, el uruguayo, actual entrenador de Junior FC en Colombia, repasa paso a paso lo que vivió en el Centro Deportivo Azul, desde su llegada hasta la forma en que se quebró el proyecto. Arias destaca el compromiso del plantel, el apoyo de la hinchada y explica por qué, a su juicio, la inestabilidad dirigencial fue clave en un proceso que nunca logró despegar.
-¿Cómo fue esa llegada a Universidad de Chile? Usted mismo ha dicho varias veces que hubo polémica en ese arranque.
Ahí está el error maestro, como digo yo. Pasaron muchas cosas. A mí sinceramente quien me lleva es el presidente (Carlos) Heller. Antes ya se me habían acercado desde la U, pero yo no podía porque estaba en pleno campeonato con Emelec. Para mí era un sueño cumplido: había estado en Santiago Wanderers, nos había ido bien, y luego la U, que siempre fue un equipo muy especial para mí. Yo tenía una amistad muy grande con Arturo Salah, él me hizo conocer lo que era la U por dentro. Conocí a Pellegrini, a sus compañeros, a su familia. Desde entonces guardé un recuerdo idílico y siempre decía: si un día dirijo en Chile, me gustaría dirigir la U. Llegué con una esperanza tremenda, quizás demasiada, pensando que si me había ido bien en todos lados, ahí me iría aún mejor.

-Apenas debutó, se encontró con la primera señal de crisis. ¿Qué recuerda de ese momento?
El primer partido lo jugamos contra Universidad de Concepción. Termina el partido y me dicen: ‘Venga por acá que vamos a hablar’. Yo pensé que era la conferencia de prensa. Pero me encuentro con el presidente Heller, con cara muy compungida, y me dice: ‘Profe, yo lo traje, quiero que sepa que lo voy a apoyar en todo, pero yo me voy de la U’. Ahí me mostró mensajes con amenazas a su familia, a sus hijos. Ese mismo partido ya había disturbios en la tribuna. Entonces entendí que había cometido un error. Yo no debía haber llegado en ese momento, con el club tan conflictuado. Y peor aún, me quedé cuando la persona que me había llevado ya no estaba. Ese fue mi gran error.
-Hubo confusión con la salida del técnico anterior, Frank Darío Kudelka. ¿Cómo se dio esa situación?
Sí, eso fue muy traumático. Me llaman y me dicen: ‘El técnico presentó la renuncia’. Yo contesto: ‘Bueno, cuando se vaya, yo voy’. Pero me responden: ‘No, necesitamos que venga ya, porque el plantel no quiere interinato’. Yo viajé a Chile, pero el entrenador todavía estaba. Seguía presentándose a entrenar. Yo dije: ‘Entonces me vuelvo a Uruguay hasta que se resuelva’. Pero me insistieron: ‘Profe, usted tiene que dirigir este partido, el plantel no quiere interino’. Y contra lo que yo pensaba, acepté. Grave error. A partir de ahí vino todo un lío, porque el club dijo que yo había llegado en una fecha, pero en realidad estaba dos días antes. Cuando los comienzos son malos, es difícil enderezar el rumbo.

Las dudas de la U de Arias
—Desde lo futbolístico, ¿cómo evaluó a ese equipo de la U?
No era un equipo que jugara mal, pero nos costaba mucho hacer daño. Nos faltaba gol y también tuvimos problemas defensivos. Igual logramos cosas, clasificamos en Copa Chile. Lo que nos condenó fueron dos empates en la hora, con Audax y con Palestino. No fueron derrotas, pero nos crucificaron. La entrega del plantel fue total. Los jugadores se adaptaron a la metodología, trabajaron con profesionalismo. Yo solo tengo palabras de agradecimiento hacia ellos. Si algo nos exime un poco es que después de nosotros tampoco hubo mejorías inmediatas. Costó mucho que la U retomara el camino.
-Usted suele decir que todo parte desde la dirigencia, ¿Qué pasó con la dirigencia en la U?
Todo equipo funciona desde su cabeza, y nosotros nos quedamos sin presidente a la semana de llegar. De ahí para abajo todo fue inestable. Lo he dicho siempre: en Emelec me fue bien porque tenía un presidente fuerte detrás. En la U ocurrió lo contrario. El problema no era solo deportivo, era institucional. En Sudamérica necesitamos profesionalizar la dirigencia. En Europa los dueños ponen gerentes preparados, acá muchas veces son hinchas con buena voluntad. Pero terminan hipotecando su patrimonio y, aun siendo campeones alguna vez, siempre salen mal. Esa es una gran diferencia.

¿Pudo descender la U en 2019?
-En ese torneo el equipo coqueteó con la zona baja. ¿Usted sintió el riesgo del descenso?
No, sinceramente nunca. En mi cabeza jamás pasó eso. En Wanderers sí lo viví y el mensaje fue siempre competir arriba. En la U no lo sentí. Lo que influyó fue mi error en aceptar dirigir ese partido inicial y después seguir cuando Heller ya no estaba. Ese fue el error fundamental, no el descenso.
-¿Pensó en renunciar en algún momento de ese semestre?
Jamás. Nunca he renunciado a nada en mi vida. Lo distinto fue que debí haberme ido cuando el presidente se fue, porque él era quien me había traído. Pero una vez asumido, conociendo a mi plantel, jamás pensé en renunciar. Los jugadores se entregaron totalmente y por ellos nunca hubiera dado un paso al costado.
—El ambiente estaba muy tenso: la hinchada, la prensa y hasta referentes como Johnny Herrera fueron cuestionados. ¿Cómo manejó ese camarín?
Siempre manejo los camarines igual: de puertas afuera, elogio; de puertas adentro, corrijo. Nunca expongo a un jugador públicamente. Y no creo que en la U haya sido más criticado que en otros lugares. En Peñarol, en Emelec o en Wanderers también me criticaron, incluso cuando salimos campeones. Eso es parte del rol. Respeto el derecho a opinar, pero no todas las opiniones tienen validez. Hoy cualquiera escribe en redes sociales, pero ver mucho fútbol no significa conocer cómo se vive el día a día en un plantel. Yo puedo ver edificios toda la vida, pero no sé cómo se construye uno. Lo mismo con un avión: me subo todos los días, pero no sé pilotear. La gente cree que sabe de fútbol porque lo ve, y no es así.
—A pesar de los malos resultados, y de las críticas que señala, se vio un apoyo notable de la hinchada azul esa campaña, ¿Cómo lo vivió?
Fue impresionante. Para mí, el futbolista es lo más noble del juego, pero inmediatamente después viene el hincha. Y el hincha no depende solo de los resultados. Uno se hace hincha desde niño, por herencia, por los colores, por un ídolos, y no cambia más. La U tiene una hinchada que siempre estuvo. Más allá de las manifestaciones o de la tensión, yo sentí ese apoyo incondicional. Y eso me dejó una enseñanza muy grande: el hincha de la U está más allá del ganar o perder. Ese fue el aspecto más valioso que rescato de esa experiencia. Aprendí mucho en la U. Aprendí que lo fundamental es reconocer cuándo uno se equivoca y seguir adelante.