En los últimos años, el nombre de Alfredo Arias (66) ha alcanzado notoriedad en el fútbol chileno por su experiencia como entrenador de Santiago Wanderers y Universidad de Chile.
Sin embargo, la historia del uruguayo con nuestro país viene desde mucho más atrás. En 1981, Arias recaló en el fútbol chileno como la gran apuesta para la delantera de Palestino.
En entrevista con En Cancha Prime, quien fuera un temido delantero, recuerda como inició la carrera que lo tiene hasta ahora vinculado con el fútbol.
-¿Qué destaca de sus primeros pasos en Uruguay?
Yo fui ese niño que siempre quiso ser jugador de fútbol. Hacía dibujos y siempre aparecía una pelota, una red, un gol. La vida fue generosa conmigo: pude cumplir ese sueño. Jugué en blanco y negro, como digo yo, porque en mi época hasta las fotos en los diarios eran así. Fueron años distintos, pero llenos de ilusión. Me tocó una carrera que no fue sencilla, con aciertos y errores, pero siempre agradecido de haber vivido de lo que más me gustaba.
-Usted en Chile jugó en Palestino, O’Higgins, Huachipato y Cobreandino. ¿Qué imágenes no ha perdido de su paso por Chile como futbolista?
Estuve seis años en Chile, que para la carrera de un jugador es muchísimo. Hice muchas amistades y viví mis mejores momentos como futbolista. En Palestino me trataron muy bien, al igual que en O’Higgins y Huachipato. En Los Andes tuve un paso corto, ya al final de mi carrera, pero también me recibieron con gran cariño. Me tocó jugar en un fútbol que en ese entonces tenía una Selección que había disputado el Mundial de 1982 y que competía muy bien en Sudamérica. Me fue bien, tuve la suerte de rendir y de ser querido. Y cuando a uno le va bien, se encariña. Por eso guardo los mejores recuerdos de Chile: vestuarios, anécdotas, amistades. Hasta hoy, muchas veces cuando hablo de mi pasado como jugador, siempre sale a colación mi paso por el fútbol chileno.
-¿Cómo se produjo su llegada a Chile?
Yo había salido a los 18 años a jugar a España. En esa época mandabas una carta y demoraba 30 días en llegar; si te respondían de inmediato, en 60 días recién llegaba la respuesta. Era otra vida, nada que ver con lo que hoy resuelve un whatsapp en segundos. Cuando volví a Uruguay, jugué en Peñarol, que junto a Nacional eran los dos grandes. Allí surgió la posibilidad de ir a Chile. Al principio no quería, porque estaba en un equipo top y porque recordaba lo difícil que era estar lejos de casa. Pero la dirigencia me convenció de que era una gran oportunidad. Ricardo Abumohor, dirigente de Palestino, me había visto en un amistoso ante el Cosmos de Nueva York, donde hice tres goles, y quiso llevarme.

-¿Qué impresión tenía de Chile antes de llegar y qué encontró al arribar en 1981?
Cuando llegué a Chile encontré un Santiago a años luz más modernizado que Montevideo. En 1981, Chile estaba varios pasos por delante de Uruguay: ya tenían malls, Providencia era un centro de reunión moderno, con cafés, tiendas, cervecerías. En Uruguay ni se soñaba con eso. Además, desde que llegué hice algunos goles, la gente me trató con mucho cariño y la colonia palestina me recibió muy bien. Eso me ayudó a adaptarme rápido y a encariñarme con el país.
El inicio de su carrera como DT y la influencia de Luis Santibáñez
-Después de su retiro estuvo muchos años fuera del fútbol. ¿Por qué decidió volver como entrenador?
Cuando me retiré dije que nunca iba a ser técnico. Lo decía porque me había dolido mucho cómo terminé mi carrera, con una lesión de rodilla que no me dejó rendir en mis últimos años. Me retiré cansado y dolido. Entonces armé mi negocio, trabajé mucho y me dediqué a la vida fuera del fútbol. La historia viene por ahí. Cuando yo jugaba en Palestino tuve la suerte de anotarle a la Universidad Católica en dos partidos distintos. Ya se rumoreaba en aquel entonces que podía llegar algún día a ese club, porque el técnico que me quería era don Lucho Santibáñez, quien además era entrenador de la Selección Chilena en el Mundial de España 1982. Cuando volví a Uruguay, tras mi paso por Palestino, recibí una llamada: Lucho había tomado O’Higgins y me quería en su equipo. Así fue como llegué. Después también me llevó a Huachipato. Para mí, Lucho fue un referente, un ganador, alguien que no solo tenía prestigio como entrenador, sino que además era un personaje adelantado en muchas cosas, un verdadero gestor de grupos.
-¿Él fue su modelo a seguir?
“Puse una pizzería y parrillada en Uruguay. Cada vez que la Selección Chilena o un equipo chileno jugaba Libertadores y viajaba a Montevideo, Lucho me visitaba. Siempre me decía en su tono: ‘oye huevón, ¿qué haces aquí?, ¿cómo no estás dirigiendo un equipo?’. Yo no le hacía caso. Tardé 22 años en madurar para animarme a dirigir.

- ¿Cuándo dio el salto?
Yo ya tenía mi negocio, que había empezado pequeño y me fue bien: lo fui agrandando, puse un salón de fiestas, un karaoke, televisores para ver fútbol. En 2008 empecé a ver al Barcelona de Guardiola y sentí que había un antes y un después. Incluso sus detractores algún día van a reconocer que cambió la manera de entender el juego. Desde entonces todos entrenamos con una metodología basada en el juego de posición. Eso me hizo pensar: ‘quiero volver al fútbol, quiero dirigir’. Mientras hacía el curso de entrenador viajé dos veces a España para ver cómo se entrenaba ese modelo. Era totalmente distinto a lo que yo había vivido como jugador o en mis primeros cursos.
-En ese momento llegó a las juveniles de Montevideo Wanderers...
Fue un proceso muy enriquecedor. Como dije, aprendí más de los jugadores que ellos de mí. Yo llegué hablándoles de ese Barcelona. Apenas sabía usar la computadora, pero buscaba en internet material, en una página que se llamaba Paradigma Guardiola. Con esa información me presentaba en los entrenamientos y les decía: ‘vos sos Iniesta, vos sos Xavi’. Los chicos, que eran muy dóciles y nobles, se entusiasmaban y empezaron a jugar de esa manera. Al principio yo no sabía cómo entrenarlos realmente, porque lo que había aprendido en los cursos tradicionales no tenía nada que ver con esa metodología. Cuando luego pude ir a España entendí más en profundidad cómo se trabajaba. Pero esos jóvenes de la Sub 16 eran tan buenos que destacaron rápidamente: empezamos a ganarle a equipos grandes y a jugar diferente. Eso me abrió la puerta para que me dieran el primer equipo de Wanderers.
El prometedor presente en Junior de Barranquilla
-Usted llegó en junio pasado a Junior. ¿Cómo evalúa su presente en el club?
Llegamos hace poco y el arranque fue muy intenso, casi sin pretemporada. Pero encontramos un club muy fuerte, representativo de toda una región. La gente nos ha recibido con ilusión y nosotros también tenemos la esperanza de hacer un gran trabajo. Estamos líderes, pero lo importante no es solo el presente, sino lo que viene. El torneo colombiano es muy difícil, con cuadrangulares y finales, y cualquiera puede ser campeón. Pero estoy muy agradecido: me tocó un plantel comprometido, con jugadores de experiencia como Carlos Bacca y Teófilo Gutiérrez, y jóvenes que quieren crecer. Eso me ilusiona mucho”.
-¿Es muy difícil gestionar con jugadores de ese calibre en el plantel?
Siempre les digo que no esperen justicia absoluta: es imposible ser justo cuando repartes 11 camisetas entre 30 jugadores. Lo que sí se puede prometer es ser parejo, tener una misma vara de medición y buscar siempre que el grupo mejore. Al final, más allá de si se gana un título o no, nuestra tarea como entrenadores es dejar algo mejor de lo que recibimos: mejorar al jugador, al grupo y al equipo.