Si existe alguien en Chile a quien le cabe el rótulo de “Hombre del Fútbol” es a Arturo Salah Cassani (Santiago, 4 de diciembre de 1949). En el fútbol chileno no hay quien pueda lucir tal currículum: jugador, de la UC, la U y Audax; entrenador, de Colo Colo, Universidad de Chile y Huachipato, entre otros; DT de la Selección Chilena, además...
Presidente del Cacique y, como si fuera poco, timonel de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional y la Federación de Fútbol de Chile, también tuvo un alto cargo político: subsecretario de Chiledeportes bajo el mandato presidencial de Ricardo Lagos. Simplemente, Salah ha estado en todas.
El podcast La Pizarra de... conducido por el periodista Danilo Díaz, recibe a un personaje fundamental en la historia futbolística de nuestro medio, para una conversación futbolera y llena de anécdotas.
Esta es la entrevista de Danilo Díaz con Arturo Salah Cassani:
-Sus comienzos como jugador en el fútbol fueron complicados. Descendió con Audax Italiano y, luego, con Universidad Católica. Eso es como para desmotivar a cualquiera…
El inicio fue duro, pero con un aprendizaje muy importante por haber vivido todo eso. Produce una templanza y la posibilidad de ser duro en una carrera que es la más bonita, pero no fácil. Entre paréntesis, yo todavía creo que soy jugador. Sí, soy entrenador, pero internamente, todavía me siento futbolista. Siempre me puse en el lugar del jugador…
-¿Por eso no hacía cambios antes del primer tiempo, por ejemplo?
Los jugadores son más importantes que el entrenador. Cuando uno hace cambios, cree que uno tiene el poder de cambiar las cosas, pero es el jugador el que juega bien o juega mal. Además, me gustaba mucho darles estabilidad a los futbolistas y una mala tarde la tiene cualquiera. Retomando: esos inicios fueron fuertes, pero muy importantes. Destacar también que si bien no hice divisiones inferiores, desde que tengo uso de razón estoy con el fútbol. Jugaba mucho, en el barrio, en el colegio, en el Stadio Italiano, que fue donde me crie. Jugaba en las ligas, tres o cuatro veces por semana, y pichangas permanentes, en la calle o en el colegio. Había aprendido mucho jugando, que creo que es la manera de aprender.
El fútbol de hoy, sin barrio
-¿Es ese uno de los problemas de hoy en día? Mucha escuela de fútbol, mucho cono, mucha cinta, pero no se encuentra un gambeteador, un jugador que amague, que se salga del molde…
Se aprende mucho jugando. Mucho jugar en la calle, hacer paredes con la pared misma, valga la redundancia y es ahí donde se aprende. Ahora es todo mucho más científico. Los conos, las vallas, la preparación física, que es importante, pero se ha perdido la espontaneidad, el instinto natural. Agrégale a eso la falta de cancha, pues en mi época, en que yo era niño o joven, había canchas rurales por todos lados. En mi barrio tenía tres o cuatro equipos de la ANFA que jugaban por ahí cerca. Ahora cuesta; hay que ir a una escuela…
-Con cancha sintética…
Yo no soy muy aficionado de quedarme pegado en el tiempo. Ahora, las cosas han cambiado pero hablo de cómo fueron mis inicios en el fútbol.
-Como jugador, usted era derecho, pero jugaba de puntero izquierdo…
Jugaba por la izquierda y por la derecha, pero en el Audax Italiano empecé como centrodelantero y me contrataron como centrodelantero también en la Católica. Pero coincidía en que ahí estaba el Tanque (Alfredo) Rojas y Julio Crisosto, así que en forma natural me fui a las puntas, porque tenía condiciones para hacer eso.
-¿Cómo fue que descendió la UC en 1973? Porque en el equipo había plantel como para pelear en la parte de arriba de la tabla…
Fue una época de mucho conflicto en el club. Se había perdido Independencia, por lo que la UC no tenía estadio, no existía San Carlos de Apoquindo. Lo único que existía era Santa Rosa de Las Condes, que tenía una cancha y otra más chica y que se compartía con el rugby y todas las divisiones. Católica tenía muchas dificultades de todo tipo, además conflictuada con la Asociación Central de Fútbol de esa época, en que incluso perdimos algún partido por secretaría. Tocó descender y con muy buenos jugadores. Pero eso me significó jugar un año en el ascenso. Yo quedaba libre, pero permanecí en la Católica, donde había llegado porque era estudiante de la Universidad (Ingeniería). Pensaba, equivocadamente, que tendría alguna ventaja para mis estudios en ese sentido, cosa que no fue al final, porque en esa época no existía la ley del deporte que daba franquicias tributarias y garantías para los deportistas, como ahora, en que hay becas y todo lo demás. En general, en la Universidad, el que estaba metido en el fútbol era tildado como flojo; no gustaba eso.
-Caricaturas que se hacen…
Elegí mal, en definitiva, ya que tenía varias oportunidades. Colo Colo, Huachipato, que era el campeón de la época, pero tomé la decisión de la Católica solo por esa razón: ser estudiante. No me arrepiento, porque conocí un muy buen club, con gente muy seria. De hecho, después me contrataron como entrenador, ya que mis primeros pasos como técnico fueron tres años en las inferiores de la UC.
El sello de Arturo Salah como entrenador
-¿Existe un correlato entre Arturo Salah jugador y los equipos que usted dirigió?
Sí. Cada uno tiene su visión del fútbol y cómo hay que jugarlo, de acuerdo con las experiencias que ha vivido, las cosas que le han tocado, los entrenadores que ha tenido, los compañeros. Ahí arma su manera de sentir y ver el fútbol. Eso yo lo trataba de incorporar a los equipos que me tocó dirigir. Eso es importante que pase, ya que como entrenador no hay verdades absolutas y lo importante es que el equipo refleje lo que uno siente. El fútbol es todo, es colectivo, es individual, vertical, horizontal, tiene muchos parámetros y hay que hacer finalmente una cosa que incluya todos esos aspectos. Puedo decir, eso sí, que no sé si podría haber sido entrenador sin haber sido jugador.
-¿Para usted esa es una condición sine qua non?
Absolutamente, pero es una pelea perdida…
-Pero siempre hay excepciones a eso… José Mourinho, por ejemplo…
O Luis Santibáñez, acá. Hay, pero son pocas. Cuesta más, porque no es fácil transmitir lo que uno siente en el fútbol, sin haberlo jugado. Siempre doy el ejemplo: yo no me habría atrevido a enseñarle tenis al Chino Ríos…
-¿Qué es lo más difícil para alguien que no jugó fútbol profesional? ¿Hablarle al jugador en la derrota?
Y en la victoria también, en todos los aspectos. Ha evolucionado mucho todo y eso es legítimo, estoy de acuerdo, pero hay cosas que no se aprenden en la pizarra ni en la teoría. Eso de cómo reaccionar cuando hay una derrota, cuando un equipo desciende. Cómo reaccionar cuando un equipo sale campeón, cuando gana un clásico.
-Le pongo como ejemplo la recordada Liguilla Prelibertadores de 1992, en que usted dirigía a la U. Estuvieron a un minuto de ganar el paso al torneo, cuando Colo Colo les hace el gol que los deja fuera. ¿Cómo se levanta a un plantel en esas circunstancias?
Son frustraciones que se viven en el fútbol y que el jugador bien formado tiene que estar preparado para absorberlas. Esa es parte de la formación de un futbolista, aceptar derrotas y victorias o que lo dejen en la banca, que lo saquen, aunque crea que es injusto, porque el jugador siempre pensará que es injusto que no lo pongan o que lo cambien. La profesión del futbolista es muy “yo”, muy creer que es el centro del mundo. Y es legítimo que así sea, porque se juega con su prestigio, con su carrera, pero uno se fija que ya después, cuando van teniendo más experiencia, alrededor de los 30 años, cambian sus actitudes y maneras de enfrentar estas frustraciones.
Arturo Salah y un fútbol moderno con vicios
-Hace un tiempo, Marcelo Bielsa hablaba en una conferencia de prensa sobre esto. Ese jugador que no respeta la camiseta, cuando se la saca y la tira al piso si es que no le gusta el cambio, olvidándose de todo, del compañero. ¿Hay exceso de yo?
Es una profesión muy ególatra, pero si hay buena formación y ahí estimo que estoy algo decepcionado. El efecto multiplicador que tiene el entrenador sobre el jugador es muy fuerte y siento que lamentablemente en estos momentos estamos viviendo una crisis en ese aspecto. Veo esas actitudes que no corresponden, esos borbollones alrededor del árbitro, esos reclamos, esos enojos cuando salen de la cancha, una serie de actitudes que van más allá de lo futbolístico propiamente tal, de la cosa técnica. Veo jugadores que viven más preocupados de la farándula que del fútbol y entrenadores que están permanentemente reclamando los cobros del árbitro. Qué queda para el jugador si el líder parte con esas actitudes.
-¿Qué le parece la determinación del fútbol chileno que, en caso de sanción, un entrenador no vaya al estadio? Porque al final, todos hacían trampa. Se les mandaba a una cabina y de todas formas daban instrucciones de manera remota…
Mal. Debería haber otra manera de salvaguardar el castigo. También tiene que ver con la formación del entrenador, pero el hecho prohibirle ir al estadio me parece una exageración.
-¿Cómo definiría al Colo Colo del ciclo 86-89? Un equipo que se fue armando, que comenzó con muchas dificultades…
Se fue armando con el tiempo. Fueron cuatro o cinco años de ir creciendo. El primer año, felizmente terminó bien, pero costó la partida. Muy traumático, incluso, pero terminó siendo campeón el 86. De allí vino todo un ciclo de crecimiento, en una época en que Colo Colo era más vendedor que comprador de jugadores. Paralelamente, se hizo un trabajo muy importante con un grupo de proyección, con jugadores jóvenes que después fueron apareciendo, como Miguel Ramírez, Javier Margas, Julio Pastene, Leo Herrera. Seis u ocho jugadores. Fue creciendo el equipo, hasta vivir una de las más grandes frustraciones que he vivido en el fútbol, aparte de los descensos que recordábamos, que fue ese partido con Vasco da Gama, en 1990. Ese equipo estaba para ser campeón, que ganábamos 2-0, nos empatan a dos, hacemos el 3-2 y en la hora un penal. Luego perdimos a penales.
-Daniel Morón, que era el arquero de esa época, recuerda que si él hubiese pateado la pelota lejos en la última jugada del partido, Vasco no alcanzaba a volver y ahí terminaba el partido. Pero el equipo tenía demasiado memorizados los movimientos que trabajaba con usted…
Está bien. Aunque hayamos perdido, uno era fiel con la manera que tenía de sentir el fútbol y eso se lo transmitía a los jugadores. Ellos creían en el tema, en la elaboración, en jugar bien. Jugando bien y teniendo más tiempo la pelota, es difícil que la tenga el rival y que nos hagan daño. Esos conceptos los tenía el equipo y agregados a la capacidad técnica de cada uno, era un equipo fuerte. Íbamos a semifinales y el fixture era bastante alcanzable. Al otro año, el equipo fue campeón…
-Siempre sus equipos jugaban con dos volantes de corte. Ormeño y Pizarro en Colo Colo, Musrri y Mardones en la U, Pablo Abdala y Rodrigo Meléndez en Cobreloa…
Ahí se ganan los partidos. Para defender y para atacar. Eran todos esos jugadores que además llegaban al gol, no eran solo buenos en el quite, sino también buenos futbolistas. Ahí, la generación de fútbol de cada equipo es muy importante.
-Por eso también soltaba tanto a los laterales…
Porque te daba inmediatamente la cobertura por la subida de los laterales. Eran verdaderos delanteros todos. Chano Garrido en Colo Colo, Cristián Castañeda, Fabián Guevara, Cristián Romero en la U, laterales que hacían daño. Todos jugadores de esas características.
-Y Chupete (Luis) Hormazábal. Un jugador emblemático para usted en Colo Colo…
¡Qué meritorio todo lo que ha hecho el Chupete! Su vida es un verdadero silabario para aprender. Él es un jugador que ganó todo, salió de muy abajo y se impuso con buenas armas siempre. Un líder verdadero y todavía, en el Colo Colo de todos los tiempos, pese a los egos que ahí, a los jugadores importantes, lo que hizo el Chupete es lo que vale. Y lo hace sin soberbia, sin imponerse, sin autoritarismo. Lo hace naturalmente, tiene una habilidad y un talento especial. Un tipo de mucho potrero, de mucha calle. Muy amante de su familia y que como jugador, era bravo. Tuvo una lesión que lo complicó y después lo reemplazó Javier Margas.
La Nueva U, el equipo que le cambió la cara a los azules
-¿Cómo armó el equipo de la U de los 90?
Con 300 mil dólares. Eso fue lo que invirtió la U. En ese tiempo, una de las cosas raras que hice en mi carrera, fue haber sido simultáneamente entrenador de la U y de la Selección. Y en la Selección, yo conocía a todos los jugadores del país: a los grandes, los viejos, los que no jugaban. Había estado en varios clubes, así que conocía la idiosincrasia de cada club, quién era quién. Y ese equipo de la U se hizo con futbolistas que estaban un poco desvalorizados. Gino Cofré, que fue un espectáculo. Ronald Fuentes, que venía de una lesión grave, había jugado en Cobresal en Segunda. Luis Abarca, que venía de Cobreloa, que estuvo un año sin jugar porque no firmaba un contrato. Buenos jugadores que, por razones extrafutbolísticas, no estaban valorizados.
-Vino Sergio Vargas…
Y Rogelio Delgado, que estaba retirado. Debo hacer mención a un dirigente, uno de los mejores que he conocido en el fútbol, Humberto Lira. Él conocía muy bien el fútbol argentino, era seguidor y él sabía esto de Sergio Vargas y gracias a eso llegó. Ese equipo venía de jugar la Liguilla de Promoción y se armó un plantel que peleó por entrar a la Libertadores. La U estaba por desaparecer, en términos muy precarios.
-¿Qué rol le da a René Orozco, presidente de la U en esa etapa?
Un liderazgo muy fuerte, tanto público como directivo. No futbolístico, porque él no entendía mucho de qué se trataba. Pero había dirigentes, como quien acabo de nombrar, Humberto Lira… No quiero ser injusto, pero varios que entendían la parte futbolística y tuve el privilegio de que tuvieran esa confianza de tomar las decisiones, la contratación de jugadores, la llegada de refuerzos como el Bombero (Juan Carlos) Ibáñez, (Ariel) Beltramo.
-A Raúl Aredes, con una gran campaña el 94…
Lo quisimos traer por primera vez y no pudimos. A él lo descubrimos en un partido amistoso que jugó la U con Estudiantes de La Plata acá y que nos hizo barrer. Yo me preguntaba “de dónde salió ese zurdo”. Al año siguiente lo trajimos y fue un fenómeno. Apareció también el Huevo (Esteban) Valencia, que era muy joven y estaba tapado. Yo me preocupaba mucho en ese aspecto de cuando iban jugadores a préstamo, con quién iban. En ese entonces, en Osorno estaba Guillermo Yávar, gran amigo, gran jugador de fútbol y persona. Entonces, uno podía seguir el rendimiento del jugador, no solo prestarlo y olvidarse de él. Hay que preocuparse de esas cosas…
-¿Cómo fue el proceso de Marcelo Salas? ¿Cómo lo fue llevando?
Excepcional. Fue rápido lo de Marcelo. Inmediatamente destacó jugando en las inferiores, en los entrenamientos. Era costumbre que cada semana hacíamos un partido inter escuadras con los juveniles y él iba a jugar, enfrentaba a los jugadores profesionales grandes y no se notaba. Era irreverente, le pegaban y se paraba. Después lo tuve en selecciones menores, como yo estaba en esta dualidad de trabajo U-Selección, también en Pinto Durán destacaba. También hacíamos muchos trabajos con la Sub 20 que estaba a cargo de Manuel (Pellegrini), entonces teníamos mucha relación con los jugadores y sabíamos quién era quién. Había un conocimiento de los jóvenes, del entendimiento con los grandes también.
-¿Y cuándo se dio cuenta de que había que hacerlo jugar, que ya estaba listo?
A final de año hacíamos una evaluación de los jugadores jóvenes y determinábamos cuál de ellos se iba a incorporar a la pretemporada. Siempre, aunque no estuvieran en el primer equipo, llevábamos a dos o tres jugadores de los de más proyección, porque la envergadura de un jugador muchos la hacen no por los años jugando, sino por las pretemporadas que tiene en el cuerpo. El jugador, a medida que tiene más pretemporadas, va creciendo física, personal y humanamente.
-Con la perspectiva del tiempo, ¿fue un error mantener esa dualidad de funciones entre Universidad de Chile y la Selección?
No, porque funcionó. La U estaba en una etapa crítica, por desaparecer y me habla Humberto, que yo lo tenía como dirigente, encargado del fútbol menor en la Selección. Lo que pasa es que la Selección no tenía compromisos, castigados. La Copa América del 93 la jugamos y quedamos afuera. Había un Sudamericano Sub 23 que se jugó en Paraguay, Preolímpico, que nos fue mal. La U estaba bien, estaba el Lulo (Jorge Socías), al cuerpo técnico de la U yo incorporé muchos jugadores con que fuimos compañeros, una reestructuración. Leonardo Montenegro, Juan Soto, Hugo Carballo con los arqueros. Había todo un grupo muy afiatado desde el punto de vista de lo queríamos en el fútbol, un poco lo que pasa ahora con Argentina. Es lo que siempre he querido buscar en los lugares donde he trabajado y eso funcionaba bien.
Salah y el buzo de la Selección Chilena
-Entrando en la Selección, cuando usted llega, tiene que afrontar un muy difícil momento. El fútbol chileno castigado, con muy malas prácticas, jugadores que se dopaban, según lo reconocen hoy en día, partidos sospechosos, escándalos arbitrales y todo lo que llevó a tocar fondo, en el escándalo del Maracana. Tiene que partir de cero y convencer a un medio que la trampa no servía. ¿Cómo lo hizo?
Fue un trabajo invisible. Jugamos dos partidos amistosos con Brasil, dos empates a cero. No teníamos competencia internacional, así que desde ahí tuvimos que empezar a construir. Tuvimos las dos copas América, la del 91, que ahí considero que podríamos haber llegado más arriba. Ese equipo jugaba muy, pero muy bien. Goleamos a Paraguay, a Perú. Salimos terceros detrás de Argentina y Brasil y fue considerado un fracaso, porque hacía solo unos meses Colo Colo había sido campeón de la Libertadores. Había toda una cuestión mal enfocada, del medio en general.
-Y, luego, la Copa América del 93…
Otra Selección que jugaba de maravilla. Fue cuando le ganamos a Brasil, por 3-2 y después perdemos con Perú y quedamos afuera, cuando el Coto Sierra perdió el penal. Pero la Selección se rehabilitó, lavó su imagen pública. Jugaba bien.
-En esa Copa América, le tocó una decisión sumamente difícil: qué hacer con Iván Zamorano para la última fecha del grupo. Viajó de Madrid a Tenerife, jugó, perdió el título en España, llegó el martes a Cuenca y a jugar contra Perú…
Era imposible no poner a Zamorano. Pero más que por el desgaste que pudo haber tenido, por los viajes -Iván estaba siempre muy bien preparado y era muy joven- fue el cambio futbolístico que le produjo al equipo. Luego de un equipo que le había ganado a Brasil por 3-2 jugando de otra manera, se transformó en uno en que, el que la agarraba, quería jugar con Iván. Buscar el centro, el cabezazo. Hubo un cambio en la manera de jugar del equipo, respecto de las características que tenía un jugador como Iván, que su gran fuerte el juego aéreo. Richard (Zambrano) y (Rodrigo) Barrera eran otro tipo de futbolistas, jugaban más el fútbol elaborado. El Fantasma (Marco Antonio Figueroa) que jugó el primer partido y lo hizo muy bien. Fue una mala suerte terrible, porque si ese equipo hubiera pasado habríamos peleado el campeonato. Esas dos copas América fueron de evaluación muy ingrata, la del 91 por el tercer lugar que en Chile se consideró un fracaso y la del 93 que fue injustamente eliminada. Eso significó el término de un trabajo, porque yo renuncié, pese a tener contrato vigente.
-¿Por qué?
Porque fue tal la batahola que se armó que yo renuncié. Más allá de la Selección, porque había un trabajo muy fuerte, en la formación de entrenadores, en el trabajo con el fútbol chileno, en la calendarización de los torneos, en el tipo de campeonato que teníamos. Abel (Alonso, presidente de la ANFP) había tenido la valentía de darnos esa autoridad, de creer en lo que se hacía desde el punto de vista técnico. Nos involucramos mucho en los campeonatos, en la calendarización, en la formación. Hacíamos los cursos de entrenadores, hicimos tres de iniciador, tres de monitores y tres de entrenadores en ese periodo. Salió una gran cantidad de entrenadores, como Gustavo Huerta, y todos con una doctrina común, de respeto hacia la actividad, de respeto entre ellos, más allá de la cosa táctica y técnica, que todos la sabíamos de alguna manera. Y eso lo echo mucho de menos.
-En ese momento, se sentaron unas bases. Porque a partir de ese trabajo, nunca se dejó de tener entrenadores en las series menores de la Selección. Chile salió tercero en la Sub 17 de Japón, fue al Sub 20 de Qatar, al Sub 17 de Egipto, a los Juegos Olímpicos, en fin. Todo en esa década; no es de un día para otro que los jugadores chilenos se pusieron buenos…
Había una estructura de trabajo técnico. De hecho, toda la base de esa generación de jugadores fue también la del Mundial del 98. Los jugadores jóvenes, que estaban yendo a torneos internacionales, a Europa. Antes de eso, los jugadores le miraban la camiseta a Rummenigge (Karl-Heinz Rummenigge, delantero alemán) para pedírsela. No tenían ningún roce internacional.
-Ustedes como grupo, me refiero a usted, a Manuel Pellegrini, siempre tuvieron una contra en el fútbol chileno. Y quizás eso fue por venir de un sector social de clase media, colegios particulares; como si no pertenecieran socialmente al mundo del fútbol…
Discriminación al revés, dice usted…
-Claro. ¿Sintieron ese prejuicio?
Ese es un tema más bien sociológico, antes que técnico o futbolístico. Yo conocí mucho jugador que incluso eran mejores que yo, pero no eran capaces de adaptarse a la realidad que vivía el fútbol. En el Audax, por ejemplo, ¿sabe cómo fue mi debut romántico con Audax Italiano? 19 años. Tenía un camarín de piso de tierra, en las duchas se juntaba el agua, así que había que meterse ahí con las chalas. Las canchas eran semi rurales, de tierra con pasto en las orillas. Los viajes se hacían en esas liebres Colón–El Llano, de esas Mercedes Benz chiquitas, y nos íbamos a Temuco en esas liebres. Había una serie de cosas que mucha gente no aguantaba, teniendo las condiciones futbolísticas para haber triunfado. Pero tuvimos la suerte muchos de esa generación de tener a un hombre como Fernando Riera.
-Definitivamente, lo marcó Fernando Riera...
Los últimos cinco años de mi carrera fui dirigido por don Fernando y varios de los grandes entrenadores que conocemos también. Él luchó contra esa discriminación, ya que estimaba que el fútbol era una profesión tan importante como ser médico, arquitecto, ingeniero o periodista. Cuando el jugador debía decidir, por ejemplo, si seguir en el fútbol o estudiar, él se enojaba conmigo o con Manuel, que éramos universitarios, porque andábamos siempre corriendo, llegábamos sobre la hora a los entrenamientos, por las clases. Él quería que nos dedicáramos nada más que al fútbol, cosa que yo hice al revés, porque les pedía a los jugadores que, si podían, estudiaran algo…
-Jaime Pizarro, Juan Gutiérrez...
Sí, muchos que lo lograron después. En Huachipato también les hacía tomar clases. Además, con la infinidad de alternativas académicas que hay ahora. El futbolista tiene mucho tiempo libre como para no aprovechar ese tiempo.
-Cuando estuvo en Huachipato, tuvo a Gonzalo Jara, al Chino (Rodrigo) Millar, que llegaron al Mundial; Héctor Mancilla, de una carrera brillante. ¿Cómo los vio a ellos?
Fue un trabajo muy importante que lideró principalmente Carlos Pedemonte. Huachipato era un club que permanentemente generaba jugadores. Cuando llegué ahí quedé sorprendido por tanto jugador bueno. Había un profesor, que se hacía cargo de la iniciación, cinco, seis años, que era un científico para enseñarles la coordinación a esos niños y los primeros pasos en el fútbol. Era con una vocación y una idoneidad perfecta. Era una usina de jugadores permanente…
Manuel Pellegrini, un embajador del fútbol chileno
-Para terminar, ¿cómo define a Manuel Pellegrini y el aporte de él al fútbol?
Un orgullo para el país. Ha sido el mejor embajador que hemos podido tener. Uno sabe lo que es Manuel en España, en Málaga le hicieron una plazoleta con su nombre. A Villarreal llega y todo el mundo… ¡En Real Madrid! Tú no sabes lo que es. En algún minuto fui a hacer una pasantía en Madrid, después de que estuvo Manuel y no sabes cómo nos abrieron las puertas y cómo la gente del club respetaba lo que había hecho Manuel ahí. En general, es un ícono…
-Y a estas alturas, con los jugadores que han cambiado tanto, en la era del celular, de las redes sociales. ¿Cómo Pellegrini les llega a esos jugadores, cuando ya pasó los 70 años?
Uno de los beneficios que tiene la carrera de entrenador es mantenerse actualizado. Vive con la gente joven, con los jugadores, viaja con los jugadores, está concentrado, come con los jugadores, duerme en el mismo lugar del plantel. Manuel ha tenido la virtud de mantenerse actualizado y en onda con lo que pasa con la juventud hoy día. Yo le hablo, porque ahí en el Betis tiene a varios jugadores con son medio locates y nos reímos, porque la verdad es que Manuel tiene una gran capacidad para tratar con distintos tipos de personalidades. Gente de gran nivel o más juguetona. Eso te lo da la actividad. Es lo que echo de menos como persona de la época en que fui entrenador: el contacto con los jóvenes, con los planteles, con los camarines, que ahí uno se mantiene actualizado. Sabe la música que suena, el reggaeton y todo eso; yo hoy no tengo idea la música que está en onda…
-Dice la leyenda que usted le quiso poner música clásica a un plantel de Cobreloa…
¡Ja! Les ponía a Andrea Bocelli, cuando estaba apareciendo y me pifiaban para qué te digo. Ahora, después, cuando vino a Viña, me llamó el kinesiólogo, el Chago Rojas, y se acordaba de toda esta anécdota. “A ver si pones a Bocelli ahora, qué dirán”… Se enojaban conmigo…