
Le dicen el Alex Ferguson del fútbol chileno y por algo será. Difícil obviarlo, ya que el entrenador Gustavo Huerta (Ovalle, 15 de octubre de 1957) está desde 2017 en la misma banca: la de Cobresal, donde ha vivido de todo y más. Fue jugador de los Legionarios, ha estado en dos periodos además del club como DT; salvó a los nortinos prácticamente de desaparecer y estuvo muy cerca de sacarlos campeones de Primera División en 2023.
Pero la historia del avezado DT va mucho más allá. Integró la Roja mundialista de Nelson Acosta, entrenó con éxito a otras escuadras de nuestro país y fue objeto de persecución, también, en la era de Sergio Jadue, según recuerda.
Gustavo Huerta es el invitado de Danilo Díaz en La Pizarra De... Esto es lo que el entrenador contó en los estudios de En Cancha.
-¿Cómo se definía como jugador?
Hay varios factores. Por una parte, consideraba que leía muy bien la jugada y, además, que tuve muy buenos compañeros al lado…
-Como “Lechuga” (Manuel) Araya… Un angelito, ¡Ja! ¿Cuánto hubiera durado el “Lechuga” en un partido de hoy...
¡Yo menos! Sobre todo, hablo de mi etapa en Cobresal, en que se atacaba mucho. Los volantes eran todos creadores de juego, los laterales nuestros iban todos al ataque. En esa época, o pasaba la pelota o pasaba el jugador, pero los dos nunca…
Gustavo Huerta: un conocedor del futbolista chileno
-¿Cómo definiría al jugador chileno?
Ha ido evolucionando. Siempre he creído en la capacidad técnica del jugador. A veces uno dice “bueno para la pelota”, pero le cuesta un poco entender el juego. Ahí es donde viene la parte técnica, respecto de la forma de ese buen jugador. Hoy ha crecido muchísimo en cuanto a la buena condición física, adaptada al fútbol. Antiguamente, en mi época, las teorías del entrenamiento todas eran sobre atletismo…
-¿Cómo así?
Mucho fondo. Kilómetros más kilómetros; mucho de esos trabajos. Hoy en día, se hacen en función de lo que necesita el jugador y del periodo, inicio de año, por ejemplo. Mucho volumen, intensidad, que es lo que uno busca y desde el primer día trabajar con el balón. Hay un progreso en esa parte, que el jugador entiende su organismo, su físico. Sabe lo que le pasa con el desgaste después de un partido. La mayoría entiende cómo alimentarse bien, se ha progresado mucho en la parte tecnológica y médica, la recuperación de las lesiones. Hoy todos los clubes tenemos un nutricionista apoyando la alimentación. En mi época, a los 30 años ya éramos un poco veteranos prontos al retiro; hoy, a los 40, un jugador que ha tenido una vida ordenada, de entrenamientos, sin lesiones importantes, puede jugar sin ningún problema.
-Usted, desde muy temprano en su carrera, conocía a todos los jugadores del medio nacional, a todos los rivales…
Eso lo tuve desde chico, en la familia. Mi padre tenía la colección completa de la revista Estadio y conocía a todos los jugadores. También, con mis hermanos, todo lo que salía de fútbol lo recortábamos y teníamos cuadernos. Competíamos a ver quién tenía más recortes de jugadores. En esa época, en Ovalle, teníamos el ascenso y salía harta información. Y cualquier jugador, independiente que haya jugado uno o dos partidos. Eso fue un inicio para interiorizarme, más allá de jugar. Dio pie para el futuro, y más todavía con los incentivos que tuve de Manuel Rodríguez Araneda (DT de Cobresal 1983-1988). Luego sentí esa parte vocacional del entrenamiento, preocupado del rival, de las fortalezas o debilidades nuestras…
-¿Hablaba mucho con Manuel Rodríguez? Porque él lo llevó (como jugador) a Deportes Antofagasta…
Sí, claro. Siempre lo digo y es un tema para mí muy fuerte: el agradecimiento que tengo al profe Manolo. Recuerdo que ya había empezado en ese tiempo (1981) la Copa Polla Gol (símil a la Copa Chile) y me había ido de Ferroviarios, porque era insostenible estar ahí, en las condiciones en que se trabajaba. Me fui a Ovalle y Antofagasta fue a jugar allá. Por intermedio de un amigo, me fue a buscar y fui al hotel donde estaban y me ofrecieron la posibilidad. Viajé a Antofagasta, aunque todavía pertenecía a Ferroviarios. Había ya cuatro o cinco centrales y Antofagasta le dijo que no a lo que estaba pidiendo Ferro por el préstamo. Manuel Rodríguez me ofreció que me fuera a su departamento, porque él podía lograr bajar lo que pedía el club para dejarme salir. Al final, pasé una semana así y se dio la oportunidad de quedarme en Antofagasta. De los 42 partidos de ese año, jugué 41, subimos y, al otro año, (Rodríguez) me llevó a Cobresal junto con otros compañeros. Salimos campeones y se creó la historia que tenemos en nuestro querido club.
-Salvo Santa Cruz, usted siempre dirigió de Santiago para el norte. ¿Nunca hubo opción de ir al sur?
Me hablaron desde Puerto Montt, pero cuando había salido de la Selección. Me acuerdo que me llamó el presidente de la época y había un dirigente que había estado en la ANFP, cuando yo estuve con Nelson (Acosta) en la Selección. Este dirigente había tenido problemas con Nelson y se negó inmediatamente a que yo fuera para allá, porque no quería saber nada con alguien parecido a Nelson Acosta. También, cuando Osorno subió a Primera, no recuerdo el año, el presidente, Aníbal Silva, me contactó. Estuvimos conversando por varios días, pero al final se quedaron con Osvaldo Hurtado, que fue el DT que había subido.

El comienzo de una larga carrera
-Su carrera como entrenador parte hace muchos años. Del retiro a entrenar a Cobresal y la primera experiencia fue dura, con el descenso en 1992. Una liguilla de promoción que, sobre todo el partido Everton-Cobresal, despierta muchas suspicacias sobre la limpieza del minitorneo… De lo más feo que se ha visto en Chile. ¿Cómo se rearma después de eso un técnico joven?
Fue duro. Yo ya estaba con las ganas de retirarme. Había tenido muchos problemas con el tendón de Aquiles, en ese tiempo las pretemporadas prácticamente no las estaba haciendo, porque era mucho de correr por el cemento, por los cerros. Estaba más fastidioso también, porque de la generación que nos llevó al éxito en Cobresal en los ’80 ya se habían ido todos. Yo era el pesado, el que estaba siempre llamando la atención al grupo. Llega Cobresal y me ofrece un contrato por cuatro años, en que yo estaba a cargo de las escuelas de fútbol. Sentía un apoyo inmenso del club. Estaba muy ocupado en función de mi futuro; veía en ellos que podía desarrollarme como entrenador. Tocó el momento en que se fue Reinaldo Hoffman e hice una dupla con Juan Zárate. Terminamos bien el ’91 y al año siguiente, que son esas cosas que a uno le quedan como experiencia, porque yo lo compartí dentro de la inexperiencia, el club decidió tener una base de jugadores juveniles, jóvenes, más que grandes. Cobresal, cuando lo hizo, le fue mal. Terminamos en esa Liguilla que, tal como recuerdas, queda la duda de ese partido final que jugamos con Everton (Everton ganó 3-0, en un partido en que el árbitro Sergio Vásquez expulsó a Cristián Bravo, de Cobresal, a los 20 minutos de partido y cobró un penal por una falta cometida fuera del área). Llegó de nuevo como DT Manuel Rodríguez y me pidió que me quedara como su ayudante.
-¿Aceptó?
No quería. Y no por él, sino porque sentía que tenía que dar ese paso. Me llaman de Ovalle, que estaba en Tercera División. Reflexioné: “ya, me la juego. Este es mi camino, creo que tengo las condiciones no para ser ayudante”. Y me fui a préstamo a Ovalle. Me pagaban una cantidad muy pequeña, pero el fuerte me lo pagaba Cobresal. Salimos campeones, tenía que volver al club y me lo dijeron. Manuel Rodríguez había salido campeón también, pero les dije que no, que quería seguir mi camino. Finalizamos en buenos términos, de todos modos.
-Ahí en Ovalle se da un primer hito en su carrera. En 1993, con el ascenso desde la antigua Tercera División. ¿Qué recuerdos tiene de ese equipo?
Era durísimo. Había muy buenos jugadores en ese equipo. La base era Rodolfo Soto, el arquero; José Miguel Álvarez, que antes había jugado en Cobreloa, Antofagasta, Coquimbo; Daniel Alcayaga, un central; Osvaldo Gómez; Carlos Jorquera, que en paz descanse; un chico Cerón, que venía a préstamo de Colo Colo; Óscar Álvarez, que era de Wanderers; Juan Carlos Rivera y Carlos Venegas también, que había sido puntero y yo lo puse de lateral derecho. Había un jugador buenísimo que era de La Serena, Liminha González, al que después me lo llevo también; José Ramón González, central antofagastino. Era un campeonato larguísimo, porque primero había que clasificar en un torneo dividido por zonas. Pasaban seis equipos y dentro de esos se armaba otra liguilla donde había que clasificar entre los dos primeros y luego llegar a la liguilla final. Ahí, el club que tenía lucas podía comprar la liguilla y tuvimos la suerte que Ovalle se sustentaba bien en ese entonces, así que la jugamos de locales. Enfrentamos a Curicó, Municipal Talagante y Linares, Frutilinares en esa época. Fue bastante disputada la liguilla, ganamos los tres partidos y ascendimos.
-De ahí viene el paso a Deportes La Serena entre 1996 y el 99. ¿Fue ese el momento de la consolidación como técnico?
Sí, sin dudas. Aunque en Ovalle igual sentía que íbamos por buen camino debido a la respuesta de los jugadores. En Serena ya hubo una consolidación. Era un equipo que había bajado a la B, me llevan y la única opción que había, de mi parte y de la dirigencia, era subir. Salimos campeones, tres o cuatro fechas antes. De hecho ahora, el último ascenso de Serena (2024) rompió mi récord. Teníamos un tremendo equipo en 1996: Waldemar Méndez, la fortaleza hacia arriba era tremenda, con Wilson Fre, Mario Araya, Rubén Martínez, Javier Alonso, un puntero argentino buenísimo y la figura trascendental, para mí, Francisco Pinto. César Marín y Luis Riquelme, que venía de Lota. Teníamos un equipo fuerte y nos fue bastante bien. De ahí vino la oportunidad de ir a la Selección. Me invitó Nelson, me tocó participar ahí de la previa de un partido con Uruguay, y después ya me llevaron.

Gustavo Huerta se viste de Rojo
-Ese partido con Uruguay fue decisivo, porque Chile venía de perder con Colombia y Paraguay y el equipo venía con muchas bajas; estaba lesionando Iván Zamorano. Después venían, Argentina en Buenos Aires, Perú en Lima y Bolivia en La Paz. ¿Cómo fue llegar en ese instante, con esa presión, a la Selección Chilena?
En ese tiempo, ¿quién venía de afuera? El Matador, que estaba en River, (Fabián) Estay no estaba en esa convocatoria, Zamorano suspendido. Los demás, todos de acá, y eran varios días de como es ahora, que son solo cinco días. Hubo tiempo de entrenamientos y todo. Alberto Quintano e Ítalo Traverso me ayudaron mucho. Lo primero que me dijeron era que lo mío era solo presencial, que tenía que ver desde afuera, participar, compartir con el cuerpo técnico, los jugadores. En uno de los primeros entrenamientos, vi que Ítalo estaba con dos canchas de fútbol reducido, por la cantidad de jugadores que había. Le pregunté si podía ayudar y ningún problema, entré ahí a arbitrar. Pero entre comillas arbitrar, porque me empezó a picar lo mío, el entrenador, de estar metido en la práctica, incentivar, corregir. De repente, termina ese fútbol reducido, se me acerca Nelson Tapia, estaba Nelson Cossio también si no me equivoco, y me piden que les empiece a mandar centros. Ahí fui a pedir autorización, ya que los arqueros me estaban pidiendo trabajar con ellos, en esos tiempos no había preparador de arqueros, así que trabajé con ellos bastante rato. De ahí me empezaron a considerar en los trabajos. Luego, cuando tuvo que hacer fútbol, Nelson me pasó el equipo B, por así decirlo, y ya en el partido, todo lo que significó, con toda la trascendencia, Ítalo me dijo que me sentara al lado de Nelson en la banca. Fueron momentos muy especiales, porque Acosta terminó al lado de la cancha, como siempre lo hacía y al lado suyo en el partido. Hubo varias decisiones que tuvo que tomar y ahí yo hasta opinando algunas cosas.
-¿Se acuerda de alguna?
En ese partido Nelson jugaba con dos volantes centrales y prácticamente un cuadrado, con línea de cuatro. Ganando Chile 1-0 nos empiezan a atacar. Había entrado Coke (Jorge) Contreras y recuerdo que habían empezado a atacarnos mucho por el lado derecho. Ahí se hizo un cambio muy importante, porque entró Cristian Mora, prácticamente como un tercer volante, pero por la izquierda, con lo que se tapó esa zona. Así terminó el partido. Después, nos despedimos en Pinto Durán y Nelson me llamó para que lo acompañara a la Copa América en Bolivia, en el ’97. Me dejó acá con un equipo, que jugamos con Hungría en Santa Laura, no hay muchos recuerdos de ese partido: dos goles de Rodrigo Goldberg, ganamos 2-1. Nelson se había ido a Ecuador, para jugar el partido de Eliminatorias en Quito. De ahí, con ese mismo equipo prácticamente, nos fuimos a Cochabamba, a la Copa América. Me fui “a préstamo” de Serena.
-¿Como manejaba eso? ¿Los jugadores de La Serena, los dirigentes?
Eternamente agradecido del Club Deportes La Serena de esa época, con los dirigentes. Había algunos que me fortalecieron mucho en el tema de mis decisiones. Me apoyaron en decisiones sobre jugadores, sobre manejo del club. Voy “prestado”, entonces, a la Copa América y a la vuelta, al término del año y con Chile clasificado al Mundial, Nelson me pide que vaya con él y desde el primer momento. La gira que arranca en Hong Kong y que termina en Wembley. Me dio la responsabilidad también de dirigir al Chile B ante Inglaterra B, en Birmingham. Ahí armamos un grupo que viajó de Santiago a Londres. Yo me junté con ellos, porque fui desde Australia con un grupo pequeño. Ante eso, los dirigentes del Club Deportes La Serena me pidieron que volviera después, porque el Mundial terminaba en julio. Les dije que hablaran con Nelson, con don Ricardo Abumohor (presidente de la ANFP); dijeron que no había problemas. Les respondí que OK, pero que yo ponía al técnico (en los partidos en que no iba a estar), elijo a los jugadores, y cuando termine el Mundial me devuelvo y me pongo a dirigir, porque ya había empezado el Campeonato. Hubo una copa de Apertura, con unos siete partidos. Dejé al técnico al que yo le tenía confianza.
-¿Quién?
Al que yo quería, porque me llegaron hartos ofrecimientos, incluso de algunos periodistas conocidos que insinuaban qué técnico podía ser. Pero yo dejé al que le tenía confianza, que era Iván Castillo, que dirigía a los juveniles. Nos fue bastante bien. Quedamos eliminados con Brasil en el Mundial y don Ricardo me dijo “Te tengo todo pagado para que te quedes hasta las finales”. Respondí que no podía, que tenía un compromiso con Deportes La Serena de volver apenas terminara el Mundial. ¡Hasta don Pablo Hoffman, de manera muy folclórica, me decía que cómo podía estar perdiendo esa oportunidad! Apenas terminado el torneo, me reintegré al club y, el último año, ya definitivamente me fui a la Selección, hasta que salí en 2001.
-¿Cómo fue ese proceso en la Selección como ayudante?
Esa tarea me dio Nelson. En ese tiempo, la tecnología no era la de ahora. El mayor material que teníamos era de Italia, debo haber visto por lo menos unos 10 partidos, en los VHS de ese entonces. Mi tarea era ir viendo jugadas, tanto de ataque como de defensa, las fortalezas de ellos, las carencias; la manera normal en que uno desmenuza a los equipos rivales. Además, Nelson me mandó a ver a Italia, que jugaba con Paraguay, en Parma. Vi ese partido, así que tenía una información muy completa de Italia. Menos de Camerún y Austria y tenía que ir marcando segundo por segundo el video, para que luego viniera una persona y compactara lo que yo veía. Para el Mundial de Corea/Japón ya había máquinas mejor adaptadas para hacer ese trabajo.
-¿Qué tenía Nelson Acosta como entrenador?
Algo que a mí me sirvió mucho, porque antes yo era muy rígido en muchas cosas, en los horarios por ejemplo. Nelson era muy suelto en ese aspecto. Una anécdota: se suponía que el entrenamiento empezaba, qué sé yo, a las 10. Ítalo en cancha, con todo armado, y le digo “Oye, son las 10:10”. Él, sabiendo cómo era Nelson, me manda al comedor y ahí estaban todos los jugadores conversando, Nelson en una mesa. Un ambiente espectacular. Le digo “Nelson, la hora”. Me queda mirando y no me dice nada. Después, me agarra solo y me dice que el horario lo maneja él, bueno, en otras palabras, pero súper en buena onda. Esa llegada con el jugador fue lo que me ayudó a transformarme. De repente era importante el detalle, pero más aún cómo podía llevarme con el jugador. En el partido mismo, darse cuenta de lo que estaba pasando y cómo solucionar el problema. Una visión diferente a la que yo acostumbraba…
-¿Cuál era su método?
Yo estaba acostumbrado a un esquema, formado por los cursos de entrenador de Arturo Salah, Caupolicán Peña, en que era todo bien estricto. Y ese pequeño cambio lo sentí, no fue forzado. De repente llegaba David Pizarro desde Italia y, en vez de irse a Pinto Durán, se iba a Valparaíso. Nelson se enojaba y me mandaba a mí a ver qué pasaba con él. Llegaba en la tarde y yo pensaba que Nelson lo iba a retar y todo, pero lo abrazaba y le daba bienvenida. Esas cosas sueltan un poco más la relación jugador-entrenador, sin que sea libertinaje ni mucho menos.

Un dueño muy particular y un golpe de Estado: las increíbles andanzas en el Bolívar
-En este siglo, vuelve a Cobresal y luego va a Bolívar, un grande de Bolivia. ¿Cómo fue ese retorno?
Bien, en realidad. Armamos un equipo competitivo. Nelson Acosta me llama desde Bolivia, porque él estaba en la Selección. Me dijo que había una posibilidad en el Bolívar y me preguntó si podía salir. Yo respondí que OK, pero que me ratificaran desde allá que me llevaban. Hablé en Cobresal y no hubo ningún problema. Me fui a Bolívar, una experiencia bien especial, tanto en lo profesional como en lo humano. El equipo tenía un 90 por ciento de jugadores seleccionados y con problemas económicos del Bolívar. Era muy especial cómo gestionaban la parte económica, porque al primer entrenamiento, llegan los jugadores de la Selección y me dicen “profe, hace tres meses que no cobramos”. Voy al club y el dueño, que era un abogado, y le explico que cómo me llevaba, cómo entrenaba, si los jugadores no cobraban. Estaba dividido en dos grupos ese campeonato y Bolívar iba último. El presidente me dice “Profesor, yo la verdad es que no me meto en la parte futbolística y no me gusta que los entrenadores se metan en la parte administrativa”. Listo, lo estaba conociendo. Le dije que me imaginaba que sabía cómo era llegar a entrenar a un grupo al que no le pagaban; lo más probable es que al otro día apareciera en la práctica y me tuviera que ir.
-¿Pero y cómo era el sistema entonces?
Ahí me explicó: él llegaba a un acuerdo con el jugador por el año. Les preguntaba cuánto dinero querían y les iba pagando tres, cuatro, una o diez cuotas. No era como en Chile, que acá es un sueldo mensual. Así trabajaba en ese entonces el Bolívar. Llego muy preparado, para hablar con los jugadores y, prácticamente, para irme, pero se me adelanta el dueño, que era muy especial… Me recordó una vez que jugué contra América de Cali en Libertadores, con Cobresal, en que llegaron los Rodríguez Orejuela (Gilberto y Manuel, líderes del Cártel de Cali) al hotel, todos abriéndose camino con ametralladoras. Esto fue más o menos lo mismo con el dueño del Bolívar… Entra al camarín y “Ya, ¿a quién le debo plata?” Jugadores todos grandes, de la Selección y nadie habló. “Ya –les dijo- a las 3 de tarde los espero a todos y van a recibir el dinero que les tengo”. ¡Y les pagó! En ese tiempo se pagaba en dólares. Al otro día, tenía a todos los jugadores felices. Si les decía que se pararan de cabeza, lo hacían. Obviamente que nos fue súper bien, nos recuperamos, llegamos a la Copa Libertadores. El título lo perdimos eso sí con The Strongest, pero nos fue bien y fuimos a la Copa. En ese periodo es donde vivo la otra experiencia. Hubo un golpe de Estado en que viene otro presidente, Carlos Meza. El otro presidente que había se fue a Estados Unidos y viene la típica contra hacia los chilenos.
-¿Le tocó vivir algo de eso?
Como anécdota es buena, porque con Bolívar vamos a la Copa contra Boca Juniors, que venía de ser campeón del mundo. Les ganamos en casa 3-1 y todo el mundo vuelto loco. Ahí me empiezan a cambiar las cosas, porque doy una entrevista acá –la Selección iba en marzo a jugar allá y esto era más o menos en febrero- y me preguntan cómo tenía que jugar Chile en La Paz. Doy varios tips y de repente llega el taxista que me ponía el club para que me fuera a buscar todos los días y me dice “¡Profesor, pero qué hizo!”… Me muestra el titular del diario de mayor tiraje de allá y era “Estamos durmiendo con el enemigo”. Ahí me empezaron a dar con todo.
-¿Ahí se fue de Bolivia?
Duramos un poco más, quedamos eliminados con América de Cali por diferencia de goles. Comenzaron a ir al entrenamiento a gritarme “chileno tal por cual”, me insultaban mucho. Ahí tuvo que ayudarme la gente de seguridad del club, me acuerdo del coronel encargado. El club también me dijo que no podían garantizar mi tranquilidad y mi seguridad y ya dejaron de pagar. Donde ellos pedían préstamos en el banco les dijeron que cómo era posible que el equipo más importante del país fuera dirigido por un chileno. Los jugadores hicieron un paro porque no pagaban y me querían obligar a dirigir a los juveniles en un partido en Cochabamba con el Wilstermann. Les dije que no iba. Hasta última hora los dirigentes me iban a buscar, me decían que no habría problemas, que los jugadores estaban acostumbrados a eso. Quedé en el medio. Me iba para el lado de los jugadores, iba a tener la contra de los dirigentes y viceversa. Al otro día, cuando llegan los juveniles después de jugar, le dije al presidente que me iba. Faltaban como cinco o seis partidos, éramos punteros y el equipo salió campeón igual. Esa fue mi experiencia.
-Después, de nuevo a Chile, a Cobresal en 2005. Pierden la semifinal del torneo con la U, en un partido muy discutido en el Estadio Nacional…
Claro, dos penales, dos expulsados.
-Buen equipo…
Rodrigo Viligrón, Renzo Yáñez, extraordinario. Para qué decir de César Díaz. Alejandro Acosta, que era volante, nosotros lo hicimos central y después fue campeón en México. José Contreras, buen equipo en general. Ganamos esa semifinal en casa por 2-1 a la U y la vuelta íbamos ganando 2-1 cuando hubo dos penales. Enrique Osses era el árbitro. Dos jugadores expulsados nuestros, ¡Ja! Con nueve jugadores nosotros y nos hacen el gol en el último minuto. 4-2 perdimos y nos quedamos afuera.

Gustavo Huerta llega a una Universidad de Chile en problemas...
-En esa U ya se hablaba de la quiebra, que luego se materializaría en 2006. Ustedes el primer semestre, con muy poca plata, lograron acomodar el equipo. Marcelo Salas, Luis Pedro Figueroa, Hugo Droguett, Miguel Pinto, Waldo Ponce… Un equipo con jugadores del club más los que fueron apareciendo. Terminan jugando la final espectacular con Colo Colo y el recordado penal de Mayer Candelo…
Teníamos un muy buen equipo. Alcázar (Herly), el colombiano, anduvo bien también. El Pato Ormazábal con Iturra en el mediocampo. Teníamos la variante también, si es que jugábamos con Luis Pedro Figueroa y Droguett por fuera, con Alcázar y Marcelo en punta. O a veces enganchábamos a Candelo y sacaba un volante central. Fuimos de menos a más y terminamos súper bien ese primer campeonato, con esa final ante Colo Colo que fue tan especial. Colo Colo nos había ganado muy bien en el Campeonato, vamos a la final y en la final íbamos nosotros ganando 1-0, Matías Fernández nos hace un gol empezando el segundo tiempo y luego, en el último partido, el tiro libre. El otro partido lo ganamos 1-0. Creía que teníamos la posibilidad de haber ganado por quizás un gol más ese partido. Y después vino el penal que ya es historia más que conocida.
-¿Cómo fue trabajar con ese síndico, José Manuel Edwards, quien no sabía nada de fútbol? No entendía de qué se trataba la actividad…
Terrible. Un tremendo caballero, un señor, pero de fútbol muy poco. De entender al jugador, conocer la intimidad de un camarín. Él, por razones obvias, mucha prensa, por lo que provoca la U, pero la verdad es que fue difícil. Demasiado desgastante. Era complicado, no con los jugadores, pero sí eso de no entender lo que es el estándar de la U. Si bien la U venía con un algún tema económico complicado, nunca sentimos que nos negaran alguna petición especial, de viajar bien, de llegar a un buen hotel, de darles las comodidades a los jugadores. En algún momento, tuve que ir a comprar yo las vendas tradicionales y después pasar la boleta, porque él no entendía que tenía que comprar esas cosas.
-Cobreloa en 2007 tenía tremendo plantel… Esteban Paredes, Lucas Barrios, José Luis Díaz, el Flaco Fuentes, un joven Fernando Hurtado que era el arquero…
Pero lamentablemente tuvimos jugadores importantísimos que iban quedando al margen. Jean Beausejour, por ejemplo, que llegó para ponerse a punto, le costó, y después se fracturó el quinto metatarsiano, lesionado. Esteban también en un periodo…
-Ese equipo tenía mucho manejo. Estaba el argentino (Cristián) Ríos, que jugaba bastante bien…
Llegó en el segundo semestre, si no me equivoco. Es que ahí se fueron varios: (Rodrigo) Mannara, Pepe Díaz, Paredes tuvo algunos problemas de lesiones. Fue un año complicado a nivel dirigencial. Me costó mucho entenderme con el presidente, muchas veces fui a reuniones y tenía que pedir retirarme por las peleas internas que tenían ahí.
-¿Su siguiente paso entonces?
Pasé por un periodo que fue como la nube negra que tenemos todos los técnicos, de malas decisiones. Después de Cobreloa, me voy a Wanderers y recién habían comprado el club, me habían hablado de un presupuesto. Estuve a punto de irme, di vueltas por el estadio en que estábamos entrenando esa vez, porque no me gustó cómo cambiaron las condiciones de los jugadores que yo podía traer. Fue una etapa mala, porque después me voy a mitad de año y a la temporada siguiente, en mayo o por ahí, me voy a Coquimbo. Claro, hoy las condiciones que tiene Coquimbo son espectaculares para entrenar, pero en ese tiempo no eran buenas y la exigencia era alta. Decidí, para ver si podía presionar algo, que si no teníamos lugar adecuado para entrenar, por lo menos una cancha, me iba. Y me fui. Después me voy a Iquique, cuando faltan unas nueve fechas para terminar el campeonato. Ahí está lo de la toma de decisiones, de irme sin ver, sin estudiar el plantel, qué pasaba con la interna. Llego allá y no era lo que esperaba, no tuve tampoco la respuesta. Después de eso estuve varios meses que no quería saber nada de fútbol. Me fui a España, no veía fútbol ni nada. En los últimos meses me volvió de nuevo el hambre, todas las ganas, y puse a meterme en entrenamientos y surgió lo de Antofagasta…
-¿Fue en ese Antofagasta de 2011 cuando empieza a jugar con la idea que se ve en Cobresal hasta hoy?
Había una buena base igual y con los jugadores que llevamos ese año se armó muy buen equipo. Logramos el campeonato y ahí pude revivir, con todas las condiciones que se dieron en el club, que eran buenísimas y con muy buenos jugadores. En el medio teníamos a Carlos Escudero y al Pato Rubina, que fueron vitales. Atrás lo mismo, tenía a Barra y Portillo como centrales, lo que nos llevó varias fechas antes a ser campeones.
-En Primera se mantuvieron, pero con varios problemas económicos, con cambio de propiedad y también tuvo que enfrentar algunas situaciones de parte de la dirigencia. Le anduvieron pasando la cuenta en esos momentos…
Todo surgió del libro que escribió mi hijo (Gustavo Huerta, periodista), sobre el tema de (Sergio) Jadue. Hubo algunas situaciones que detonaron una contra muy importante de la gente de Jadue y su grupo más cercano. Una conversación que yo escuché: en esos momentos había subido Deportes Copiapó desde la Segunda y oí algo de dinero. Los mismos dueños de Copiapó eran los dueños de Antofagasta en esos tiempos. Recuerdo que vamos a jugar Copa Chile a Iquique y me encuentro con Cesare Rossi (presidente de Iquique), quien iba con Jorge Fistonic. Me cuenta que Jorge se iba a la ANFP y yo les digo que tengan cuidado, que yo los conocía y eran personas decentes, alabándonos. “Tengan cuidado, que se van a encontrar con esto y esto otro y les voy a contar un detalle de plata de lo que están acostumbrados Sergio Jadue y sus secuaces”. Llega Jorge Fistonic a la ANFP y le cuenta esto a Jadue. Lo primero que hizo Jadue fue llamar al presidente de Antofagasta que cómo era posible que yo me enterara de esas cosas y que si no me echaba, me iba a tirar a los árbitros encima.
-¿Y lo cumplió Jadue?
Así tuve que convivir mucho tiempo con muchas situaciones. Pero más que eso, lo que más me complicó mi estadía y por lo que decido irme cuando llevaba tres años y medio en el club, y me quedaba un año y medio más de contrato, fue estar en el medio entre el tipo que compra, que quiere tomar sus decisiones, y el tipo que vende, que dice que también es dueño del club. ¿A quién le hago caso? Las cosas empezaron a cambiar, por las características de Jorge Sánchez. Nos quería mandar, me acuerdo, a un hotel por allá por la Estación Central cuando veníamos a Santiago, cosa a la que me negué. Luego quería que fuéramos al Complejo Fernando Riera, a lo que también me negué y empezaron los conflictos. Antes no los teníamos, pero quedé en el medio, no aguanté más y me fui.

Manejos oscuros en la era Jadue...
-Finalmente, de nuevo a Cobresal, en un momento casi “suicida”, con el equipo a punto de irse al descenso desde la B a la Segunda División, que hubiera quizás significado la desaparición del club. En este periodo (2017 a la actualidad) está también el hito de 2023, cuando pierden el título de Primera con Huachipato… Una vorágine…
No me quiero saltar una etapa que para mí fue muy dura después de que salí de Antofagasta. Estuve un año y medio sin trabajo…
-Yo lo diré: hubo clubes que lo querían contratar, llamaban desde la ANFP y decían “no lo contraten”
Con el mismo Cobresal. Yo estaba arreglado con el presidente de ese entonces, Sebastián Moreno, conversado todo, lo económico. Esto fue en 2015. Yo tenía que viajar un martes y de repente no me llamaron más. Después me cuentan lo que impidió que yo llegara en ese momento a Cobresal. Ahí viene una etapa que agradezco también, y agradecido por Cristián Ogalde por esto. A mí me tienen como que tengo una lejanía muy grande con los representantes, pero no es así; si hay alguien de quien estoy agradecido es de él, porque con todo lo que me habían negado, me lleva a Santa Cruz, independiente de que estuviera en Primera B; hay un proyecto espectacular ahí, con figuras como César González, Marcelo Allende, Tommy Jones, Gaete en algún momento… Después de eso sale lo de Cobresal.

-Ahí viene entonces Cobresal…
Y sí, fue suicida. Me llaman, quedaban seis fechas y estaban últimos, con el tema del promedio. Ya habían bajado a mitad de año de Primera a la B. Había un tema de promedios que si uno ganaba, sumaba más que los equipos que ya estaban en la división. En ese momento, sacando cuentas, de los seis partidos había que ganar cuatro para depender solamente de nosotros. Llego un miércoles y las condiciones no eran las mejores, porque el equipo venía de Talca, en un bus semi cama, imagínate los jugadores como estaban y teníamos que jugar con Cobreloa que estaba peleando arriba. La gente contenta de que yo estaba de vuelta al club. En el primer tiempo no me acuerdo si íbamos 3-0 o 4-0 perdiendo, pero ese partido lo terminamos perdiendo 4-3 y se nos fue un penal. Después, me empecé a cuestionar el momento en que había llegado al club. Tuve reuniones con los dirigentes, cambiaron los hábitos en cuanto a darles más comodidades a los jugadores. Ya viajamos a Santiago en avión a jugar con Magallanes, le ganamos en San Bernardo. Jugamos con La Serena en casa y les ganamos. Fuimos en avión ida y vuelta a Puerto Montt, perdimos 2-1, y después en casa jugamos el partido decisivo, porque se había dado el resultado justo para que nosotros tuviéramos que ganar solo tres partidos. Iberia en casa, le ganamos y nos salvamos. Con Santiago Morning, en Santiago, en el último partido, ganamos igual, para la tranquilidad de todo el club.
-Muy cerca de Segunda estuvieron…
Había muchas personas o jugadores, que después se fueron todos al año siguiente en mi toma de decisiones, que no habían dimensionado que el club desaparecía si bajaba a Segunda División. Cobresal no se iba a poder sostener por ningún lado, por todo lo que significa la logística nomás para salir de El Salvador y jugar cada semana. Ahí logramos la salvación, la gente del club estaba contenta, los hinchas lo mismo. Después, al otro año, dije vamos, pero hay que subir.
-¿Qué identifica a estos equipos de Cobresal de Gustavo Huerta?
Trato de adaptarme a lo que el hincha de Cobresal, en la época en que yo jugué, veía. Trato de llevarlos a esos tiempos, que jugábamos con punteros… Obvio que me tengo que ir adaptando, porque todos los años tenemos que ir armando planteles prácticamente nuevos, pero para mí es fundamental la exigencia del día a día. En Cobresal es muy fácil vivir en una zona de confort, en el sentido que en este club estamos a dos minutos de llegar del campo de entrenamiento al estadio. El club ha progresado muchísimo de darles, por ejemplo en las casas, una mejor vida a las familias, porque les dan de todo a los jugadores… La comodidad, los colegios son gratis. Y luego, el entrenamiento. Allá entrenamos a las 10 en cancha, pero tienen que llegar a las 8, a las 8 y media están tomando desayuno, a las 9 tienen una pauta de gimnasio propio. Salimos del lugar donde habitualmente estaban los socios, porque teníamos que decirles “¿sabe? No venga de 8 a 10, porque van a estar los jugadores”. Se implementó una infraestructura buenísima. Algunos, a las 2 de la tarde se están yendo a sus casas, porque se quedan en la crioterapia. Hay tinas de hielo, los jacuzzi, masajes… Una cantidad de gente que trabaja para darle el mayor bienestar al jugador…
-Buenas condiciones, entonces…
Eso, obviamente, después viene la exigencia de parte nuestra, para que ningún jugador se relaje o esté pensando en otra cosa que no sea exclusivamente fútbol y familia. Hemos logrado sacarle provecho a eso y al perfil de jugador que llevamos. Porque nosotros no contratamos ni a la figura del campeonato, ni a la de Palestino ni la de otro equipo. Normalmente, llevamos jugadores que son buenos, que quizás no hayan tenido un buen año, y nosotros entre comillas lo “revivimos”.







