La carrera de Juvenal Mario Olmos Rojas (4 de octubre de 1962) en el fútbol chileno e internacional tuvo un poco de todo. La gloria total como futbolista en sus tiempos en Universidad Católica, donde fue partícipe de dos títulos inolvidables, pasos que más de una lección dejaron por clubes extranjeros y un camino como técnico que, de manera vertiginosa, lo llevó a la cúspide en tiempo récord, para luego vivir más de algún sinsabor en la Selección Chilena.
En los últimos tiempos, el recordado futbolista y DT ha estado más que nada ligado a las comunicaciones, pero el legado deportivo que dejó es incuestionable. Olmos pasó por mucho y hoy llega hasta los estudios de En Cancha para desmenuzar su extenso recorrido en el fútbol.
Mario Salas es el anfitrión del nuevo capítulo de Área Técnica, el podcast de los expertos y que, en esta ocasión, trae a un invitado sin restricciones: Juvenal Olmos, campeón con la UC y ex entrenador de la La Roja.
Juvenal Olmos salta a la cancha
-¿Cuándo fue tu debut como futbolista?
En el 80. ¿Se acuerdan cuando se realizaba la Copa Viña del Mar? Ese cuadrangular. Vamos allá, para un Católica vs. Everton. Yo tenía unos primos que estaban en Algarrobo y se pusieron a gritar desde detrás del arco “¡que entre Olmos!” Yo estaba entre que quería jugar y que me ponía nervioso. Tito Fouillioux (DT de la UC en la época) me dice “¡Juvenal, caliente!”… Así que eso hice, lo típico, corría para un lado, para el otro…
-El nerviosismo del debut…
Claro. Entonces, entro y se me acerca Domingo Sorace y me dice “¡Te voy a matar, pendejo”… A mí, lo único que se me ocurrió decirle fue viejo tal por cual. La primera pelota que me tiran, la voy a parar y se me pasa por debajo del zapato; ¡me empapeló a chuchadas el Pelado! Ese fue el debut, que de cierta forma inicia la etapa de un futbolista. Los anhelos, el llegar a una meta, el darse cuenta que esa meta es solo el comienzo de una carrera. Después, lo normal: jugar algunos partidos, citado, no citado, reserva, hasta que con don Luis Santibáñez me pude estabilizar más en el primer equipo y jugar permanentemente.
-¿Qué año fue ese?
A ver, debuté en 1980 y don Lucho tuvo ambos cargos: era seleccionador y entraba en la Católica como contratado (N. de la R.: Luis Santibáñez cumplió esa doble función en 1981 y 1982). Él fue todo un mundo totalmente distinto…
-Yo a don Luis lo tuve en 1992 en Everton. Espectacular…
Y con todos los chiches, ¿eh? Usaba megáfono, hacía todo. Un espectáculo. Muy didáctico. Él fue el técnico que me preguntó si estaba estudiando, porque yo estudiaba en la USACH, y luego me dice “¿Y dónde almuerza?” Yo me comía uno o dos completos y estaba listo. “No puede hacer eso” –me dijo-. “Usted se tiene que comprar un auto”… Y yo, ¡qué iba a tener plata en esos tiempos! La Católica me ayudó ahí para dar el pie y comprarme un (Daihatsu) Charade, me acuerdo, del año de la pera. Él me metió en el sistema más profesional.
-Fuiste campeón con Universidad Católica el ’84…
Si, ya era titular. Con el Nacho Prieto…
El primer desafío en el extranjero
-Y te vas a Bélgica. Cuenta algo más de eso…
Con los precios de esa época. Recuerdo que me vendieron en 100 mil dólares, lo que era mucha plata en esos tiempos. Le quedaron 80 a la UC, 10 para el agente que me vendió y 10 para mí. Pesqué esa plata y se la pasé a mi papa, que ¡la enterró!
-¡Ja!, no te creo…
Sí, la enterró, y cuando volví después de dos años, los billetes estaban como raros. Buenos, eso sí, utilizables. Los metió en unas bolsas de plástico, porque no quería ir al banco, porque, bueno, la gente mayor piensa que ahí le podían robar la plata. Bélgica fueron aciertos y errores.
-¿En qué sentido?
Errores, porque tenía un contrato por seis años y lo terminé antes. Y aciertos, porque fuimos semifinalistas de la UEFA, conocí un mundo distinto, entrenamientos al límite, mucha táctica. Recuerdo que había un alemán de técnico. Pero me fui en un momento en que no estaba maduro, pese a tener 22 o 23 años. Eché mucho de menos a la familia. No se me ocurrió llevar a nadie para allá como lo hacen ahora, que llevan hasta a su asistente personal.
-¿Fueron dos años?
Sí y acá de la Católica me llamaban como locos para el ’87, entonces me entró esa ambigüedad en la cabeza de volver para volver a irme. Bëlgica es un país rudo para el futbolista. Esa parte, Valona (Región de Bélgica), entre alemana y belga, era un lugar que pensé que iba a ser de paso, pero me di cuenta que no tendría otra opción.
-¿Tu idea era que fuera un trampolín para otros mercados?
Sí. España siempre me encantó. Me hubiera encantado ir a jugar allá. Así que rescindí contrato y me vine a jugar a la Católica para el campeonato del ’87.
-¿Y tu adaptación a la nueva metodología de trabajo?
Estaba joven y cuando uno es joven aguanta todo. Los entrenamientos eran muy diferentes: más cortos pero más intensos, muy atléticos. Había cada 15 días unas competencias de atletismo, para ver quién era el mejor en 400, en 600. Te matabas corriendo como loco. Eso hizo que me girara un poco la visión hacia el profesionalismo. Me enseñaron a comer bien, con nutricionista…
-Cosas que en ese entonces en Chile ni se veían…
No pues. Con el Pato Mardones íbamos al Tavelli dos veces por semana y nuestro almuerzo era un banana split, con crema, helado. Un kilo de helado era esa cuestión…
-Igual en esos tiempos Bélgica era una potencia a nivel de Selección. Salió cuarta en México ’86…
Teníamos a dos compañeros en la Selección de Bélgica. Daniel Veyt, que era el capitán del equipo, y Philippe Desmet, centrodelantero. Un pelusón ese, pero bueno, hacía muchos goles…
-La experiencia de la Copa UEFA tiene que haber sido espectacular…
Hay una anécdota muy buena. Jugamos contra el Colonia de Shumacher (por el arquero alemán Harald Shumacher), que salió campeón después. Viene el técnico y me dice “Juvenal, Haessler, muy fuerte… Haessler-Olmos”… Es decir, él quería que hiciéramos marca individual. El Poroto Haessler (por el volante alemán Thomas Haessler), que yo no lo conocía, porque en esos tiempos no había tanta televisación. Entonces, todos los días me pescaba solo, me hacía un trabajo anaeróbico e insistía “Olmos-Haessler, Haessler-Olmos”, recorriendo todo el sector de la cancha. Fuimos a jugar entonces, partidos ida y vuelta…
-¿Y cómo te fue?
Entramos a la cancha, yo miraba a Haessler, que tenía así cada tuto y así cada gemelo. La primera pelota, que fue un rebote y salta para arriba. Yo digo “le voy a entrar con todo a este alemán para que me sienta”. Le pego el “huascazo” y ¡reboté! Te juro que reboté. Dije, “¿habré saltado mal?”. Sentí una muralla. No la toqué en el primer tiempo, Haessler fue la gran figura y entrando al camarín el entrenador me dice “Olmos, fuera”…
Una UC que marcó época
-¡Ja! Bueno, después volviste a Chile…
Claro, me llamó Ignacio Prieto, aunque también me llamó Arturo Salah para Colo Colo; hablábamos varias veces con Arturo…
-Arturo te debe haber conocido desde divisiones menores en Católica
Sí, de hacer divisiones inferiores en Católica pasó a Colo Colo y me llamaba harto. “Juvenal, vente para acá, aquí te vamos a recibir”. Pero el corazón tiró más…
-Año 87…
Campeones de nuevo. Hicimos una campaña espectacular, que perdimos con ustedes, con Everton, en el Estadio Santa Laura, con una parte táctica tuya, marcando a Rubén Espinoza.
-Ese era mi segundo partido como profesional. Había debutado hacía poquito y Gustavo Cortés me mandó a marcar a Rubén… Ganamos 1-0 con gol de Edgardo Geoffroy de penal… Gran año ese, porque perdieron ese puro partido…
Gran año. El Arica (Osvaldo Hurtado), Marcos Cornez. Sobre todo el Arica, capitán, mejor jugador del campeonato, goleador. El Negro andaba 10 puntos, estaba afinado físicamente, porque siempre tuvo problemas de peso, pero ese año andaba…
-Pocas veces vi a un jugador tan determinante en la obtención de un campeonato…
Hizo un golazo en Santa Laura, el gol del año, que parte desde la mitad de la cancha, me tira una pared, se la devuelvo, la pincha…
-Ustedes funcionaban a la perfección. Muchos jóvenes…
Ese año, Ignacio Prieto le dio mucha salida a los tándems. Jugaba el Pindinga (Jorge) Muñoz por un lado, yo por el otro. Atrás estaban Patato (Álex) Martínez y Rubén Espinoza. Juntaba al puntero con el lateral y siempre terminabas doblando al lateral contrario, que es por donde hicimos más goles.
-Eran cosas inéditas de esos tiempos y el Nacho fue el gran hacedor de ese equipo…
El Nacho es el técnico más preponderante en la historia de la Católica. Desde las divisiones inferiores hace un trabajo hasta culminarlo en el primer equipo con campeonatos. Él inventó la generación de Pablo Yoma, Patricio Mardones, Juvenal Olmos, todos esos jugadores que venían desde abajo y todo el resto de las generaciones. Mario Lepe, Carlos Soto. Bajo su tutela se implementó un sistema de trabajo que quiebra el modo tradicional. Antes, en las pretemporadas o en los partidos, te hacían correr como loco, en la arena, en los cerros y después venía la pelota. Él arrancaba la pretemporada a los pocos días con la pelota al tiro.
-Me llama la atención la valentía que tuvo, porque en esos tiempos no eran comunes esas cosas, sobre todo lanzar a los juveniles a los primeros equipos…
Es algo parecido a lo que hace ahora (Daniel) Garnero o en otros equipos también. El Nacho cuando iba a jugar de visita tenía a (Eduardo) Vilches, al Pato Mardones y a Lepe y en algunos partidos jugaban los tres. O sea, nunca te llegaban atrás. Ibas a jugar y terminabas con casi todo el rival sostenido en la mitad de la cancha. No te digo que eso era lo principal, pero era un movimiento táctico al que no estábamos acostumbrados.
-¿Te acuerdas a los extranjeros de ese equipo?
El paraguayo (Juan Ramón) Isasi y no me acuerdo mucho más. (N. de la R.: Isasi fue parte del plantel campeón de 1984; en 1987, la UC fue campeón sin utilizar jugadores extranjeros).
Juvenal Olmos y un problema conceptual en el fútbol chileno
-A propósito, ¿qué opinas de la cantidad de extranjeros que tenemos hoy en el fútbol chileno?
Nosotros tenemos un problema grave. Nuestro país se está convirtiendo en el patio trasero de Argentina. Con tanto extranjero… Que vengan, pero que sean de nivel. ¿Cuántos extranjeros de nivel tenemos en nuestro fútbol? Hubo momentos gloriosos del fútbol chileno en que traías, qué sé yo, al Leo Rodríguez, al Cabezón Espina, a Néstor Gorosito, al Beto Acosta, delanteros que eran un lujo. En la Unión Española había extranjeros de lujo… El extranjero que llega acá es molido, o viene de vuelta o te juega a dos por hora. Hay equipos se gastaron una fortuna, más de dos millones de dólares, por futbolistas que ni juegan. Hay una metamorfosis en nuestro fútbol y que no despega porque hay mucho extranjero mediocre.
-A lo que se le suma el trabajo formativo, que tampoco está a la altura…
Mira: en 2024, Colo Colo cumple en el último partido con el Sub 21. Y digo Colo Colo, porque fue el ejemplo siempre de nutrir constantemente a la Selección Chilena o con titulares el primer equipo. El año pasado, con esta trampita de que los jugadores te cumplen los minutos en la Selección Sub 17 o Sub 20, hay equipos que te juegan sin juveniles. Se pierde un poco la noción. El que reclama es (Nicolás) Córdova, porque dice que tiene a los juveniles sin experiencia. Hay que hacer un ajuste.
-¿Te gusta la regla?
Es tramposa, porque no todos los equipos la cumplen. Es para mostrarla y ya. Es medio mañosa, entonces están jugando con los partidos de la Sub 20 y la Sub 17 para sumar minutos en el primer equipo y no es la idea. Perdieron el espíritu de la regla. Pero es una fotografía de nuestra dirigencia. Siempre hago la diferencia en que el dirigente antiguo era uno que se hacía; arrancaba en el sándwich, en el bus, en la lista de cadetes. Ese era el que subía y terminaba muchas veces en la cúpula trabajando, en la comisión fútbol. Tenía una visión. Hoy, esos dirigentes han sido reemplazados por accionistas y un accionista es un tipo hábil en ganar dinero, que está bien. Se compra su equipo y se cree dirigente, entonces no tiene las raíces de ese fútbol formativo. Ahí tenemos una segunda trampa grande en nuestro fútbol y que eso se cruza, justamente, con los malos rendimientos de la Selección Adulta.
-Durante tu carrera como futbolista, también fuiste convocado a la Selección. ¿Qué recuerdos tienes de eso?
Dos momentos… En 1984, en los Juegos Olímpicos de Los Angeles, una experiencia maravillosa, en que quedamos a nada, cuartos, cuando Italia nos sacó con un penal medio tránsfuga. Conocí gente maravillosa. Imagínate que compartí habitación con el Fantasma Figueroa.
-¡Ja! Lo nombras y me río…
Mira, la primera vez que llegamos a la Villa Olímpica, había máquinas expendedoras gratuitas. Si te querías tomar 10 Coca Cola, te las tomabas. Había una con Snickers, Milky Way y todas esas cosas. Llegamos a la pieza y de repente el Fantasma desaparece… “¿Dónde se metió este huevón?”, pensé yo. Y llega con una maleta como con 100 chocolates. Maravilloso el Fantasma.
-Esa selección era bastante anónima. Nadie daba un peso por ese equipo…
Porque la clasificación fue con jugadores de Segunda División. Cuando clasifican, en la ANFP les crece el diente, viene Pedro Morales, asume y dice “espérese, que yo voy a citar a estos otros jugadores”. Fue una experiencia notable, maravillosa, entretenida…
-Y no era una Selección muy centralizada. Venían jugadores de todas partes…
De todos lados. Jaime Baeza, el Chino Hisis, Jaime Vera… Y luego, mi segundo gran momento fue en la Copa América de 1989, en Goiania, Brasil, en que fui el goleador del equipo, con dos goles. Nos quedamos en primera ronda, que salió campeón Uruguay, contra quienes perdimos, pero ese fue también un instante muy atractivo. Argentina venía con Maradona y a él lo veías en la calle, en los cafés, con 200 personas en torno de él. No es como ahora, que a los grandes jugadores los esconden un poco, porque se hace insostenible. Eran los momentos en que ellos tenían esa virtud medio de potrero de salir nomás a la calle, así que te los encontrabas en cualquier lado. En el partido con Argentina, yo quería ver a Maradona, porque yo lo veía por la televisión. Y mira las tonteras: quería ver el aro que tenía y los gemelos… Yo lo veía y pensaba cómo era tan bueno. Estábamos formados y no quería girarme para verlo, porque me iban a decir que me concentrara en el partido y que qué andaba mirando a Maradona. Yo me hacía un poco el huevón y lo miraba por sobre el hombro. Ah y es verdad, no se amarraba los zapatos…
-Puros detalles te preocupaban, no cómo jugaba…
Era chico, tenía un cogote así como el del Poroto Haessler y no se abrochaba los zapatos. Después me doy cuenta y estaban todos los jugadores de la Selección mirándolo… Fue mi mejor momento, con una mala decisión después, porque apenas llegué a Chile me fui a Irapuato, un equipo que terminó peleando el descenso. Tuve buenos compañeros, como el Cabezón (Marcelo) Espina, pero debería haber esperado un poco más. Había tenido una muy buena participación y, de hecho, en la primera conferencia de prensa que hacemos, los periodistas me dicen “usted es Juvenal Olmos, el de la Selección… ¿Usted sabe dónde viene? ¿Sabe lo que es Irapuato?”… Y a mí me dio dolor de guata; bueno, ese año terminamos descendiendo.
-¿Te sedujo la parte económica?
Sí. Dije, toco acá y salto a otro equipo. Pero si me hubiera demorado un poquito, hubiera llegado a un equipo diferente. De todas maneras, fue una experiencia familiar buena, bonita. Pero no la aproveché, esa es la verdad…
Juvenal Olmos se pone el buzo y una charla clave con Pellegrini
-Terminaste en Católica el ’95 y comienza tu carrera como técnico cuatro años después…
Parte antes, en realidad. En 1994, todavía jugando, pedí un mes y medio, y me lo dieron, para hacerle un seguimiento al Real Madrid. Yo quería ser entrenador y había hecho los cursos en 1993, los de Iniciador, Monitor y Entrenador, que así era antes. Cuando hice el de iniciador, pensé que quería algo más. Me fui con el cartón de iniciador y le hice un seguimiento de un mes al Real Madrid, precioso, en que vi los sistemas de entrenamiento.
-¿Te dejaron ver los entrenamientos?
Claro. Yo le pedí permiso a Manuel (Pellegrini) desde un principio. Con él habíamos coincidido en 1992 y 1993 en O´Higgins de Rancagua y en el ’94, él me lleva a la Católica y yo ya quería ser entrenador. En 1995 hago mi Curso de Entrenador en Francia, en Clairefontaine, y eso sí que me abrió la cabeza.
-¿Eran cursos muy distintos a los del INAF de ahora?
Antes hacías un curso de dos semanas, en verano y sacabas tu título de Iniciador. Trabajabas en las divisiones inferiores, después de Monitor y luego de Técnico. Estaba enamorado de Francia, me hubiera encantado ir a jugar allá. Además, los que te hacían los cursos eran tipos que habían estado en las selecciones de Francia y en los equipos. Hice mi curso de unas cuatro semanas y volví revolucionado a entrenar. En todas las prácticas, Manuel Pellegirni hacía algo y yo entrenando pensaba “está buscando esto, la velocidad o esto otro”…
-Lo veías con otros ojos ya…
Peleamos mucho con Manuel en 1995, porque yo le recriminaba cosas y él me decía “tu rol de jugador”. ¡Ja! Yo le respondía que no era jugador, que era técnico. “Aquí eres jugador”, me respondía, en su oficina. Qué sé yo, le decía que estaba entrenando mucho, porque en Francia me decían que los entrenamientos de fútbol no podían durar más de una hora. Lo hacía de pesado igual. Los técnicos antes, te hacían jugar 50 minutos, en que te mataban… Cuando no estaba con él, era pesado. Pero Manuel fue un adelantado absoluto. Él hacía todos los viajes con un bolso enorme, con revistas de fútbol en cinco idiomas. France Football, Corriere Dello Sport, todo. Estimulaba al futbolista a leer, a hacer otras cosas. Él fue el que me retiró del fútbol.
-¿Sí?
En 1995, voy a su oficina, porque empezó a llamar a futbolistas. Me dice “Juvenal, los dirigentes quieren que siga”, porque en los dos años me había ido súper bien. “Yo también quiero que siga, la hinchada quiere que siga”… Pero después me la tiró; me endulzó primero y luego la soltó: “Pero le quiero decir que el próximo año, yo le quiero dar tiraje a (Ian) Mac Niven, así que va a ser más difícil, vas a jugar menos”…
-¿Te pidió que tomaras la decisión tú?
Así nomás fue. “Encantado te tengo en el plantel, pero Mac Niven va a jugar más”… Ian venía saliendo y antes de que yo respondiera, porque le tengo que haber puesto una mueca tremenda, me dice: “Pero, si decides ser técnico, yo ya te tengo la Sub 15 en la Católica”. Todo lo que yo había estudiado estaba a mano, era un camino desde cero. La Católica, la Sub 15, me retiraba ahí. “Ya”, le dije, le di la mano y ese día me retiré.
-¿No te quedaste con el bichito de haber jugado un poco más?
No, porque tenía otro bichito adentro, el de ser entrenador. No tuve ninguna ambigüedad. Me encantaba la estrategia, anular al rival, cómo sacar ventaja del trabajo en equipo…
-¿Cuántos años estuviste como técnico en Católica?
Cuando llego, esta era la Sub 15 que me encuentro: Cristián Basaure, el Chupete (Humberto) Suazo, Leo Monje, Gonzalo Villagra, Tito (Roberto) Bishara… Todos jugadores. Me pasó lo mismo que en otros lados: mi carácter me traicionó. El jefe técnico era Luis Hernán Carvallo y yo era muy crítico con él. Él daba directrices y yo criticaba, estando en cadetes. Hay que entrenar una hora y tanto, y yo “estos sistemas están obsoletos, lo que se busca ahora son de a 25 minutos”… Terrible… Entonces, un día cualquiera, me llaman a la oficina. Estaba Harold Mayne-Nicholls y me dicen: “Siéntate; te vas”; así… Y yo: “¿Pero cómo me vas a echar? Si ustedes me han pagado los últimos dos cursos en Europa”… “No, te vas. Tienes al técnico de las cadetes hasta más arriba de la coronilla”. Le dije que ya, me iba, me paré y me fui. Me echaron así, me fui para la casa y cuando iba manejando pensaba qué hacer. Entrenaba a la PUC…
-Te quedaste con esa pega al menos…
Si me quedé con eso, pero no me alcanzaba porque ganaba poco. Empecé a buscar y me cuestionaba cómo meterme en un primer equipo. Resolví ser ayudante de un técnico y le comenté a mi mujer que iba a empezar a llamar a los entrenadores para ser ayudante. “¡Cómo vas a ser ayudante, si has hecho los cursos y todo. Olvídate de ser ayudante!” Y eso me pegó en la cabeza. Al otro día fui a ver a un empresario y al final, de Coquimbo me llaman a una entrevista para el primer equipo. Iba en camino para allá, cuando me llama Jesús Goya de Unión Española… “¡Devuélvase, porque si llega allá va a firmar!”.
-Unión estaba en Segunda…
Claro. Y pensé que entre tomar un equipo en Primera, que tenía más conflictos y uno grande en Segunda, agarro al equipo de Segunda. Así partió todo. Siempre había escuchado que los entrenadores tenían que saber leer el fútbol, buena lectura de juego. Yo me sentaba en la banca y decía “¿qué huevada tengo que mirar?”. Me sentaba, me ponía de una manera, de otra, y no entendía. Al partido 35 de la Unión en Primera División, recién entendí. En la segunda rueda recién capté. Al principio era intuitivo nomás. Tú juegas por acá, tú por allá. Me manejaba por bloques, pero me faltaba la asociación. En el partido 35 con la Unión, en Santa Laura, veo a los 22 jugadores cómo se movían, cómo cambiaban. Ahí vi todo…
-O sea, en el fondo, tus orígenes en Primera B, fueron desde abajo. Tuviste que vivir esa experiencia, una etapa que no hay que saltarte…
Salimos campeones con Unión el ’99, hasta la última fecha peleando con Wanderers y Everton. Equipos de Primera. Después hago 2000 completo, que Unión sale cuarta, y en 2001 el equipo venía desgastado. Le dije a Jesús Goya que ya no quería seguir. Así que me fui. Me junté con Marcelo Oyarzún y Óscar Meneses. Oyarzún era el encargado de hacer las reuniones y teníamos como siete en Buenos Aires. Yo quería conocer a los técnicos top y conversar con ellos. (Carlos) Bianchi, todos los de Primera. Estamos almorzando y suena el teléfono, era Andrés Tupper. Querían conversar conmigo y ahí me agrandé, porque le dije que andaba en Buenos Aires conversando con los técnicos top. ¡No me conocía nadie! Y me insistió que era una reunión formal que querían tener conmigo. Cinco minutos después, me llamó de nuevo, diciéndome que el directorio había decidido que me querían contratar. “¿Y cuál es tu cuerpo técnico?” Le respondí que Meneses y Oyarzún y ahí Tupper me aclara que me querían contratar solo a mí.
-¡No te creo!
Claro, pero cómo los iba a dejar. Le respondí que o trabajaba con ellos o no me interesaba. “¿Pero cómo, Juvenal, vas a perder una oportunidad de dirigir en la Católica, el equipo de tus amores?”… A los 10 minutos llama de nuevo y me dice: “Ya, estamos listos. A Meneses lo aceptamos, pero a Oyarzún, no”. Pero cómo, pensaba, si Oyarzún era el PF… “Sí, pero cuando él estaba en Colo Colo denigraba a la Católica, peleaba con nosotros”… Ahí me decían que yo era intransigente. Estábamos los tres esperando… Hasta que unos 20 minutos después, vuelve a llamar y listo, los tres adentro… Con algunas cláusulas, como por ejemplo que si estaba debajo del sexto lugar me podían echar. Al final, como éramos jóvenes, aceptamos todas las cláusulas y así llegué a la Católica.
-¿Campeón?
Si, campeón (Apertura 2002).
Selección Chilena: un viaje intenso
-¿Cómo fue tu llegada a la Selección?
Traumática, porque todo mi entorno me dijo que no. Me junté con Manuel Pellegrini y me advirtió que no tomara la Selección. “Eres un técnico muy joven, con una carrera brillante. Las selecciones se toman cuando uno está en otro momento y hay muchas cosas que te faltan”. Él lo visualizó. Me explicó que lo que me faltaba no era cancha, sino manejo. El liderazgo estaba bien, pero la cancha es una cosa, pero el manejo es otro tema. Mi manejo comunicacional fue malo, fue confrontacional. Empecé a retroceder y a observar que había un entorno negativo, pero inventado en mi cabeza y por algunos periodistas que les interesaba esa noticia. Hay peleas que uno no tiene que dar y yo quería darlas todas. Eso me pasó en la Selección: quería siempre ir a la pelea.
-¿Y eso por qué fue así?
Por mi carácter. Tenía 41 años. Tenía la madurez y la experticia de cancha, que se aprende rápido. Tenía el ímpetu, el deseo, pero dirigir a una Selección no es solo la cancha. Es la cancha y un entorno gigantesco en el que uno se tiene que manejar de una forma más prudente. Un técnico de selección es más cauteloso. Yo quería contestar todo. ¿Cuándo hoy los entrenadores de la Selección contestan todo, dan todas las entrevistas? ¿Cuándo se suben a todas las micros? No lo hacen…
-Y tú sientes que lo hiciste…
Exactamente y eso fue contaminándome, intoxicándome. Terminó a los tres años y fracción, después de tener partidos brillantes, a enfermarme. Tuve crisis de pánico, posterior a eso estuve trabajando dos años con terapeutas dos veces a la semana. Estuve seis meses sin poder salir a la calle, porque salía y pensaba que me iban a gritar. Fue injusto el cómo me manejé con mi proyecto. Expuse al Juvenal entrenador, por mi ímpetu de subir rápido, de seguir con esto arrollador de la Unión, de la Católica, de un fútbol rápido, enfrentarme con otros países y darme cuenta que tenía la capacidad. Fue parte de mi ímpetu. La Católica me había hecho una muy buena oferta para trabajar por tres años, no escuché a Pellegrini, me adelanté. Las luces de la Selección no me hicieron pensar bien; no me hicieron darme cuenta de que estaba enamorado de un trabajo diario. Un equipo es un trabajo diario; la Selección es un trabajo en tu cabeza. Trabajas dos meses en la mente y luego estás con los jugadores seis días. Es virtual y eso no te llena como el diario. Me gustaba la refriega diaria, estar con los futbolistas, competir cada siete días, paso a competir cada dos o tres meses. Terminé intoxicado con la Selección.
-¿Tanto así?
Abrí mi cabeza en un mal momento. Yo creo mucho en el magnetismo y bloqueaba mis emociones y mi mente para no escuchar las cosas malas. En ese partido en que todo el Estadio Nacional gritaba “Olmos, conch… Por tu culpa no fuimos al Mundial”, yo lo encontraba injusto, porque Chile venía de ser último y me endosaron todo eso. No lo enfrenté como un profesional, porque me abrí y al hacerlo me entró toda esa mierda. Terminé enfermo, recuperándome al año y tres meses.
-¿Cómo saliste de eso?
Al año y tres meses, un día me doy cuenta de que no podía seguir encerrado en mi casa, sin salir. Llamé a un amigo, que es taxista, y le pedí que me llevara a la Alameda con Ahumada y que me fuera a recoger cinco cuadras más allá. Me advirtió que no fuera a un lugar tan céntrico, pero yo sabía que tenía que enfrentarlo. Si alguien me gritaba algo, me pondré a pelear, pero no me podía esconder más. Íbamos en camino y yo iba tiritando, transpirando entero. Me deja en Ahumada con Alameda, me bajo y empiezo a caminar. A la media cuadra digo “pero camina con la cabeza arriba”. Y ¿sabes? La gente súper cariñosa. Me decían “profe, cuándo va a volver a dirigir”. Y esa terapia de las cinco cuadras hizo que yo volviera a vivir. Fue de shock, pero la necesitaba. Mi salida de la Selección fue traumática. Cuando hoy los técnicos dicen “siento la presión”, yo me pregunto qué presión es la que sienten. ¿Cuál fue la presión de Pizzi? Si el tipo caminaba por la calle sin inconvenientes. El hincha de hoy no es el que había hace 20 años en los estadios.
-Después de esos momentos, ¿reviviste?
Nunca. Siempre estuve con el fantasma. Cuando fui a Everton, yo pensé que estaba recuperado y al primer partido que empiezan a gritar sentí un hoyo en pecho. No me pude recuperar. Y en Newell´s fue distinto. Tenía un contrato de tres años, estaba muy bien con la hinchada, íbamos sextos o séptimos, el presidente me quería, pero había problemas de sueldos. Mucha gente impaga y como yo me hago parte de eso, le decía que tenía que pagar. Lo encontraba extraño. Tal vez, tendría que haber tenido otro tipo de manejo también en esa situación.
-O sea, esa herida no sanó más…
¿Sabes cuándo sanó? Cuando después de 10 años me voy a México…
-Claro, porque 11 años después de Everton y Newell’s te vas a Tiburones Rojos (2018)…
Determino que tenía que cerrar esa etapa en mi vida; que no podía retirarme así. Que no importaba el tiempo que fuera, pero esa era mi terapia, una puerta que iba a cerrar para el pasado. Quería cerrarla, porque estructuralmente no me hacía bien abrirla. Me consigo por ahí y me fui a Tiburones, que iba último, a cinco puntos del que estaba más arriba. Fue un desastre, pero cerré la puerta como técnico.
-¿Era un desafío más personal que profesional?
Sí. Hice lo mejor que pude. Fui con Meneses, le pusimos todo el empeño, pero no pudimos darlo vuelta. Sentí que había cerrado mi carrera como entrenador. Me hubiera gustado tener una carrera distinta, administrarla de otra forma, pero hay momentos en la vida que hay que cerrar cosas, porque molestan, sientes que tienes algo pendiente. Eso lo saldé en Tiburones…
Una mirada crítica...
-¿Qué te parece el momento actual de la Selección Chilena?
En lo más técnico, Chile hoy no tiene futbolistas, salvo Maripán o Marcelino, en los grandes campeonatos. En España, en Italia, no hay ninguno entre los cuatro primeros, en Alemania no tiene. Hoy no tenemos ese nivel de futbolista, sino que es un nivel medio. Cuando nos quejamos de que somos últimos, bueno, compárate con todas las otras selecciones. Ecuador, Colombia, Argentina ni hablar. Eso es lo primero. El velorio de la Generación Dorada ha durado mucho en nuestro país. Era nuestra jugada y que la sacábamos a cada rato. Eso hace mucho rato que no está, porque el futbolista chileno que ahora se está exportando no llega a esos mercados.
-¿Qué otras cosas explican el momento?
Hay una disociación importante dentro de la dirigencia. ¿Qué es el proceso de Córdova? ¿Qué Córdova, el que llega con el proyecto? ¿El que no va a dirigir y después dirige e la Sub 20? ¿El que está en la cancha? ¿El que está en la Selección Adulta? Al final, ¿Qué es Córdova? Cuando me preguntan si es que me gusta, sí, me gusta, para las divisiones inferiores. Él llegó con un plan y tiene que sacarle el jugo a las Selecciones menores. Por qué tenemos que nuevamente dejar descabezadas a las menores, para que asuma arriba. No tenemos ese mandato, esa voz de mando que diga “usted se queda acá, en las inferiores”. Pero esta ambigüedad, en que están haciendo partícipe al medio, que sí, que no, al final hay una discusión. Particularmente, creo que si empezamos un proyecto, un proceso, los técnicos tienen que quedarse en las inferiores, no tienes que contaminarlos, porque el gusto de la Adulta es muy distinto al de las menores. Chile jugó un Mundial Sub 20 sin que conociéramos a los jugadores. ¿Por qué? Porque no quisieron que los conociéramos. No jugaban en los estadios, sino que en Pinto Durán, en el Monasterio Celeste. Estamos pensando mal, las directrices están mal hechas.
-¿No te gustó la Sub 20?
Creamos jugadores avergonzados, fue una Selección timorata. Cuando estabas jugando de local, podrías haber tenido otro proceso. Falta ese liderazgo. Pablo Milad está cansado, ha sido golpeado por todos los eventos en que le ha ido mal. A él le haría bien un cambio y espero que ese cambio tenga un sentido futbolístico. Me inquieta la figura de los representantes, están de manera excesiva en algunos clubes importantes, también en torno a lo que significan las Selecciones. Me da miedo que estén tomando decisiones, que el empresario esté en la mesa en cosas tácticas, en cosas técnicas.
-Siempre se habla que la Selección es el reflejo del momento actual del fútbol. ¿Estás de acuerdo?
Tomamos ese eslogan de otro país. No del Chile actual, sino del de hace 30 años, cuando Chile tenía una generación importante para Francia ’98, pero lo normal es que los grandes logros que ha tenido nuestra Selección han sido con jugadores que están afuera. Yo reformularía esta cuestión: pesca una comisión, ándate a España, conversa con Pellegrini. Cómo no va a haber una comisión que le pida una reunión formal con Pellegrini. ¿Tú crees que te va a decir que no? A lo mejor te dice que no está en sus planes. Siento que es como una jugarreta. Salimos últimos, pero ahora sí Pellegrini y si no es Pellegrini, el otro, o Córdova. A mí me gusta la idea del control total. No traería a Pellegrini para dirigir, sino para hacerse cargo del fútbol chileno. Para diagramar las inferiores. ¿Sabes por qué? Porque Pellegrini lleva 25 años afuera, pero cuánto dura eso en una cancha si es que te va mal… ¡Un partido! A los tres partidos lo van a estar puteando, entonces para qué perder toda esta experiencia que tiene él. Que fuera la reformulación de Chile de aquí a 20 años para adelante…