
En el fútbol chileno, a Marcelo Miranda siempre se le asociará con Cobreloa. Cómo no, si el recordado lateral izquierdo de los ‘90 estuvo nueve años defendiendo la camiseta de los Zorros del Desierto y fue titular en el título de 1992, cuando el cuadro de Calama era prácticamente invencible.
Más allá de despuntar en Malleco y hacer historia con Deportes Concepción en la Libertadores de 1991, son los naranjas los que más lo marcaron.
Es por eso que cuando Chelo se fue de Cobreloa para fichar en Colo Colo, el eterno adversario, más de alguna roncha sacó en El Loa. Años después de eso, Miranda conversa con En Cancha Prime, para contar qué pasó.
En esta parte de la entrevista, el ex seleccionado chileno cuenta también sus fuertes lazos con el cristianismo y cuando tuvo que dirigir a un cuadro que revolucionó el medio: Hosanna.
De Deportes Concepción al brillo de Cobreloa
-¿Con qué se encontró en Calama? Cobreloa era un equipo grande en la época…
Haré una comparación: cuando estuve en Malleco, una institución bonita, pero que no tenía muchas cosas. Lo mismo en Deportes Concepción, que a veces teníamos problemas económicos, con los pagos. Lo primero es que Fernando Cavalleri cumplió su palabra. Me llama para que me vaya a Cobreloa. Hice un contrato en Santiago, me citaron a las oficinas de Codelco...
-¿Buena oferta?
Arreglé solo, porque no tenía idea cómo se hacía. Me hablaban de millones y yo ni idea, si ganaba 400 mil pesos. Me preguntan, “Marcelo, ¿cuánto quieres ganar?” Y yo con la mano en la boca respondo “un millón de pesos”. No sabía qué decir. ¿Un millón?, dale un millón. Después me preguntaban de cuánto era la prima y no tenía idea de qué se trataba la prima ni firmar contrato. Después me voy enterando que compañeros ganaban como cinco veces más de lo que yo arreglé. Al final, cada uno arregla, el que sabe, sabe nomás. Llego a ese Cobreloa del ’92 y éramos como 10 jugadores nuevos. Leo Canales, Pedro Jaque, Juan Carlos Almada, Fernando Cornejo, Norberto Retamar, Peraca Pérez, que venía de Suiza, Edgardo Fuentes y Hugo González, de México, Jaime Vera venía de Grecia…
-Equipazo…
¡Se armó un equipo!… Además, allá estaban Héctor Puebla, Marco Antonio Figueroa, Juan Covarrubias, Mario Osbén, Claudio Tello, Marcelo Álvarez, Lucho Guarda; un equipazo el que había allá. Llegamos al aeropuerto, a Calama, nos esperaba un bus, el estadio lleno nos recibió y nos hicieron jugar. El error que cometimos fue que jugaron los nuevos contra los antiguos. Dos equipos: una sarta de patadas, porque todos queríamos ser titulares. Terminamos el partido, fue la noche naranja y nos empezamos a acomodar.

Cobreloa ’92: comienzo con dudas e impecable embalaje final
-¿Cómo fue el arranque del torneo?
Hicimos una linda Copa Chile, en que llegamos a semifinales. Ganábamos 7-0, 8-0, hasta que nos toca con Deportes Antofagasta, donde estaba Marco Cornez, otro gran amigo que ya no está con nosotros. Les ganamos 3-0 y, después, en la vuelta, nos ganan también 3-0 y perdemos en los penales. Ahí, la gente se enfureció y le pidieron la renuncia a Fernando Cavalleri.
-¿Ahí llegó José Sulantay?
No. Los primeros partidos del Campeonato Nacional los dirigió Mario Osbén. Vinimos a jugar con Colo Colo y perdimos 4-2. Después, al otro partido, de local ganamos. Posteriormente, Unión en Santiago y nos ganan. Ahí no asumió, pero estaba mirando el partido Sulantay. En la semana, ya asumió.
-Ese equipo de Cobreloa tenía la pega de quitarle el tetracampeonato a Colo Colo. ¿Sentían eso?
Era imbatible Colo Colo. Campeón de la Libertadores. En el primer partido que jugamos con ellos nos iban ganando 4-0. Acuérdate que Borghi le levanta la pelota a Pizarro, que le pega, se la mete al ángulo a Leo Canales, y hace uno de los goles más bonitos de la historia de Chile, al menos, el más bonito que vi yo. Ganar ese campeonato fue mérito netamente de José y del plantel de jugadores que teníamos, con 22 o 25 en que todos jugaban, ni se notaba cuando faltaba uno. El primer entrenamiento en que llegó José, puso su pizarra y nos enseñó su sistema de juego. Arquero, línea de tres, dos volantes de contención, dos laterales que pasen, un volante de salida y dos delanteros. Entonces, Leo Canales, Edgardo Fuentes de último, Pedro Jaque con el Ligua como stoppers, yo y Fernando Cornejo, mi gran amigo que en paz descanse, como laterales volantes; al medio el Reta (Norberto Retamar) con Hugo González, de salida Jaime Vera o Juan Covarrubias y arriba el Fantasma con Marcelo Álvarez. Ese fue el equipo que más jugó en el año. Al que expulsaban, entraba otro igual de bueno.
-Una campaña impresionante, con una racha invicta histórica…
Estuvimos 26 fechas invictos. Íbamos afuera y sacábamos resultados. Él nos metió en la cabeza que éramos un equipo fuerte. Nos decía: “Cobreloa es un equipo de puros ex seleccionados” y era verdad, todos habíamos jugado o estábamos en la Selección. Y lo otro que nos inculcaba era el tema de los extranjeros. Decía que el único extranjero que tenía era Retamar, el resto, puros chilenos. “Y los chilenos tienen que demostrar por qué están acá”. Y eso más nos motivaba y nos hacía creer que éramos buenos. A ese Colo Colo le ganamos en Calama, también a la U que venía recién cambiando a “La Nueva U” con Arturo Salah, venía esa Católica. De los años que jugué en Cobreloa, el equipo más complicado no era ni la U ni Colo Colo, sino la Católica.
-¿Sí? ¿Por qué?
Tenían buen trato de balón, nos movía la pelota. No corrían, pero nos cansaban. Fue el equipo que más nos sacó resultados en Calama… Bueno, finalmente, llegó el partido final, con Fernández Vial, lo ganamos y fuimos campeones… ¡Ja! Tengo un muy buen amigo que es el Otto (Franz) Arancibia. El último partido lo fuimos a jugar a Temuco, ya campeones, y nos hacen como cuatro goles. Y el Otto siempre me molesta y me dice que nos quitaron el invicto. Pero yo le digo que sí, pero que nosotros estábamos todos curaos, si era el último partido. Nos invitaban en Chuqui, a esto a lo otro, a la ceremonia, la comida. Ni entrenábamos, íbamos a puro jugar tenis-fútbol. Ya nos habíamos sacado todas las ansias del título…
-Objetivo logrado…
Claro y fuimos a puro pasear a Temuco. El mismo profe nos decía que si queríamos tomarnos una copa de vino o una cerveza, que le diéramos nomás. Temuco nos metió cuatro, pero en la primera rueda nosotros les hicimos también cuatro y de eso el Otto nunca se acuerda. En ese partido, yo veía pasar a Miguel Latín, veía pasar al Otto y decía “¡Qué les pasa a estos!”… Bonito año, con un Cobreloa extraordinario.

Los poderosos de los ‘90
-Cobreloa era candidato al título siempre. ¿Por qué no les dio para ganar otro título mientras estuvo ahí?
El ’93 llega el Heidi (Pedro) González y yo pensé que ese año volvíamos a salir campeones. No se pudo. La otra ocasión que tuvimos fue cuando llegó Arturo Salah, en 1999. Ese año hicimos una bonita campaña. En ese torneo, que la U fue campeón, nosotros le quitamos el invicto en el Nacional, les ganamos 3-1. Uno se acuerda esos años, los equipos que había, los grandes jugadores. Mira en mi puesto: en Colo Colo, Pancho Rojas; en la U, Cristián Romero y después llegó Mauro Aros; el Chueco Ponce, Fabián Guevara, todos tenían buenos laterales jóvenes. Ese tema lo vemos hoy y cuesta encontrar a un lateral.
-¿Cuesta mirar el fútbol chileno hoy, cuando en la época en que jugó había tan buen nivel?
Uno recuerda a los equipos de ese entonces y que la peleaban en la Libertadores. Jugadores que llegaban al fútbol chileno, como nosotros que tuvimos a Álvaro Barco, seleccionado peruano; el Chemo (José Guillermo) Del Solar, que llegó a Católica; Milton Melgar, seleccionado boliviano; Faustino Asprilla, que llegó a la U. Entonces, llegaban jugadores de elite. Leo Rodríguez a la U, si empezamos a hablar, era una infinidad de jugadores. Tú miras hoy el fútbol chileno y te preguntas ¿este jugador, qué hizo para llegar a Chile? Los planteles antes eran exquisitos en la parte técnica. Un día conversé con un técnico y me contó que puso a tirar centros a un lateral, de 10, uno bueno; cuando estaba yo, los 10 buenos. Eso se ha perdido, la sensación que tenía la gente de ver buen fútbol, que todos fueran buenos para la pelota.
-¿Hay un tema de categoría también, más allá del buen fútbol?
Claro. Uno imitaba a los jugadores antiguos, recuerda a las Selecciones que estuvieron antes. Esa Selección de Copa América donde estaban Astengo, Juan Carlos Letelier, Ivo Basay, Roberto Rojas, que le gana a Brasil. Nosotros fuimos aprendiendo de ellos, de mirarlos. Ellos nos transmitían eso. El fútbol era más armonioso. Mira, no soy de juzgar ni nada, pero hoy el fútbol se basa solo en el dinero y no es como antes. Yo no jugaba por lucas, no me interesaba. Claro, hoy es necesario, hubiera tenido un mejor pasar, pero era amor por la camiseta. Te dolía cuando perdías; hoy no es lo mismo y te lo puedo decir porque he dirigido. Te subes al bus y están en otra, cantando, llamando, en el celular. A nosotros no nos hubieran permitido eso, nos hubieran dicho: “Oye, cómo te estás sacando fotos en el camarín”. Para nosotros era toda la semana fútbol. El futbolista no vive para el fútbol.
-¿Pero logró tener una vida tranquila después del fútbol?
Si, gracias a Dios estoy bien. Vivo tranquilo, no tengo un mal pasar. Pero a lo mejor si hubiera sido más enseñado en el tema de firmar contratos, hoy estaría mucho mejor. Pero las cosas se dan como se tienen que dar. Agradezco que nunca me falte un plato de comida, tengo mi casa. Dios me premió y me regaló una parcela hermosa. Entonces, ¿qué más pedir? Trabajo todavía, haciendo lo que me gusta, porque muchos compañeros retirados tuvieron que seguir trabajando en cosas que no sabían. Yo sigo metido en una cancha y eso se lo debo a mis profesores, a mis entrenadores, de todos, de las instituciones donde estuve. Agradecido de Malleco, por ejemplo, porque ahí viví lo que a lo mejor un futbolista nunca vivió: a veces pasar hambre, tener que caminar para entrenar, no tenías plata ni para comprarte un huevo, tenías que andar con el pantalón, la chaqueta, todos los días con lo mismo, porque no había otra y debías lavarla tú. Luego un cambio a Concepción, donde me trataron de otra manera y, luego, llegar a un Cobreloa donde nos daban todo, donde nos pagaban al día; otra cosa. Uno tiene que ser agradecido.

Un hombre de fe
-Se nota que usted es una persona muy creyente. Cuéntele a las nuevas generaciones sobre cómo fue el proyecto Hosanna (el primer equipo evangélico de Chile, fundado en 1996 y al que Marcelo Miranda dirigió en 2006 en Tercera División)
Primero debo aclarar por qué empecé ir a la Iglesia, para conocer los caminos del Señor. Yo pensé que en Cobreloa me iba a retirar. Tenía mi casa en Calama y mi proyecto era quedarme a vivir y no venirme a Santiago. Cuando llega Óscar Malbernat (2000), que venía de Audax y con el que nos fue muy bien ese año. A la próxima temporada, imagínate, haber estado nueve años en Cobreloa, haber entregado todo por el club y llegar al camarín y que el utilero sea el que te dice que no sigues… Yo jamás lo haría con un jugador. Yo soy de decirlo a la cara y no voy a mandar al utilero.
-¿Así de impersonal fue la salida?
Claro. Llega Mentita (Luis Becerra, utilero de Cobreloa) y empieza “tú no sigues, Juan Silva no sigue”. Llegaron los nuevos, que ellos no tenían la culpa, uno entiende que el fútbol es así. Pero ¿que el técnico no te haya dicho nada? Nosotros hablábamos con él el año anterior, que él se dirigía a mí y a Fernando Cornejo que éramos los más grandes. Al final, finiquité y se me paralizó el mundo. Me preguntaba qué iba a hacer en Calama, si mi proyecto era otro, queríamos con Fernando hacer canchas sintéticas. Quedé en el aire y lo único que le dije a mi señora fue “vámonos”. Nos vinimos a Santiago a ver qué haríamos. En ese intertanto, no quería nada con el fútbol, me habían llamado equipos de Segunda, (Jorge) Garcés que estaba en Wanderers y yo no quería nada. Empecé a ir a la Iglesia. Si no hubiera conocido a Dios, no sé qué habría pasado conmigo, porque me dolió demasiado eso de pasar de ídolo a no ser nada. Fui aprendiendo las cosas de Dios y la vida es así. Uno tiene que creer en Dios y no en el hombre. La Iglesia calmó el dolor que traía de haber dejado a Cobreloa. Quizás la gente nunca lo entendió.
-Y ahí se dio la oportunidad en Colo Colo…
Yo tenía decidido no jugar más y mi señora estaba embarazada de mi cuarta hija. Yo había decidido no jugar más y vamos a hacer un examen y antes de entrar, me llaman por teléfono Peter Dragicevic y Martín Hoces. Pensé que era un amigo que me estaba haciendo una broma, porque siempre me llamaba para decirme que me querían del Real Madrid, para subirme el ánimo y qué sé yo. Lo tomé como talla, pero estaban en el Monumental con el Guagua (Roberto) Hernández. Me explicó que a Pancho Rojas lo vendían y que yo era el indicado.
-Es que pasar de Cobreloa a Colo Colo en esa época era todo un tema…
Mucha gente me lapidó cuando me vine a Colo Colo, pero yo me siento un cobreloíno más; son nueve años que jugué en esa institución y la guardo en mi corazón. Mi pensamiento es el siguiente: muchos dijeron que podría haber llegado a cualquier equipo, menos a Colo Colo, que era el rival. Me lapidaron. Pensé: “Tengo que comer, así que debo seguir trabajando”. Tampoco era un equipito, era Colo Colo, un equipo grande, que se fijó en mí. Entonces, fue algo diferente. Había buenos jugadores, como (Sebastián) Rozental, el Coto (José Luis Sierra), Marcelo Espina, (Fernando) Gamboa, David Henríquez, Marco Villaseca, un gran amigo. Me queda esa sensación que no me equivoqué y Dios puso en mi camino a Colo Colo. Ese año no salimos campeones y yo le echo la culpa a la debacle de los sueldos impagos.
-Empezó el tema de la quiebra, ¿no?
Exactamente. Los últimos entrenamientos era puro ir a conversar de lucas. El Guagua también estaba enojado. Si hubiéramos estado bien, éramos campeones con ese equipo, pero salió Wanderers… Volvamos a lo de Hosanna, entonces…
-Eso…
Después de ese año, hice mi curso de entrenador y un día, por este asunto de Colo Colo de Todos los Tiempos, me invitó a jugar Eduardo Espinoza, que era mi compañero y hoy es el alcalde de Macul. Un día me convenció. Me recibió muy bien Carlos Caszely, un tipazo, Chupete Hormazábal, también. Y así estuve entrenando con ellos los lunes. Un día íbamos en el bus camino a Rancagua a un partido e iba Milton Flores, que era el gerente deportivo de Hosanna. Conversando, suelta que andaba buscando técnico para ese año. Miran para atrás y dicen:“Llévate al Marcelo y es cristiano”. Yo había terminado el curso y ya podía ejercer. Milton me dijo que el lunes me quería en la oficina. Fui, estuve con él, con el pastor Ítalo Frigoli, y ya…
-¿Cómo fue esa experiencia?
Bien, pero mira que no se trataba de que todos fueran cristianos en el club o tenían que creer en Dios. El club se llamaba Hosanna, estaba el pastor que obviamente era cristiano. Hacíamos algo normal. A los chicos, antes de entrenar, se les entregaba un pasaje bíblico, que teníamos a una persona encargada de eso, se oraba antes de empezar y eso era todo.

Un equipo que revolucionó el fútbol chileno
-Fue un verdadero fenómeno Hosanna. Se llenaba el estadio…
Mucha gente cristiana, de iglesia, que nos acompañaba y ese 2006, en Tercera División eran más de 50 equipos y llegamos a una liguilla, en que dejamos fuera en una semifinal a Arica. Quedamos Iquique, Iberia, Instituto Nacional, que lo dirigía Fernando Vergara, y nosotros. Terminamos terceros y subió Iquique. Imagínate que fuimos a jugar allá al norte y el estadio estaba lleno hasta en el centro de Iquique. Te enfrentabas a equipos de renombre. Quedaron fuera Ovalle, Trasandino, equipos consagrados. Fue una bonita campaña.
-Tras eso vinieron pasos por varios equipos, como Malleco, Lota, Naval, Unión Temuco, Copiapó…
Mi último año fue con Copiapó y de ahí estuve a punto de llegar a otros equipos y siempre fallaba porque “es que no, Marcelo, porque no tienes representante”. Esa fue la verdadera razón. Es difícil entrar. Tuve un representante alguna vez y, cuando iba a firmar en un equipo, me dijo “pero de estos 10 jugadores, tienes que llevarte cinco”. Le dije que de los 10 que tenía, ninguno me gustaba. Yo los conocía. No eran de mi paladar. Me advirtió que no iba al equipo entonces. Y, ya pues, no voy nomás… Soy creyente y de mucha fe, así que no pierdo la esperanza que en algún momento voy a dirigir de nuevo. Me gustaría dirigir en Primera División y ver si estoy capacitado para ello; ver si tengo dedos para el piano.








