En el fútbol chileno hay jugadores que son clásicos. Quizás no fueron lumbreras o no partieron al exterior, pero cualquier futbolero que se precie de tal sabrá de ellos, de dónde jugaron y los títulos que obtuvieron.
Es el caso de Marcelo Miranda Díaz (29 de enero de 1967), recordado lateral izquierdo noventero, que brillara en nuestro medio y que jugara en la Selección Chilena para las eliminatorias de Francia 1998.
Cómo olvidar al Chelo Miranda. Formado en La U, despuntó en Malleco Unido, fue un titular inamovible en la campaña que llevó a Deportes Concepción a su primera participación en Copa Libertadores en 1991, campeón y nueve años en Cobreloa y retiro en Colo Colo en 2001.
El destacado ex defensor es el invitado de la semana en En Cancha Prime, para repasar su exitosa carrera deportiva.
¿En qué anda por estos días, desaparecido del primer plano del fútbol nacional? El mismo Marcelo Miranda responde: “Estoy en un proyecto bien bonito hace unos tres años en la Municipalidad de Padre Hurtado. Empecé a armar las series menores, que parten desde los 5 años y van hasta los 18. Nos fue bastante bien y por eso hace dos años que estoy en un club de la zona, Julio Covarrubias, en Tercera B. La idea es proyectar niños o jóvenes de la comuna y alrededores. Nos ha ido bastante bien estos dos años; seguimos en el proyecto”.
-¿Está enfocado en esa zona de la Región Metropolitana?
Sí. Viene gente de Melipilla, Talagante, Peñaflor, Santiago mismo. Son chicos, principalmente, que terminan su parte de cadetes y se quedan sin club. Los recibimos, como también otros que no tienen la posibilidad y que, por contactos de amigos técnicos, los recomiendan. Encajan en el grupo y, de ahí en adelante, ya es cosa de ellos hasta dónde llegan.
-¿No echa de menos el fútbol profesional? ¿Las luces, los primeros planos?
Dirigí hasta 2016, y sí. Uno extraña estar en Primera B o en otras series. Nunca me ha tocado dirigir en Primera División y ese es un bichito que me queda por hacer. Pero no estoy con representante, nunca tuve, ni como futbolista ni como técnico, y así es difícil entrar a algún equipo. Hoy se maneja así el tema y hasta ahora nadie me ha llamado. He tenido posibilidades directas con equipos, pero hemos llegado hasta ahí nomás. Ojalá se pueda dar y, si no, seguiré con estos proyectos. Me gusta el tema cadetes, estuve dos años en Cobreloa y hoy hay siete jugadores de esos en el primer equipo que dirige César Bravo, excompañero. Eso me alegra, porque no tuve tan mal ojo para elegir.
-Esa parte social del deporte se ve que le gusta, ¿no?
Gracias a Dios he aprendido mucho en ese tema y me gusta ayudar a los jóvenes. Me agrada involucrarme en el tema familiar, poder aportar en la vida de los muchachos. Hasta el día de hoy estuve dirigiendo a Melipilla también, en la serie Sub 18, y salimos campeones invictos. Hay chicos que me llaman por todo el tema que está pasando con Melipilla, y hemos podido instalarlos en otros equipos. Me gusta eso, que los chicos no se queden sin hacer nada. Hay muchos jugadores que terminan sus contratos en cadetes y quedan a la deriva. Es grato poder encajarlos en algún equipo. Ellos quedan por lo que son, eso sí, y yo los voy ayudando en cómo formarse.
Marcelo Miranda y los comienzos en la U
-Conversemos sobre su carrera futbolística. Divisiones inferiores en la U. ¿Qué recuerdos le trae?
Estuve dos años en cadetes de la U. Mi llegada a Universidad de Chile fue bien especial, porque desde los 14 años me fui a probar a Colo Colo, me dejaron y no me quise ir porque teníamos un grupo de amigos que andábamos para todos lados y, como no los dejaron, no me quise quedar. Después fui a Unión Española, cuando estaba Juan Carlos Gangas de técnico, también quedé, pero en esos tiempos desde La Florida había que tomar como tres micros para llegar a Independencia. Muy largo el camino, así que tampoco…
-¿Y entonces?
Un día se armó un campeonato que organizaba Universidad de Chile, que se llamaba Camino a la Fama. Tenía ya 16 años y en ese torneo se podían inscribir liceos, equipos de barrio, el que quisiera. Eran más de mil equipos que jugaban. Nos tocó jugar en las canchas de tierra que estaban a un costado del Estadio Nacional…
-Las que estaban por el lado de Maratón…
Sí, había unas siete u ocho canchas. Nos tocaba jugar el sábado y de esos mil equipos quedaba al tiro el fin de semana la mitad. Era muere-muere. Jugaba por un equipo que se llamaba Soprole, de los productos lácteos. Un dirigente me llamó. Éramos el único equipo que entrenaba en la semana, nos alimentaban bien…
-Leche y yogurt, me imagino…
Claro. Imagínate, nosotros jóvenes, que te dieran un yogurt ya era lo máximo. Te llevaban al casino de Soprole, en la calle Santa Elena. Nos alimentaban y justo detrás del casino había una cancha de pasto, donde entrenábamos. Con ese equipo salinos campeones invictos, jugamos la final en la USACH, contra el Colegio Luis Matte Larraín, y les ganamos 6-0. Dentro de todos esos muchachos, una cantidad enorme de jugadores, quedamos solamente tres y entramos a Universidad de Chile. Me recibieron Leonel Sánchez y Alberto Quintano, mis técnicos de inicio en la U, pero alcancé a estar un año y medio nada más.
-¿En el Sauzal?
En El Almendral primero, por allá por Avenida Las Torres. Después nos fuimos para abajo a El Sauzal, que todo eso era de la U. Un bonito recinto El Sauzal; varias canchas, de todo. Con mi esposa, que llevamos 36 años juntos, fuimos papás jóvenes, así que me puse a trabajar con un tío que hacía hormas de zapatos. No quise ir más a la U, porque uno iba a jugar y, como ha sido siempre el tema cadetes, nada más que a jugar. No te pagaban ni nada. Empecé a sentirle ese gustito a las lucas y dije que mejor me quedaba trabajando. Pasaron como seis meses y llegó un profesor de ese entonces, Guillermo Oliver, llega a mi casa y me dice que no me podía perder en el fútbol, que tenía condiciones. Me dice: “Tengo un amigo que dirige en Angol, en Malleco Unido, se llama Juan Inostroza, el Totocha, anda a probarte allá”. No con buena gana le contesté que lo iba a hacer porque él me había venido a ayudar. Partí a Angol…
-Debe haber tenido 16 o 17 años. Arriesgada decisión…
Claro, el ’86 tenía 17. Mis papás, claro, se preocuparon. Miraban el mapa y me decían que cómo me iba a ir tan lejos. Pesqué mi bolsito, como el Chavo del 8, un par de prendas y me fui. Llegué a Angol, con lluvia torrencial, estuve tres días acostumbrándome. Me encontré con jugadores que habían estado en la U, como Carlos El Motoneta Guzmán, Miguel Candia. Era muy joven y me empezaron a querer los jugadores. En ese tiempo, en Segunda División (hoy Primera B), había jugadores de 30 años, avezados, y yo me preguntaba “¿qué voy a hacer aquí?”. Me la jugué, me llama el técnico y me dice que me van a dejar. En esa época jugaba de “10”…
-¿Sí? ¿Y cómo se fue acomodando al lateral izquierdo? Porque ese es un puesto más bien de especialista…
Cuando llegué a la U jugaba de volante de salida. No voy a compararme con él, porque lo respeto y fue un grande nuestro, pero tenía como un estilo del Coto Sierra; así más o menos jugaba. Cuando llego a la U, me citan a un partido contra Audax Italiano en Quilín, que antes eran todos los partidos ahí. Llegué al partido y no llegaba el lateral izquierdo. Me llama Leonel y me explica que iba a tener que jugar de lateral, porque no había otro. Lo único que le dije fue que no tenía problemas en jugar, pero que no me manejaba defensivamente. “Eres bueno para la pelota y atrás te van a ayudar los centrales”, me contestó. Así que listo. Resultó que di los dos pases gol, fui la figura del partido y nunca más me sacó de lateral.
-¿Cómo hizo para las funciones defensivas?
Fue súper simple, porque mis compañeros me decían “pégate al puntero”, “dale el lado derecho”, “no lo tires para adentro”. Fui entendiendo esas cosas y ya cuando tenía el balón no me era difícil jugar. Me fui o me fueron perfeccionando en eso, porque Leonel Sánchez fue como mi papá futbolísticamente. Él me dijo: “Marcelo, sé que quieres ser ‘10’, llegar al arco y hacer goles, pero si te lo propones, puedes llegar hasta a la Selección como lateral izquierdo, porque técnicamente eres buenísimo”.
-El ojito que tuvo Leonel…
Me empezó a entrenar con todo. A veces los laterales nos quedábamos como una hora con él. Además que Don Leo le pegaba de manera extraordinaria; a tres dedos, como venía. Nunca vi a un exfutbolista que le pegara tan bien a la pelota. A veces, lo veía entrenar con el primer equipo, que en esos tiempos estaban (Óscar) Wirth, (Hugo) Carballo en el arco y les hacía goles desde todos lados. El entrenador haciendo goles, así que quedábamos todos impactados. Claro, una leyenda del ’62, su trayectoria y cómo le pegaba. Fui aprendiendo esas cosas y quedé marcado como lateral…
-Y no soltó más el puesto…
Nunca más. Cuando llego a Malleco, le pregunto al profe que me llevó, Guillermo Oliver, si me probaba de “10” o de lateral. Me dijo que de lateral nomás. Me dejaron y, ¡cómo es el fútbol!, me inscriben cuando iban ya por la mitad del torneo. Ese año que llego, 1986, Malleco estuvo a punto de subir a Primera División. El primer partido que me toca es en Puerto Montt, con lluvia torrencial, todo lleno de barro. Primer tiempo 0-0, empieza el segundo y ya antes de empezar ya estaba empapado. Ese estadio tenía las bancas al otro lado, así que para llegar había que caminar; llegando a la banca ya estaba todo mojado. Me empiezan a hacer señas, porque el lateral izquierdo se había lesionado y se había quedado en el camarín. Tuve que entrar cuando no alcancé ni a calentar. Con la ropa limpiecita y todos mis compañeros embarrados, porque en esos tiempos no tenías dos mudas para cambiarte en el entretiempo. Se notaba altiro que iba a entrar, porque estaba limpiecito…
Debut en el barro de Puerto Montt
-Le duró 30 segundos la blancura, asumo…
Apenas entro a la cancha, los centrales me hablan. Carlos Urrutia y Pedro Pavez me dicen “Marcelo, te toca (Mario) Longoni”, que era un puntero derecho que corría una enormidad. Me comentan “lo primero que tenís que hacer es: bárrelo, quedái todo embarrado y te vas a meter al tiro en el partido”. Yo era joven, así que les hacía caso a mis compañeros. Primera pelota, la echa a correr y me tiro con todo. Barro en la cara, en los dientes. Eso como que me relajó del nervio que tenía, me soltó, y empecé a jugar. Cuento corto, ganamos 1-0, centro mío a Edgardo Garcés, que le decían el Nene…
-Claro, el delantero de Osorno también…
Sí. Jugó en Palestino, en Naval, en Osorno. Jugué con él en ese tiempo, un monstruo en el área. Le tiro el centro y mató como a dos centrales. Hizo el gol y felices. En la semana pensé que iba a la banca, pero me llama el técnico, Totocha Inostroza, que en paz descanse, porque vivíamos todos cerquita. Era el único que tenía vehículo, una Citroneta, y un día iba pasando por ahí donde yo vivía, se para y me dice: “Flacuchento, ven pa’ acá. Te vi que anduviste bien, quiero respaldarte, quiero hacerte jugar nuevamente, así que concéntrate en eso; es tu oportunidad”. Llegamos a los entrenamientos, el jueves hacemos fútbol y Marcelo de lateral. De ahí no salí más. Mi otro compañero tuvo que esperar y, cosa curiosa, ese compañero hoy es el alcalde de Angol, Enrique Neira.
-¿Sí?
Oye, tengo buenos excompañeros. El alcalde de Macul, Eduardo Espinoza también es un amigo y con quien jugamos juntos. Un agrado que estén ellos en esas funciones… Terminamos el año en Malleco, donde seguí jugando como titular, y tuve que volver a la U, que me había prestado. Estaba Fernando Riera en el primer equipo y me dice que sería el segundo lateral del plantel; el primero sería Roberto Reynero. Yo los conocía a todos de esa serie, porque había estado con ellos en esa serie juvenil. Car’e Pato (Horacio) Rivas, Alejandro Rojas, Reynero, Carlos Poblete, Eric Lecaros, toda esa generación. Me suben entonces y cuando va a empezar el campeonato, Fernando Riera dice que se va de la U, porque no le trajeron a dos refuerzos que había pedido. Llegó el presidente, que era Waldo Greene, y dice “todos estos jugadores se van “…
-¿Cómo? ¿Así, sin anestesia ni nada?
Él, de parte de él, no del técnico que llegaba. Porque después estuvo Manuel Pellegrini en el club, pero no alcancé a estar. Nos citaron a la sede, entramos. Golpeo la puerta, entro y él (Greene) estaba de espadas hacia mí. “¿Quién eres tú?”… “Marcelo Miranda”, le dije… “Ya, de la otra mesa saca tu pase y muchas gracias”. Así, sin saludarme ni nada. Como a mí no me conocía nadie, pesco el teléfono, llamo a Angol, que estaba el mismo técnico, y le explico. “Vente al tiro”, me dijo. Pesqué mis cosas, saqué los pasajes en la noche, y llegué de nuevo a Malleco…
Adiós a la U y de vuelta a Angol
-Al menos, en Malleco se sentía en casa, un lugar que conocía…
Como hicimos buena campaña el año en que casi subimos, que terminó ascendiendo Lota Schwager, a la mayoría de mis compañeros se los habían llevado a otros equipos. Así que el plantel de Malleco se tuvo que rearmar. El técnico me dice “este año, veo complicado al equipo, porque hay mucha juventud. Pero de algo estoy seguro: tienes que salir de acá, así que este es tu año”. Empezamos a jugar y lo que me favoreció fue que se armó el campeonato de Copa Chile, en que participábamos con los equipos de Primera. Nos tocó con la Octava Región y estaban todos en Primera. En el Conce estaba el Palo (Fernando) Cavalleri, en el Vial Nelson Acosta, Manfredo González en Huachipato, el Loco (Guillermo) Páez en Lota…
-Y ahí lo vieron jugar desde Deportes Concepción…
Me vieron jugar. Cuando termina la Copa Chile, un familiar me trae un diario de Concepción, en que les preguntaban a los técnicos de allá cuál había sido el jugador de proyección que habían visto en el torneo; respondieron que el lateral izquierdo de Malleco Unido. Eso me prendió más todavía. Hicimos una campaña malísima en Malleco. Disputamos con Audax Italiano, que lo dirigía Roque Mercury, quién bajaba a Tercera División, y nos ganan en Santiago 2-0. En Malleco ganamos nosotros 1-0, no pudimos hacerles el segundo, ellos colgados del palo. Yo le digo a Marcelo Zunino: “Estabas hasta detrás del arco para sacarnos pelotas y que no les ganáramos”. Nos tocó bajar. Entre las lágrimas por el descenso y todo, yo estaba en el camarín y, no te miento, había como 10 equipos que me querían. Puerto Montt, Osorno, Temuco… Y había cuatro de Primera: Concepción, Vial, Huachipato y Lota.
-En la Copa Chile ya lo tenían visto…
Entre la angustia que estábamos pasando, entra un dirigente al camarín que yo no conocía. Me estaba vistiendo. Me dice que era dirigente de Deportes Concepción y que todos los equipos me habían ido a ver a mí. Recuerdo que me comentó: “Pero te quiero decir una cosa. El único técnico que vino acá a verte en vivo fue Fernando Cavalleri y te está esperando en el centro, en un local”. Pero y ¡cómo me iba! ¡Qué les decía a los otros! Me explicó que tenía todo arreglado con el presidente de Malleco, que saliera por una puerta de atrás y me llevó en su auto. Salí, nadie más me vio. Llego al local y estaba un tipo con bigotes amarillos, fumando un Lucky sin filtro, sentado con un café y me dice, con su voz argentina bien ronca, “Hola Flacuchento, te quiero en el equipo”.
-Se la jugó el Palo Cavalleri…
Ahí empezamos a conversar. Me ofrecieron menos lucas que Huachipato y los otros equipos, pero la verdad es que yo no gané mucha plata en el fútbol, porque a mí me interesaba jugar. Fue un error, porque uno merece tener sus lucas, pero yo era del estilo “firmo nomás, si yo lo que quiero es jugar”. Recuerdo que me dicen “Marcelo, acá no vas a ganar mucho”. Yo ganaba 5 mil pesos en Malleco, ¡5 mil pesos! Y me pagaban la pensión. Llego a Conce y me dicen que me van a pagar 400 lucas, así que yo me creía millonario. Me pasaron un departamento y Fernando me dice que el Conce es el más popular de la zona. Me aseguró, delante del presidente del club, que si andaba bien y venía una oferta mejor de otro equipo me llevaba para donde él fuera. Nos dimos las manos y ahí llegué a Concepción.
-Un Deportes Concepción que al poco tiempo haría historia…
Llegué a un equipo con jugadores de nombre. Mario Araya, Jorge Rodríguez, que hoy no está, un gran central que falleció hace apenas una semana; Óscar Lepe, Juan Cruz, Osvaldo Villegas. Todos ellos me enseñaron, porque era primera vez que iba a estar en Primera División. Llegué en 1989, en que hicimos una linda campaña, estuvimos en una Liguilla.
-El ’90 sí lo lograron y se metieron a la Libertadores…
Se armó mejor el equipo, pero éramos puros jóvenes. Se habían ido los de más edad y Fernando, a mitad de año, se va a Cobreloa. Vamos a la Liguilla, que se jugaba en Santiago, y la ganamos. Estaba Nelson Acosta como técnico de O’Higgins, Fernando Carvallo en Católica, en esa Católica espectacular, de Coke Contreras, Chamuca Barrera, y Unión Española que la dirigía Manuel Rodríguez. En el primer partido, jugamos de fondo contra Católica y nos metió 4-0. Estábamos hospedados en Los Andes, no entrenábamos, no hacíamos nada. Había llegado de técnico Luis Vera. No recuerdo quién ganó entre O’Higgins y Unión (N. de la R.: O’Higgins 1-0), al segundo partido nos toca con O’Higgins, les ganamos y Unión le ganó a Católica, así que quedamos todos con el mismo puntaje. Vamos el sábado y nos toca de preliminar con Unión y les ganamos 2-0, Juan Carlos Almada hizo los dos goles. Después, Católica le iba ganando a O’Higgins y (Raúl) Roque Alfaro le hace un gol desde la mitad de la cancha al Pato Toledo 2-2. En el último minuto, jugada del Coke Contreras por la orilla, saca el centro, Barrera solo cabecea y, ahí es cuando el fútbol se da para un equipo, pega en la línea y sale del arco. Era gol, pero terminamos clasificando a Copa Libertadores…
Concepción de fiesta y el primer Charade
-Fue una clasificación histórica para Concepción. ¿Cómo recuerda esos días? Porque, sí, obviamente que al hablar de la Libertadores de 1991 se viene a la mente Colo Colo, pero la ciudad entera se revolucionó con el logro de ese equipo…
Nos armamos para esa Copa. Jugaban Villamil, Ardiman, Correa, Jorge Carrasco, yo por la izquierda, Lepe, Juan Cruz, Lee Chong, Adomaitis, Almada con el Flaco Pérez, el Chopper Castillo. Un grupo que quería lograr algo… Apenas clasificamos, nos teníamos que ir en bus a Conce y le dijimos al presidente (Francisco Beltrán): “Presi, cómo nos vamos a ir en bus. Sáquese unos pasajes para el día siguiente y nos vamos en avión”… Él nos compró los pasajes y, de verdad, aterrizamos en el aeropuerto y era como si estuviera llegando el Real Madrid campeón de la Champions. Lleno el camino para el centro, donde estaba la sede, en un segundo piso. Nos llevan y esto era igual a cuando estuve en La Moneda con la Selección. La gente gritaba afuera “¡Almada!” y Almada tenía que salir a saludar. Así con todos, hasta que salió mi nombre, así que también me tocó salir al balcón. Una locura, primera vez que Conce iba a una Libertadores.
-Y en la Copa les fue bastante bien. ¿Se acuerda del torneo en sí?
Jugamos bien. Con Colo Colo perdimos en el Monumental, pero allá en Conce empatamos; el Loco Villamil le atajó un penal a Jaime Pizarro en los últimos minutos. Fue una linda Copa, imagínate, a estadio lleno, la mayoría de nosotros no conocía el extranjero, el llegar a otro país. El recuerdo que uno guardará por siempre, porque fuimos un equipo que por primera vez se pudo dar a conocer fuera de Chile.
-El Barcelona de Guayaquil jugaba a la 1 de la tarde, con ese calor infernal…
Y, ojo, que tenía a buenos jugadores. Estaba Marcelo Trobbiani, imagínate. La mitad seleccionados ecuatorianos. Mira, llegamos a Ecuador y el primer cambio que sentimos fue cuando abrieron las puertas del avión y un calor que querías puro sacarte la ropa. Nosotros nos preguntábamos si es que con ese calor íbamos a jugar y ¡nos tocó! Las camisetas de ellos eran especiales, en cambio las de nosotros… Transpirábamos y transpirábamos y todos mojados. Le íbamos ganando 2-0 a Barcelona en Guayaquil y nos empataron a dos. En Quito nos fue mal, porque la altura nos mató y nos metieron 4-0. Claro que acá nos desquitamos y les ganamos a los dos.
-Todo era nuevo para ustedes…
Para nosotros, todo. Y jugar con estadio lleno, además. Nunca me había pasado que en un club como Deportes Concepción, los entrenamientos estaban llenos allá donde practicábamos en Nonguén. Éramos ídolos para ellos. Primera vez que se lograba algo importante. Me acuerdo con Óscar Lepe, que veníamos de la temporada anterior, éramos los más jóvenes y no ganábamos mucha plata. Entonces, cuando terminamos esa Copa Libertadores, nos llama a la sede y nos regala un Daihatsu Charade a cada uno. Tenía hartas lucas el presidente y él fue el que le cambió la cara a Deportes Concepción. Tuvimos auto, licencia y no sabíamos ni manejar. Gran recuerdo. Hoy se acuerdan de Colo Colo, pero en esos tiempos era muy difícil. Hoy hay como 8 clasificados, a la Sudamericana y demás. Antes eran dos equipos, el campeón y el que ganaba la Liguilla. Siempre digo: ¿Quién fue campeón de la Libertadores? Colo Colo, sí; pero, ¿quién acompañó a Colo Colo? Deportes Concepción. Esos jugadores estamos en la historia.