
Hans Podlipnik llegó a ser 43° del mundo en dobles en el circuito ATP. El ahora extenista chileno y actual empresario inmobiliario en Estados Unidos tiene una larga trayectoria y fue uno de los pilares de la transición entre la generación dorada con Nico Massú y Fernando González a la actual con Cristian Garin, Nico Jarry y Alejandro Tabilo.
El también campeón panamericano en Toronto, analizó la actualidad del tenis, los hitos de su carrera y el esfuerzo que tuvo que realizar para alcanzar la elite del tenis. Todo, en el nuevo capítulo del podcast de En Cancha Raquetas y Palas.
Cuéntanos un poco de tu actualidad, Hans
Hace cinco años, cuando me retiré del tenis oficialmente, me fui a vivir a Seattle, en Estados Unidos. Estuve buscando cuál era el lugar de ese país que más me gustaría por la naturaleza. Siempre quise un lugar como Pucón, pero con infraestructura. Eso fue lo que busqué y lo que encontré en Seattle. La sorpresa al llegar fue que ahí están todas las empresas grandes: Microsoft, Google, Meta, Boeing, Starbucks. Es una ciudad que está creciendo muy rápido económicamente —quizás la que más crece en todo Estados Unidos— y hay muchas oportunidades. Durante los primeros cinco años me alejé bastante del tenis y me dediqué a levantar proyectos de bienes raíces. Ahora, lentamente, volví al tenis. Uno siempre vuelve. Tengo un club de tenis en Seattle y entre esas dos cosas estamos bastante ocupados.
Hablemos de ese proyecto inmobiliario. Leí que es una especie de Airbnb de lujo, que compraste un gran terreno que incluso fue elogiado por Elon Musk en Twitter.
Fue muy divertido. Nosotros empezamos en 2020, apenas me retiré del tenis. Ya sabía lo que quería hacer. Empecé a buscar terrenos en el estado de Washington, y en dos meses y medio habíamos visto como 200. Todos los fines de semana recorriendo terrenos. Encontramos varios espectaculares, pero con muchos problemas. Finalmente hallamos uno de 100 hectáreas que tuvimos que desarrollar desde cero.
Yo pensaba que iba a ser algo mucho más sencillo, porque venía con una mentalidad más latina: encontrar al maestro que te construye la casa y listo. En Estados Unidos, por cada casa hay 34 inspecciones. Pones un cable, inspección. Pones el cemento, inspección. Millones de regulaciones y mano de obra carísima. Ese terreno era espectacular, pero no tenía nada: tuvimos que construir el camino, traer la electricidad, buscar agua. El primer pozo salió seco. Todo eso representaba mucha plata y un estrés enorme.
En algún momento dudé: estábamos tan remotos tratando de hacer algo tan de lujo que quizás no iba a funcionar. Al final alcanzaba para construir una sola casa. Me pregunté: ¿quién va a venir a quedarse acá? El lugar es impresionante, pero está a tres horas de la ciudad. Lo que nosotros queríamos vender era estar completamente solo, pero con todos los lujos de un alojamiento de primer nivel. Esa fue nuestra propuesta.
Cuando la lanzamos, el 23 de febrero de 2021, los primeros cinco días no hubo reservas. Después de eso, no hubo ninguna noche libre por 550 días. En algún momento estaba reservado con 450 días de anticipación. Se convirtió en el Airbnb más reservado de Estados Unidos. Fue espectacular.
Al principio, los bancos nos mandaron a freír. Pero cuando llegó el éxito con la primera casa, dijeron: “Ah, interesante”, y nos dieron recursos para construir tres más. Hoy tenemos cuatro y cada año seguimos agregando.
¿Y ahí entra Elon Musk?
Sí. Starlink también tiene una parte importante en Seattle, igual que SpaceX. Un alto ejecutivo de Starlink se quedó con nosotros —usamos esa conexión porque estamos tan remotos que es imposible tener otra— y me preguntó cómo funcionaba el internet. Le dije que espectacular y le pedí que se lo dijera a Elon, que estaba invitado cuando quisiera. Y lo publicó en X. Elon contestó algo así como: “Qué lindo lugar.” A mí me dio mucha risa, porque en Estados Unidos nadie pescó eso, pero en Chile salió en todos lados. Fue una alegría tremenda. En Chile uno es más conocido y quieres un poco de reconocimiento, sobre todo cuando llegas a otro país como extenista y casi nadie te conoce. Además fue un desafío importante demostrarme que podía hacer algo fuera del tenis. Aprendí muchísimo con ese proyecto.
¿Cómo fue tu experiencia con los americanos como emprendedor?
Me sorprendió mucho. Yo llegué con la mentalidad latina de que los gringos son imperialistas y capitalistas, pero mi experiencia fue completamente distinta. La gente en Estados Unidos es la más generosa que he conocido en mi vida, y he viajado por más de 80 países. Tienen una cultura de apoyo mutuo: si te ven motivado, ellos también se motivan y quieren emprender contigo. Así conocí a mi socia actual. Le pedí ayuda para ver terrenos y después de ver tres me dijo: “Si lo hacemos juntos, me gusta la idea.” Y lo hicimos juntos.
El reencuentro con el tenis recreacional
Cuéntanos cómo fue dar clases en Estados Unidos y las diferencias que ves entre cómo se desarrollan los tenistas en Chile versus allá.
Cuando uno está en el circuito profesional, el tenis se convierte en una obsesión. La competencia es brutal. En los últimos años de mi carrera yo estaba agotado y había perdido parte del amor por el deporte. Me retiré sin muchas ganas de volver.
Cuando llegué a Seattle y empecé a dar clases a nivel recreacional, me reencantaron por completo. La gente que juega recreacionalmente ama el tenis de una forma que uno había olvidado. Me fui de Chile a los 17 años, viajé 16 años en el circuito sin parar. Estaba muy cansado. Me retiré con cierta pena porque había dado toda mi vida por ese deporte y lo último que quería era agarrar una raqueta.
¿Y qué diferencias ves en cómo se desarrolla el tenis en Chile versus Estados Unidos?
En Chile tenemos una ventaja enorme que yo no dimensionaba antes de vivir afuera. El club. Aquí uno deja al hijo en el club y pasa el día entero ahí: juega tenis, frontón, piscina, con amigos de su edad, sin supervisión constante, en un lugar seguro. Eso en Estados Unidos, al menos donde vivo yo, prácticamente no existe. Las canchas de tenis son solo canchas. Los papás llegan, dejan a los niños, esperan y se los llevan. Los niños pierden esa experiencia social que nosotros tuvimos y que marca la relación con el deporte.
Creo que tenemos una cultura del tenis muy grande. Si uno mira Santiago en Google Maps, hay canchas por todos lados. Y al ser un país chico, es más fácil mantener la calidad de la enseñanza. En Estados Unidos, por el tamaño del país, hay entrenadores que enseñan cosas absurdas y nadie los puede identificar porque hay demasiada gente. En Chile, si empiezas a enseñar algo que no tiene sentido, no te va a funcionar por mucho tiempo. Más que talento genético, yo creo que es cultural. Incluso tenemos desventajas físicas: en Europa del Este los jugadores son más altos, lo que ayuda mucho en el saque. Sin embargo, desarrollamos muchos tenistas de alto nivel.
La Copa Davis: de invitado a pilar del equipo y el rol de Nico Massú
¿Cómo fueron tus primeras series en Copa Davis. Debutaste en 2008 en la serie con Canadá?
Me acuerdo de Fernando González y Nicolás Massú molestándome antes de entrar a la cancha. Los nervios que yo tenía eran impresionantes. Mi primera Copa Davis fui como invitado, a la serie de La Serena contra Rusia. Verlos jugar con estadio lleno me dejó pensando: “¿Cómo se puede enfrentar algo así?” Cuando me tocó debutar en esa serie contra Canadá, lo único que me pedía a mí mismo era: “Por favor, que no sea una vergüenza. Ganar o perder está bien, pero que no dé pena.” Por suerte jugué bien, aunque los nervios no me los saqué en ningún momento del partido.
Es curioso comparar eso con los últimos dos años de carrera, cuando ya no sentía casi nada: ni nervios, ni alegría especial al ganar, ni tanto dolor al perder. Eso me hizo darme cuenta de que era tiempo de hacer otra cosa.
¿Cómo viviste la transición hacia la nueva generación, con Jarry, Garín, Barrios?
Cuando Fernando y Nicolás se empezaban a retirar, uno siempre piensa “no viene nadie”. Y de repente apareció Nicolás Jarry. Como juvenil no había destacado tanto internacionalmente, pero uno veía ese potencial enorme por su altura, su saque. Fue una buena sorpresa. El Nico fue como el primero de esa nueva camada.
Me acuerdo de que fuimos a jugar contra Barbados, que era nuestra primera serie con esa nueva generación —Cristián Garín, Jorge Aguilar, Gonzalo Lama y yo—. Yo estaba calentando, faltaban 30 minutos para el partido de dobles, y me dio un espasmo en la espalda. Quedé tieso, no podía ni moverme. Agarraron a Garin del hotel donde estaba tomando desayuno, se lo trajeron al club y tuvo que jugar. Perdimos el partido, perdimos la serie, fue terrible. Estábamos todos casi llorando. Me acuerdo que Nicolás Massú se fue a caminar como dos horas.
Quiero decir algo: Nicolás Massú es el mejor capitán que he visto en cualquier equipo de Copa Davis del mundo. La suerte que tenemos de tenerlo. Esa derrota en Barbados lo afectó mucho más emocionalmente que a los propios jugadores, porque le importa de verdad. Después vino, dijo “ya, vamos a partir de nuevo” y creo que hicimos un récord histórico: ganamos como 24 partidos seguidos de local. En dos años pasamos casi al Grupo Mundial.

¿Nos puedes contar esa serie contra Colombia, con Cabal y Farah en Iquique?
Cuando llegaron los colombianos al aeropuerto, la van que los recogió tenía un conductor que les dijo: “Bienvenidos, esto es el Miami de Sudamérica.” Y se lo decía en serio. Yo tengo muy buena relación con Cabal —se quedaba en mi casa cuando éramos chicos jugando futuros— pero acá éramos rivales.
La cancha fue un episodio aparte. El primer día que llegamos parecía una caja de arena para niños. Era imposible jugar ahí. Entrenamos en otro club toda la semana y no se tocó la cancha de la serie hasta el día del partido, cuando le tiraron hasta gasolina y le prendieron fuego para nivelarla. El primer día, igual, el piso era un desastre: no había hoyos, había surcos. El director de la ITF amenazó con suspender y trasladar la serie al otro club, pero finalmente seguimos ahí, por suerte, porque la Copa Davis en Chile con estadio lleno es espectacular.
Quedamos 1-1 el primer día y llegaba el doble. Nadie nos tenía fe a Nico Jarry y a mí. Ellos eran quinto o sexto del mundo. Yo creo que me ayudó conocerlos bien y no tenerles tanto respeto, y entender que en el doble el factor sorpresa es mucho más grande.
Llegamos al quinto set. Y estaba el Chino Ríos, porque siempre estaba y me decía todo el partido: “Hazle el angulito con el revés, hazle el angulito.” Y en el quinto, con dos puntos importantes, me llegó exactamente la pelota para ese golpe. Pensé en el Chino, hice el angulito perfecto… y picó en mi cancha. Me miró así nomás y le dijo “viste, no hay talento”. Me morí de la risa. Pero llegamos al tie-break, ganamos el partido y esa fue una de las escenas más lindas de mi carrera: caminando con el Nico abrazado hacia el camarín, los dos llorando. Estábamos todos emocionados, el Chino también.
Para mí ese momento fue muy especial, porque yo nunca destaqué en juveniles. Nunca fui número uno de Chile, nunca gané un nacional. Me costó mucho creer en mí mismo. Viajé solo toda mi carrera, sin apoyo. Si hubiera tenido un mentor que me hiciera creer más rápido en mí mismo, quizás hubiera llegado antes. Eso es lo que más me hubiera gustado tener en mi carrera: no tanto un entrenador de tenis, sino una persona que me hiciera creer. Al mismo tiempo, también agradezco, porque me hizo ser la persona que soy.
Los tres grandes del tenis: la relación con Nadal, Federer y Djokovic
¿Cómo fue tu relación con Federer, Nadal y Djokovic?
Fueron prácticamente inalcanzables, pero al mismo tiempo impulsaron al tenis a otro nivel. Lograron que el deporte generara muchos más recursos y forzaron a los jugadores a evolucionar para poder competirles. Por eso dominaron el circuito durante 15 o 20 años casi sin competencia real.
Con Roger nunca tuve mucha interacción; él no se mezclaba demasiado. A Nadal lo conocí un poco más en las Olimpiadas. Djokovic fue el más cercano. Siempre iba a las reuniones del ATP a luchar por los jugadores, especialmente por el prize money de los que están más abajo del ranking. Nos decía a todos: “No sientan que porque soy número uno no me pueden escribir.” Eso me pareció muy respetable. Quizás no siempre se manejó tan bien en la prensa como Nadal o Federer, pero los tres fueron embajadores extraordinarios.
Tuvimos mucha suerte con ese Big Three, y hoy tenemos la suerte de tener a Sinner y Alcaraz haciendo lo mismo: fair play, bien tratados en la prensa, buena energía. Eso va a seguir impulsando al tenis.
¿Qué diferencias sustanciales ves entre el tenis de tu época y el actual?
Nosotros en Chile nos criamos con la escuela española: todo el juego con mucho topspin al revés del oponente, derecha fuerte, revés defensivo. Gonzalez era increíble de derecha, pero el revés no era tan poderoso. Lo mismo con Massú, que se invertía de forma espectacular para llegar a su derecha.
Hoy los jugadores son fuertes de los dos lados. Se mueven bien, atacan bien y defienden bien. El saque también evolucionó: el promedio está en 190 o 200 km/h incluso en jugadores que no son del top. Ya no hay especialistas de arcilla, de pasto o de superficie rápida; todos juegan bien en todas partes. Las pelotas se hicieron un poco más grandes, las superficies se homogeneizaron y eso permitió que el juego sea más parecido en todos los torneos.
Hoy el tenis es prácticamente quién le pega más fuerte, con más dirección y con más consistencia. El que logra esas tres cosas al mismo tiempo —que es Sinner y Alcaraz— está arriba.
¿Cómo ves el nuevo formato de la Davis?
Tiene una parte positiva: lo económico. Hubo más recursos para los tenistas por un tiempo. Pero al mismo tiempo se perdió la esencia de la Copa Davis, que era jugar contra un país en tu propio estadio, de local o de visita. Eso era irremplazable. Yo no tengo ningún recuerdo emocionante del grupo mundial en Madrid. En cambio, todas las series que jugamos en casa —da igual en qué nivel— fueron épicas. El nuevo formato generó estadios vacíos. En China incluso tuvieron que llevar niños de colegio para llenarlos. Eso es perder la magia completamente.
El dobles: disciplina incomprendida
Conseguiste 20 títulos Challenger en dobles, llegaste al top 40 del mundo en esa especialidad. ¿Te arrepientes de no haberte volcado antes al doble?
Cuando estaba en el 150 del ranking de singles, ya estaba en el 50 en dobles y ganaba más plata con el doble. Me senté en el Australian Open con Cabal y le pregunté. Me dijo: “El problema es que en singles puedes jugar Challengers y en dobles puedes jugar ATP, no puedes hacer las dos cosas al mismo tiempo.” Tenía 27 o 28 años. Quería empezar a ahorrar, pensar en la familia, en alguna propiedad. Tomé la decisión de dedicarme a lo que nos estaba yendo bien económicamente.
Mirando atrás, yo me considero un singlista que los últimos cuatro años de su carrera jugó dobles. El doble fue mentalmente más difícil para mí. Los partidos son cortos, el factor suerte es enorme. Puedes prepararte muy bien, viajar a China y perder en 45 minutos sin que casi nada haya dependido de ti. En el singles, si llegas a cierto nivel, te mantienes más dentro de ese nivel. El resultado depende mucho más de ti.
Tres momentos que fueron más grandes que yo
¿Cuáles fueron los momentos más grandes de tu carrera?
Tres que fueron más grandes que yo: la Copa Davis, los cuartos de final de Wimbledon en dobles con Julio (Peralta), y la caminata en la entrada de los Juegos Olímpicos. Son momentos que uno nunca se imagina vivir. Cuando era juvenil, no era el mejor. Lo que me dio ventaja fue la consistencia y el trabajo. Desde chiquitito fui muy trabajador; mis papás me inculcaron eso. Trabajé hasta que muchos se fueron perdiendo. En Latinoamérica le pasa a muchos jugadores talentosos: a los 16 o 17 años empieza a llamar la atención de las mujeres, los carretes, y se pierden. A mí eso nunca me pasó, afortunadamente.
Cuando me retiré —que fue en la Davis de Madrid— sentí alivio. Dije: ya lo hice, lo dejé todo. Nunca pensé en volver. El tenis fue mi universidad de la vida. Pasé muchos años difíciles, pero después empezó a ir mejor y eso me dio la capacidad de no frustrarme, de tolerar el estrés, de entender que las dificultades forman el carácter. Me ayudó mucho como empresario en Estados Unidos.
La Fundación Futuros para el Tenis
Háblanos de la Fundación Futuros para el Tenis.
La creamos en 2014. Empezamos con 25 niños. Siempre pensé que las clínicas donde un tenista va, juega un rato y desaparece no generan impacto real: motivan por un par de días y después la motivación se apaga. Yo dije: si algún día hago algo, tiene que ser presencial, con canchas en el mismo lugar donde ayudamos a los niños.
Ganamos un proyecto “quiero mi barrio” y nos construyeron las canchas en la Población Santa Adriana. Contamos con un director extraordinario, Rodrigo Tapia. Llevamos 11 años. Partimos con 25 niños y hoy servimos a más de 450. Nuestra meta siempre fue la educación. Hemos tenido más de 60 niños llegar a la universidad, lo que es un éxito enorme considerando que en esas poblaciones la mayoría no termina la enseñanza media.
Lo que más me alegra es darles a los niños un espacio seguro donde pasar la tarde. Lo que pasa en las poblaciones es que después del colegio no tienen dónde ir. La calle los recluta: las mafias, el narcotráfico. Nosotros les damos un lugar donde jugar, y se van a casa a dormir como tiene que ser la niñez.
Lo difícil es otra cosa: muchas veces he recibido críticas de personas —incluso apoderados de los propios niños— que creen que tenemos una fundación para lucrar. Eso ha sido doloroso, porque los niños no pagan un peso y a fin de año muchas veces estamos en números rojos, y quien paga esa cuenta soy yo. Es ingrato, aunque lo entiendo: ha habido muchas fundaciones en Chile que se han aprovechado de la gente. Mientras siga Rodrigo Tapia, yo sigo. Es un pilar. Y si algún tenista activo —Yarry, Garín, Barrios— quisiera sumarse algún día, los invito con los brazos abiertos.

La ronda de anécdotas de Podlipnik
La influencia del padre
Mi papá fue futbolista profesional, jugó por el Salzburgo, y fue un gran esquiador. Trabajó en Portillo como instructor por casi 30 años. Todos los fines de semana, sin falta, a las 8:30 de la mañana había que estar despiertos y hacer ejercicio: a la montaña o al parque, pero siempre. Yo creo que gracias a él tuve una ventaja física importante. Teníamos un frontón en la casa. Sin él, no habría llegado adonde llegué.
Peor experiencia en el tour
Tener que manejar toda la noche para llegar a jugar al día siguiente sin haber dormido. Pasaba en los interclubs en Europa: perdías un torneo el jueves, manejabas toda la noche a otro país, jugabas el viernes, manejabas de noche, jugabas el sábado, manejabas de noche y el domingo jugabas en otro club. El lunes, a un futuro de nuevo. Era la única manera de financiarnos. Me desgastó mucho a través del tiempo. Siempre le tuve mucha envidia a los europeos que perdían y se iban a casa.
Los Panamericanos de Toronto
Uno de los momentos más lindos. Me acuerdo que Massú estaba tan nervioso que tuvo que salir del estadio porque no sacábamos una medalla de oro desde no sé cuántos años. Ganamos la final contra Argentina —contra Andreozzi y Bagnis— con el estadio principal de Toronto lleno de chilenos, muchos más que de argentinos. Eso fue espectacular. Y después volver a Talcahuano a jugar la Copa Davis con esa emoción del público. Un orgullo enorme.
La polémica declaración de Bublik sobre los doblistas.
Dijo que el doble era para singlistas fracasados. Sonó feo, pero lo que sí es cierto es que todo tenista que se dedica al dobles fue antes singlista. Lo que sí me gustaría es que el ATP incluyera mucho más el doble en su marketing. La gente en Estados Unidos juega casi exclusivamente dobles, es la modalidad más popular. Visualmente el singles es más entretenido de ver, eso es difícil de discutir. Pero el doble es una disciplina enorme y hay que seguir impulsándola. Que Bublik lo diga en tono despectivo, con eso no estoy de acuerdo.
Amistad con Giorgio Jackson
Fuimos al mismo colegio. Él iba un curso más arriba y también jugaba tenis. A los 12 años tuvimos un partido en un clasificatorio para un nacional. Según él le hice trampa; yo digo que no. Nos suspendieron por falta de luz, nos trasladaron a la cancha central del Manque, y le gané bastante cómodo.
Siguió siendo muy amigo mío. Cuando yo era juvenil y en mis primeros años profesionales, Giorgio me mandaba por email un análisis de mis rivales: resultados anteriores, tendencias, cómo jugar contra ellos. Fue mi primer coach virtual. Su visión política no siempre la comparto, pero al final del día con cualquier persona del mundo uno va a estar de acuerdo en el 99% de las cosas. Ese 1% es el que genera todos los conflictos. Uno es capaz de ver más allá de eso.
El audio viral de Marcelo Ríos
Nosotros en el grupo de WhatsApp de la Copa Davis nos molestábamos constantemente. Me encantaba tirarle a al Chino, le decía ‘tui fuiste número uno cuando ya no había nadie’ y él me mandaba audios de vuelta. Estaba tomando un avión de Miami a Chile, puse el teléfono en modo avión, y al aterrizar tenía 2000 mensajes. Todo el mundo preguntando por el audio. Empecé a ver qué había pasado y me morí de la risa. Estábamos todos cagados de la risa. Lo único que nunca se supo es quién lo filtró, y creo que nunca se va a saber. Alguien del grupo, seguro.
Si Nicolás Jarry te llamara para ser su coach, ¿le dirías que sí?
Sería muy difícil. Tengo a mi familia aquí en Seattle y nos está yendo muy bien. No me imagino viajando tantas semanas al año. Además, el trabajo de coach es muy ingrato: los entrenadores dejan todo por el jugador, a veces les pagan poco cuando el jugador no está en su mejor momento, y cuando el jugador llega a estar bien, los deja. Eso pasa todo el tiempo. Yo hoy estoy en una muy buena situación personal y con los negocios marchando bien. Quiero estar ahí para seguir creciendo. Si me pide acompañarlo dos semanas como amigo, eso sí lo haría.








