Penalcitos

El duelo de Universidad de Chile con Colo Colo no me pareció un buen partido de fútbol. Lucharon, corrieron, chocaron, pero a la hora de sumar juego asociado o una acción individual desequilibrante, el recuento es mínimo.

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Charles Aránguiz abre la cuentaUniversidad de Chile se pone en ventaja desde los doce pasos, tras una decisión del juez Piero Maza, advertido por el VAR.
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En algún momento alguien dijo: “Buen partido, intenso, con roce”… Recordé una vieja frase de César Luis Menotti: “Se rescata la garra, la fuerza, la intención, cualquier cosa”. Lo siento, no me pareció un buen partido. Universidad de Chile y Colo Colo habrán luchado, corrido, peleado y chocado durante más de cien minutos, lo que llena los parámetros de muchos, pero a la hora de combinar, triangular, asociarse, meter una finta, una pared, un balón filtrado, desbordar, hay muy poco para contabilizar. Complicado encontrar una buena atajada de Gabriel Castellón, lo mismo para Fernando de Paul. Hay un remate de Lucas Cepeda al cuerpo que el arquero azul rechazó con las palmas; algún remate desde muy lejos del Tucu Sepúlveda, arrastrado y fácil, que De Paul embolsó contra el suelo.

Se le puede conceder a Jorge Almirón complicar las intenciones de copar el mediocampo que tenía la U. Lo logró con mucho sudor y esfuerzo. Correteo, barridas, presión. Funcionó. El problema fue cuando recuperaba el balón: pelotazo directo a Cepeda. Y nada más. En ese agrupamiento de camisetas albas en medioterreno, la U intentó meter alguna pelota a las espaldas de los zagueros albos y no embocaron una bien calibrada. Entre Altamirano, Guerrero, Aránguiz y Sepúlveda no fueron capaces de habilitar a un compañero en tiempo y distancia. Todas se fueron por la línea de fondo.

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Es cierto que Colo Colo se quedó sin piernas y sin ideas en el segundo tiempo. Que tras el segundo gol azul no fue capaz de crear una ocasión de gol potable salvo un centro de Oroz más llamativo que peligroso. También es cierto que la U, pese a controlar el balón, no estuvo ni cerca de cerrar el partido con un tercer tanto. La cosa, al parecer, se definía con otros argumentos: reclamos, caídas, gestos, brazos en alto, empujones, conatos e histrionismo. Es claro que esto renta mucho en el fútbol actual. Por lo menos en el fútbol chileno se ha transformado en una norma: cortar el partido, hacer gestos ampulosos, encarar al árbitro. La pelota se queda tirada en un costado mientras el juez es rodeado por media docenas de jugadores indignados por cualquier menudencia. Otro activo del fútbol chileno es, no sé si lo entrenan, la tendencia histérica a pedir tarjeta por cualquier roce.

En definitiva, lo ganó la U por dos penalcitos a uno. El primero, una ingenuidad de Emiliano Amor, quien saltó de espaldas al balón con los brazos abiertos. Cual amateur. El segundo, Vegas llegó un pelín tarde, lo suficiente para rozar a Hormazábal. El de Colo Colo, una salida a destiempo y al bulto de Castellón, quien tocó lo justo a Cepeda. Achique de arquero de barrio. Hace diez años ninguno de los tres se cobraba, hoy manda la norma híperpunitiva.

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Almirón quedó colgando y con razón: de los últimos quince puntos ganó cuatro y en los tres partidos pendientes apenas sumó un empate frente a Iquique. Dirán que Colo Colo mejoró en “actitud” comparado con el duelo con Universidad Católica. Pero en cuanto a funcionamiento sigue siendo tosco, previsible y sin variables. No basta con luchar. La U zafó. No le encontró la vuelta a un rival áspero y motivado. Al final tuvo ese penalcito de ventaja. La realidad es que a Gustavo Álvarez le sobra con eso.

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