Lo de Avellaneda fue hace 11 días. Hace mucho tiempo, posiblemente, para una columna de opinión cuando parece estar todo opinado. Puede ser que esté todo dicho, comentado, denunciado y lamentado y que las heridas ya estén cicatrizadas, al menos las de los cuerpos, no de las mentes, de los que fueron brutalmente castigados.
Pero falta una pregunta que podría explicar lo sucedido. La pregunta es cuándo empezó todo. ¿Acaso empezó cuando un hincha de la U lanzó una bomba de ruido a la tribuna de público local? No, mucho antes. ¿Fue cuando otro hincha chileno tiró restos de sanitarios? No, mucho antes. ¿Habrá sido cuando la parcialidad de Independiente pidió a su barrabrava que atacaran a los hinchas azules? No, mucho, muchísimo antes.
¿Un mes, un año, una década? No, permítame decirle: muchas décadas. Porque en el fútbol argentino se inventó la violencia (además de la trampa). Así de antigua es esta historia que hoy horroriza a Sudamérica, espanta al mundo y que providencialmente no cobró la vida de alguno de los masacrados.
No actuó la policía esa noche cuando los ánimos se encendían y menos lo hizo cuando el incendio estaba desatado y los visitantes se defendían de a uno contra diez. Los hinchas chilenos esperaban que actuaran como actúan las policías. Como en Chile, por ejemplo, cuya policía uniformada está considerada por la mayoría de los analistas como la más profesional de Sudamérica. Esta vez los policías despejaron el terreno a los agresores y luego, en la calle y en la comisaría, golpearon a los agredidos. (Y les robaron, según denuncias creíbles).
Le invito a enterarse de porqué esto es tan antiguo o, al menos, mucho más antiguo que en Chile.
El 25 de marzo de 1905, el diario “La Argentina” publicó esta nota: “Salieron a relucir las armas con que iban provistos, navajas y puños de fierro, con esta última arma uno de los backs del Togo hirió a traición a nuestro back Víctor Camino en la sien izquierda” (Partido entre Almirante Togo y “los de Flores”, llamados así los del recién nacido Independiente).
El autor de esa nota, Claudio Keblaitis, recoge otra anécdota también publicada en La Mañana del 10 de noviembre de 1911, según la que mujeres trabajadoras de las fábricas de Avellaneda, se trenzaron a golpes y arañazos. “¡Racinguistas! ¡Pieles rojas!, ¡Conventilleras!”. Publicado en el libro “Alma roja, génesis de un campeón”.
Pero no se trata solo de Independiente.
“Meses antes del arranque del futbol profesional, el 18 de octubre de 1930, La Cancha titulaba “Hay que acabar con los excesos de la hinchada... Y esta furia no es nueva. Es de siempre. Estas reacciones ante el juego eran terribles. Peor que ahora”. Y recuerda: “Hace un tiempo, un referee, después de ser apaleado hasta quedar desmayado, fue llevado por partidarios de un cierto club de segunda hasta las vías de un tren, donde se le colocó con la filantrópica intención de que le pasase el tren por encima. ¡Y si no es por dos cronistas deportivos de un diario de la tarde, aquel hombre estaría ya en la tranquila categoría de cadáver!”.
Sigue este relato: “Ya en pleno profesionalismo se sucedían los hechos de violencia. Así, en 1932, en un partido entre River y Racing, hubo un disturbio en la tribuna, donde murió un espectador y muchos resultaron heridos; en 1944, un tumulto en las boleterías de River provocó la reacción de la policía y dejó un saldo de seis muertos; en 1946, luego de un partido entre Newell s y San Lorenzo, fanáticos rosarinos intentaron colgar al árbitro Cossio. En 1960, en cancha de Argentinos Juniors, un hincha de Boca hirió con un cuchillo al jugador Roque Ditro”. “Desde 1931 hasta marzo de 2006 ocurrieron 196 muertes vinculadas con el fútbol”.
En esta columna no estoy exagerando nada. A continuación, y para cerrar, reproduzco un párrafo de La Cancha del 18 de octubre de 1930, ¡sí, de entonces!, que decía algo que se parece a lecturas de estos días en Chile:
“Para que esto concluye, haría falta una acción conjunta de las autoridades policiales, de los clubes y de los faraones de la Asociación Amateurs... Por eso hay que empezar por depurar el personal dirigente de los clubes, donde están siempre ni los socios más ponderosos ni los más cultos, sino los hinchas más decididos y audaces que han demostrado más ruidosa y terminantemente su amor por los colores”. (Usted debe cambiar Asociación de Amateurs por ANFP y listo).
No escribí mucho esta vez porque esta columna pretende ser, sobre todo, testimonial. Y debo mi agradecimiento a los colegas argentinos Óscar Barnade y Waldemar Iglesias, autor del libro “Mitos y Creencias del fútbol argentino”, que consulto regularmente por distintos temas. Es un agrado leerlo. Todo el entrecomillado pertenece a ellos.