A veces el medio, hablo de periodistas y jugadores, es incomprensible. El domingo pasado, después de que Colo Colo le ganara 4-1 a Unión Calera en el Monumental, los elogios para el cuadro albo fueron tan desmesurados como absurdos. El apuro, atarantamiento más bien, por sentenciar un su hipotético “camino correcto” o “formación” que se habría encontrado desde la banca alba, funcionaba en la medida que el análisis careciera de todo contexto o base empírica. Es decir, esta “formación y forma” que habría logrado Fernando Ortiz carecía de los datos mínimos para que la afirmación tuviera un mínimo de rigurosidad. Había dos datos fundamentales, hay más pero que quedemos con estos:

a) Unión Calera es el peor equipo de la segunda rueda acumulando hasta la 13ª fecha de las revanchas apenas siete puntos. Solo uno más que la catastrófica primera rueda de Iquique que lo tiene con un pie en el Ascenso.

b) Colo Colo había obtenido tres triunfos similares de local en el campeonato: Cobresal, Iquique y Unión Española, sin que ninguna de estas goleadas haya signado algún “camino indicado” o una “formación correcta”.

Luego, ante estos datos indiscutibles (Calera no es parámetro de nada y en el Monumental no es raro meterle cuatro a alguno que salga a la cancha con el cajón abierto y mirando pasar los aviones), lo prudente era esperar el duelo frente a Cobresal en El Salvador para anunciar que Fernando Ortiz había descubierto algo importante y corregido algo de fondo.

Bastaron doce minutos de partido para darnos cuenta que Ortiz no ha encontrado mucho o no ha encontrado nada. El forado por el lado izquierdo tardíamente corregido, la torpeza criminal de los centrales, la falta de anticipo de la línea de volantes, la costumbre de Javier Correa de embocarla sólo en los partidos fáciles, el desorden y nula aplicación de Lucas Cepeda, los chispazos cada vez más aislados de Claudio Aquino, el nerviosismo permanente de Fernando de Paul... un colapso completo frente a la sabia pizarra de Gustavo Huerta. Con un post data que rayó en el absurdo: mandar 45 minutos a la cancha a Salomón Rodríguez creyendo que el esforzado y torpe delantero podía cambiar algo.

Ortiz vio en primera fila como sus opciones de renovar contrato para el 2026 se desvanecían sin remedio. Esta vez sí, como diría el Bigotón Azkargorta, en Colo Colo llegó el momento de hacer un ajuste severo. Más todavía si se confirma la eliminación de la Copa Sudamericana. Y lo primero es resolver esa piedra en el zapato que es Arturo Vidal. No sólo su nivel futbolístico que hoy no le alcanza ni siquiera para ser titular en este Colo Colo octavo en la tabla, sino que ya hay demasiadas señales de que su seguidilla de amonestaciones no son casualidad. Entra y sale cuando quiere y, lo peor, hace lo que quiere. Es todo tan obvio, tan grosero, tan insultante, que toda tomadura de pelo tiene un límite. Es hora de terminar el circo.

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