Este 2025 que ya termina, Universidad de Concepción y Deportes Concepción protagonizan la mayor fiesta futbolística que tiene los clubes de Primera B. Pero la alegría del ascenso esconde una realidad incómoda que los números revelan con cruel precisión: subir de categoría es apenas el comienzo de un desafío deportivo que pocos equipos logran sortear con éxito.

Un análisis de los clubes que ascendieron recientemente —Coquimbo Unido, Magallanes, Copiapó, Cobreloa, Iquique, La Serena y Limache— dibuja un panorama desalentador. En su primera temporada en la máxima categoría, estos equipos enfrentaron una dura realidad: ubicaciones en la tabla que oscilan entre el puesto 13 y 15, rozando peligrosamente la zona de descenso, a excepción de Iquique que logró un destacado tercer lugar al año siguiente de ascender pero en la temporada subsiguiente los Dragones Celestes pierden la categoría y jugarán en Primera B este próximo 2026. Los casos de Magallanes y Cobreloa fueron aún más dramáticos: no lograron consolidarse y regresaron en un año directamente a la categoría de la que tanto les había costado salir.

Ascensos complejos

Pero, ¿qué explica este fenómeno recurrente? Los números son contundentes y revelan tanto una oportunidad como una trampa. Tomando los casos de Coquimbo, Magallanes, Copiapó, Cobreloa e Iquique -los únicos para los cuales tenemos datos financieros completos, ya que los reportes de La Serena y Limache se conocerán recién en abril del próximo año-, el análisis es revelador.

En promedio, los clubes que ascienden experimentan un aumento del 94% en sus ingresos totales al año siguiente, casi duplicándolos. Esta cifra incluye recaudaciones, venta de jugadores, publicidad y, especialmente, derechos de televisión, que se disparan un 127%.

Los costos directos de los ascendidos, que contemplan las remuneraciones del plantel y cuerpo técnico, traslados, concentraciones y gastos operacionales, suben un 71%, a un ritmo menor que los ingresos, incluso considerando que todos los clubes indicados recientemente, a excepción de Magallanes, deben soportar grandes desplazamientos, que tienen impacto económico y de mayor desgaste físico en una temporada.

Ingresos ascensos

En teoría, la ecuación debería funcionar: si los ingresos crecen más rápido que los costos, debería haber margen para invertir y competir. Pero aquí está la trampa. Dentro de esos costos directos, las remuneraciones —el principal componente y el factor más determinante para la competitividad— apenas aumentan un 50%. Y precisamente ahí radica el problema.

Sueldos de clubes ascendidos: la trampa y el problema

Ese 50% de incremento en remuneraciones resulta insuficiente para cerrar la brecha con los planteles consolidados de Primera División. Los equipos que ascienden llegan con jugadores que brillaron en Primera B, pero que frecuentemente no tienen el nivel para sostenerse en la élite. La realidad es que la competencia exige defensas más sólidos, mediocampistas más creativos, delanteros más letales, y eso cuesta dinero. Una “columna vertebral” -arquero, defensa, mediocampista y delantero- de un equipo en Primera División es muchos más costosa, proporcionalmente, que en Primera B. Incluso para la serie de plata, existen mayores posibilidades de nutrirse de jugadores más asequibles, pues están disponibles los propios jugadores de la división, jugadores de la Segunda División Profesional que pueden jugar en la categoría y juveniles que no tienen cabida aún en Primera División.

El dilema es claro: los clubes recién ascendidos ingresan significativamente más dinero gracias a la televisión, pero son conservadores —o temerosos— a la hora de invertir ese excedente en lo único que realmente importa en la cancha: mejores jugadores. Mantener las remuneraciones con un crecimiento del 50% cuando los ingresos casi se duplican es, en la práctica, una sentencia deportiva. Es intentar competir en Primera División con un presupuesto de Primera B mejorado, pero no transformado.

Los clubes consolidados en la máxima categoría invierten proporcionalmente mucho más en sus planteles. Saben que en el fútbol profesional, especialmente en una liga competitiva, la calidad del plantel es directamente proporcional a los resultados. Un equipo recién ascendido que no está dispuesto a aumentar significativamente su inversión en jugadores —por prudencia financiera o por temor al endeudamiento— está, en los hechos, aceptando pelear el descenso.

La paradoja es dolorosa: el ascenso trae consigo el dinero necesario para competir, pero el temor a gastarlo en remuneraciones condena a los equipos a ubicaciones de tabla que justifican ese mismo temor. Es un círculo vicioso difícil de romper.

Universidad de Concepción y Deportes Concepción celebran hoy su llegada a Primera División, pero deberían estar haciéndose la pregunta incómoda: ¿están dispuestos a gastar más y mejor en jugadores? ¿Están preparados para asumir que el dinero de la televisión no es un colchón para ahorrar, sino un combustible que debe invertirse en talento si se quiere evitar el descenso?

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