
La noche del 30 de enero quedará marcada por el inicio de la Liga de Primera 2026, un arranque empañado por un desastre artero, cobarde y premeditado en las tribunas.
Lo vivido en el Estadio Nacional se convirtió en otra tarde negra de nuestro fútbol. Durante la semana, la barrabrava de la Universidad de Chile amenazó de manera violenta con boicotear el partido entre los azules y Audax Italiano, situación que estaba a la vista de los dirigentes y de las autoridades policiales y gubernamentales.
Días después, los violentos cumplieron su palabra con uno de los hechos más vergonzosos que recuerde: atentaron contra su propio equipo, dejando claro que no les importa el club, sino sólo ellos mismos.
En su comunicado, además de anunciar el boicot, advirtieron las represalias contra la gente que asistió al estadio. Increíble, pero cierto; dispuestos a ir contra su club y contra su propia gente.
En cuanto a los incidentes, sólo el actuar de Carabineros impidió que los violentos interrumpieran el partido, pese a los reiterados intentos por ingresar al campo de juego, demostrando, una vez más, que la seguridad privada no alcanza para enfrentar este tipo de situaciones.
Cada vez que hay desmanes en el fútbol chileno, se repiten los hechos: sanciones, declaraciones cruzadas, autoridades señalándose entre sí y, lo más grave, la persistente impunidad.
Sin miedo a equivocarme, ya se vislumbra lo que vendrá en los próximos días. La U interpondrá querellas y declarará que no cuenta con las suficientes herramientas para combatir a los violentos y, por su lado, el Gobierno declarará que la responsabilidad corresponde a los clubes organizadores. Un par de días en los que hablaremos de esto y la agenda de seguridad volverá a tapar la violencia en los estadios.
El germen seguirá ahí y nadie atacará el problema de fondo. Desde mi perspectiva es, evidentemente, un problema de Estado que necesitad de voluntades y un trabajo mancomunado entre el sector público y los privados que administran los clubes.
En esa línea, fue el propio ministro de Seguridad, Luis Cordero, quien hace unos meses aseguró que perseguirían a las barras bravas como “organizaciones ilícitas”. Aun así, la amenaza de boicot se dio a la luz de todos sin ninguna persecución de las autoridades. Esto lleva a cuestionarse qué es lo que tiene que pasar para que quienes se imponen con violencia, coartando la libertad individual de los hinchas reales sean perseguidos por el aparato público especializado en este tipo de delitos.
La jornada triste del Estadio Nacional continuó con el silencio de las máximas autoridades de Azul Azul, quienes sólo se manifestaron a través de comunicados anunciando acciones legales contra quienes protagonizaron los desórdenes. El presidente de la institución, Michael Clark, deslegitimado por las acusaciones judiciales contra su administración en Sartor, se fue sin emitir declaraciones.
En este marco oscuro, hay que intentar analizar lo que dejó la cancha, considerando que los incidentes condicionaron el desarrollo del partido. El duelo entre la U y Audax Italiano, desde el punto de vista futbolístico, dejó escasas sensaciones positivas.
La U no solo compitió contra los violentos, sino también contra su propio rendimiento. Desde lo colectivo, aún no se aprecia el impacto de Francisco Meneghini; dos partidos con sabor a poco y sin goles a favor. En lo individual, el insólito error de Felipe Salomoni dejó al equipo con diez hombres casi todo el partido y puso aún más cuesta arriba el encuentro.
Lo único que se podría rescatar en los azules es que hubo ráfagas de fútbol de Lucas Assadi y algunos duelos individuales ganados por sus centrales Franco Calderón y Matías Zaldivia, y poco más. El equipo tuvo que remar contra las pausas por los incidentes, el clima hostil y las expulsiones.
Tanto los azules como los itálicos, prácticamente, no generaron ocasiones claras de gol; ni con once ambos, ni con diez y tampoco con nueve los de Audax pudieron inquietar lo suficiente al rival. Fue una versión apagada de ambos.
El triste estreno de temporada se completó con un arbitraje errático de Gastón Philipp, quien se equivocó en las jugadas determinantes y sólo fue salvado por la intervención oportuna del VAR.
El desastre incluyó también las malas condiciones del césped del Nacional, lejos del pasto espectacular que nos dejó el Mundial Sub 20. Claramente, la gran cantidad de espectáculos que ha albergado en los últimos meses atenta contra el estado del campo de juego que, hace no mucho, se vanagloriaba de ser uno de las mejores del continente.
El loop eterno continuará mientras las autoridades miren sin actuar. En medio de todo, está el hincha de verdad, que, a pesar del boicot, asistió en paz a ver a su equipo. Ese hincha pobre en defensa, que cada vez tiene menos respuestas e incentivos para acompañar a su equipo tras otra noche negra del fútbol chileno.








