¿Puede considerarse una victoria que el primer partido del campeonato finalizara después de que un grupo radicalizado de la barra de la Universidad de Chile haya amenazado que utilizaría todos los medios para suspenderlo, al igual que a todo el resto de la primera fecha?

Tras dos incendios dentro del estadio, del lanzamiento de bengalas a la cancha, de vandalizar gran parte de la gradería sur del recinto, herir a cinco agentes de seguridad, destruir buena parte de las rejas y generar combates a granel, los delincuentes no lograron su objetivo mayor, lo que puede considerarse un fracaso, pero dejaron instalada una vez más la sensación de que son incontrolables, que generan daño irreparable al espectáculo y que se van sin la sanción que se merecen.

Si el partido se jugó hasta el pitazo final fue por la determinación de grupos de barristas que se confrontaron a puño limpio con los agresores, lo que tampoco es un buen síntoma. La seguridad y la policía sólo contempló los destrozos y las quemas hasta que Carabineros recibió la orden de desalojar toda la galería, lo que significó una sanción para los que promovían desórdenes y los que trataban de evitarlos. Porque, mientras el club organizador y las fuerzas policiales no sean capaces de individualizar rápidamente a los violentistas, serán incapaces de aplicar castigos justos.

Esta semana el gobierno saliente anunció el cambio de nombre para Estadio Seguro, organismo que no tiene dirección desde hace casi un año. Ahora se llamara Fuerza de Tarea sobre Seguridad en el Fútbol, nombre pomposo para algo inútil, pues el Ministerio de Seguridad cambiará de manos en pocas semanas y pronto serán nombrados los nuevos delegados presidenciales y seremis que deberán hacerse cargo de una política de Estado que va de fracaso en fracaso, incluida la fuerza policial, siempre superada por los hechos, antes, durante y después de los partidos.

Las imágenes del fuego en el Estadio Nacional recorrerán el mundo, servirán de prueba testimonial a la Conmebol para mantener los castigos, de argumento para los argentinos que aún se la tienen jurada a Los de Abajo y supondrán un dolor de cabeza para nuestros tribunales, que ensayarán un par de maromas para no hacer tantas olas, mientras Michael Clark y su directiva se lavarán las manos tras sacar una declaración tan insulsa como ingenua, anunciando querellas, sanciones y penas capitales.

¿Pablo Milad y las autoridades del fútbol? Seguramente en Paraguay, en el inicio de un Sudamericano o festejando el cumpleaños de Domínguez o el Chiqui.

El grupúsculo de enfermos que amenazó con parar el fútbol chileno no logró hacerlo. Pero tuvo fuerza suficiente para desatar el caos en un estadio. No puede ser victoria terminar un partido, el primero de la temporada. En este nuevo comienzo, partimos perdiendo feo. Otra vez.

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