Es tan profundo el daño que le han hecho las barras bravas al fútbol chileno y tan grande el desprestigio de la ANFP, que suspender, manosear, achicar, reprogramar y bastardear un partido de Primera División sale gratis, por no decir que renta políticamente. Lo ocurrido esta semana con el delegado presidencial de la Octava Región, que ni me acuerdo el nombre, y el partido que debían jugar Huachipato con Universidad de Chile en el CAP es un capítulo más, o un peldaño, de la escalera de la degradación de la actividad.

Llega una autoridad intermedia, sin respaldo en las urnas, y se carga el torneo con total comodidad. No sólo hace eso, sino que apela a cualquier cosa, como un informe genérico de Conaf que advierte, como para toda la Región, de la posibilidad de incendios forestales. Pudo ser la Conadi también de haber el delegado visto algún centro ceremonial en las inmediaciones, o de la subsecretaría del medio ambiente apelando a nidos o especies vegetales endémicas o, por qué no, patrimonio ante el riesgo de que el monitor Huáscar reciba un botellazo de los barristas (y se hunda).

Y pese al argumento rebuscado y claramente de mala fe, un incendio que nunca se ha producido en setenta años que lleva jugándose fútbol en las inmediaciones, el partido es suspendido con un correo electrónico. Así de fácil. Luego las negociaciones, el tira y afloja para terminar programando el domingo a mediodía sin público. Pero el delegado tenía una última flor que tirar al nicho y propuso que la U llegara el mismo día del partido al Talcahuano. Es decir, de prosperar la luminosa sugerencia, el plantel debía levantarse como a las 5 AM. Fútbol profesional.

¿Y por qué este delegado puede hacerse una corbata de doble nudo con el campeonato de Primera División? Por dos razones muy evidentes. La primera es el desastre, como se dice en el párrafo inicial, que tienen las barras bravas, sobre todo de cinco equipos, con el fútbol chileno. Eso de ir al estadio a romper el estadio; a ver un partido para interrumpir el partido; a la galería con la camiseta de un equipo para tirarle bengalas o bombas a los que tienen esa misma camiseta, es un acto de antropofagia social que sólo se ve en Chile. Este es el único país donde la barra ataca a su propia institución de manera permanente y ciega. Y cuando digo institución hablo de todo: dirigentes, hinchas, jugadores, instalaciones... No es barbárico, hasta los bárbaros cuidaban sus aldeas y sus familias. Es más primitivo que eso, es de una estupidez que raya en lo maligno.

Lo segundo es más institucional: el delegado le pega al fútbol chileno porque la ANFP, cualquiera de sus dirigentes, no se defienden. Ante el conflicto apagan los teléfonos y se esconden de los micrófonos y cámaras. Que se arreglen entre Huachipato, la U, el delegado y carabineros, la ANFP está preocupada del Sudamericano de fútbol sala Sub 17 femenino u otra joya de ese calado. Entonces, ante el nulo peso de la organización, se puede hacer lo que quiera y suspender a la carta.

Yo no sé si Pablo Milad está aguantando un mes más con la esperanza que el cambio de gobierno, debido a las coincidencias ideológicas, traiga delegados menos agujones y protagonistas. Pero es claro que el fútbol chileno y su cabeza, la ANFP, pesa hoy menos que un paquete de cabritas. Pero sin cabritas.

abre en nueva pestañaabre en nueva pestañaabre en nueva pestaña