La decisión de Jorge Segovia de judicializar el reclamo de Unión Española por la discrepancia entre las Bases y el Reglamento para permanecer en la Primera División pone otra vez sobre la mesa el afán leguleyo y la lucha de escritorio que priman en el fútbol chileno. Con un agravante: esta vez puede ser terminal.

Entendiendo que el timonel hispano pueda encontrar argumentos razonables en el increíble desorden de escritorio que existe en Quilín, hay un hecho indesmentible: Unión Española perdió la categoría porque remató última en el torneo anterior, producto de un cúmulo de razones que son responsabilidad del propio club, desde la banca, la cancha y también las oficinas. Negar eso para sacar una carta bajo la manga parece desleal con los pares y con su propia historia. Los rojos ya se salvaron en una oportunidad de irse a la B por secretaría.

Los hinchas que mantienen un poco de orgullo y dignidad sopesaron el argumento de la contradicción, pero terminaron asumiendo que lo mejor era concentrar esfuerzos en esta temporada, en arreglar el Santa Laura y en volver de la manera más digna posible en un certamen extremadamente complicado. Si había alguna opción se diluyó cuando Deportes Iquique no perseveró, cuando los mecanismos internos de la ANFP se cerraron y el torneo ya comenzó.

El juicio civil podrá concederle la razón al empresario español, pero a un costo muy alto para una “industria” muy deteriorada en el último tiempo, dañada por la irresponsabilidad de Pablo Milad y su directiva, de las autoridades de gobierno y las fuerzas policiales, y por la inoperancia de los clubes para controlar a sus barras bravas. Meter la cuña del desorden reglamentario se sumaría a la desprolijidad de los últimos descensos, al descalabro de la Segunda División y al nulo aporte de los abogados y juristas que participan, asesoran o profitan de la organización futbolera.

Podría decirse que Segovia cumple con el deber básico de cualquier presidente: defender sus colores hasta el final, sin escatimar en esfuerzos ni rendirse ante la adversidad; a no ser por un enorme detalle: el empresario no estuvo presente en la tragedia, no lloró en las tribunas, no visitó el vestuario, no gritó de impotencia ni consoló a su hueste. Fue un agente lejano y tibio de una desastrosa caída que se veía venir irremediablemente y donde lo que faltó no fueron ni abogados, ni empresarios ni ejecutivos de marketing. Quizás ni siquiera entrenadores. Lo que la situación pedía a gritos era liderazgo y cercanía, y ese pecado Segovia no podrá pagarlo ni tirando del último hilo que le va quedando.

Estaremos condenados, por ende, en un fútbol que ya es bastante difícil de tragar, a vivir con otra espada sobre la cabeza. Y quizás por cuánto tiempo. Por ese forado podrán entrar todos los que se han sentido perjudicados y, como una fila de cartas, ir cayendo las precarias defensas que le quedan a la ANFP, un organismo que mira todo lo que pasa a su alrededor como una vaca contemplando un tren. Esta semana hasta Forestín los puso en jaque, mientras Milad, nuevamente, se refugiaba en las faldas de la Conmebol.

Si Segovia lo hace por joder, lo ha conseguido. Si lo hace en busca de justicia, se equivoca. Ni él ni nadie podrán, en estos tiempos, rescatar al fútbol del pantano donde vive. Dicho en español castizo, pues ‘Ajo y Agua’, que significa “a joderse y aguantar”. Esto es sin quejarse.

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