En los fríos hechos, la Universidad de Chile ha ganado apenas dos de los nueve puntos que ha disputado. De los siete que perdió, cuatro podrían adjudicarse a cuestionables decisiones arbitrales: les expulsaron a dos jugadores en el debut y el VAR, en las leguleyadas propias del sistema, les anuló un gol de circo frente a Palestino.

Podrían, por ende, poner el grito en el cielo como suelen hacerlo los clubes más populares. Acusar persecución, culpar a Roberto Tobar y esgrimir la frase que tanto gusta por estos tiempos: “Contra todo y contra todos”. Pero llorar no es el estilo de Paqui Meneghini y los dirigentes prefieren el escondite para no dar la cara ante las maromas financieras que los asfixian y el brutal comportamiento del sector más radical de su barra brava.

En la U, de manera audaz e impropia, asumieron una tarea a comienzos de año. Apostando a la ruleta rusa en el plano internacional -con el partido único ante Palestino, en un estadio sin público- y tratando de hacer un guiño generoso con la hinchada fiel, declararon todos que el objetivo era ser campeones. Un anhelo lógico después de una década estéril y acorde con la ampulosa meta de Michael Clark y Sartor al asumir: refundar el club.

Con la mayor inversión del verano, los azules apostaron por un entrenador joven y conocido, por renovar todo el ataque y por aumentar la presencia de símbolos del club, lo que sirvió para etiquetarse como los favoritos en las apuestas. Pero el funcionamiento colectivo ha demorado en llegar, las individualidades no aparecen, cuesta hacer goles -pese al currículum de los atacantes- y el juego no convence. A ratos aburre.

El fantasma de Gustavo Álvarez reaparece, de manera lógica, cuando los hechos demuestran que no se fue porque tenía ofertas en el bolsillo, sino que hastiado de la relación con los dirigentes. Y porque el pragmatismo al contratar a jugadores con pasado albo, no marcó inmediata diferencia en el área.

Para Meneghini y el plantel la tarea será titánica. Primero, porque no cuenta con el apoyo de sus fanáticos. Gran parte de los partidos deberá jugarlos sin público o con aforos fuertemente limitados. No habrá camisetas azules como visitantes ni en el plano internacional, y, gracias al nuevo criterio de nuestros tribunales deportivos, la galería del Nacional tendrá sólo mujeres, niños y tatitas en dos encuentros. Y porque su presidente no tiene el peso ni el valor moral necesarios para hacerse escuchar, si es que quisiera hacerse escuchar, claro.

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