Opinión

Columna | Marcelo Fabián Espina: un jugador cerebral

“Marcelo Espina ha sido de los jugadores más completos que ha pasado por el fútbol nacional”.

Qué duda cabe de que la década de los noventa fue una etapa exitosa para el fútbol chileno, que se inició con la obtención de la Copa Libertadores de Colo Colo en 1991, siguiendo con el subcampeonato en el mismo torneo de la Universidad Católica en 1993, y las semifinales alcanzadas tanto por Universidad de Chile (1996) y Colo Colo (1997) también en este torneo, culminando de este modo la década con la Clasificación a un Mundial por parte de la Roja luego de 16 años en Francia 98.

En muchos aspectos, estos logros y triunfos se relacionaron altamente con la calidad de futbolistas extranjeros que llegaron a potenciar el campeonato nacional por esos años. Entre ellos Marcelo Fabián Espina, seleccionado argentino, quien ocupó la histórica camiseta diez de esta selección inmediatamente después que Diego Maradona la dejara de usar, luego del Mundial de Estados Unidos.

Espina debutó capitaneando la albiceleste a fines de 1994 en el Estadio Nacional comandando un equipo que derrotó 3-0 a la selección chilena, anotando un golazo de fuera del área. Con estos pergaminos, el “Cabezón” llegó a vestir la camiseta alba de Colo Colo, donde no demoró en demostrar su calidad convirtiendo un doblete en el primer clásico de 1995, contra Universidad de Chile, consagrándose como la figura de dicho encuentro.

Como suele ocurrir en estos casos, jugadores de la talla de Espina rápidamente muestran su jerarquía y adaptación al medio. En esto, el 8 de Colo Colo formó el “cuarteto virtuoso” de extranjeros llegados en los años noventa, compuesto por Néstor Gorosito y Alberto Acosta en la UC, y por Leonardo Rodríguez en la U, que vendrían a coronar el exitoso paso de muchos jugadores extranjeros en el país.

A su calidad futbolística, Espina incorporó liderazgo y una inteligencia táctica única, difícil incluso de encontrar hoy en jugadores de las ligas más importantes del mundo. No fue difícil para él colocarse el brazalete de capitán de Colo Colo y transformarse en la voz de mando dentro de la cancha, siendo en ella la prolongación del entrenador del equipo, ordenando, entregando instrucciones, y, gracias a su locuacidad, mantener permanente diálogo con los árbitros, influyendo de cierta forma en el desarrollo de un partido.

Espina ha sido de los jugadores más completos que ha pasado por el fútbol nacional. Determinante en los tres títulos de Colo Colo entre 1996-1998 (el Apertura 97 lo ganó Universidad Católica), y luego el 2002. En él se fusionaron gran parte de las características que por separado reunieron sus compañeros de plantel en el exitoso Colo Colo de la segunda mitad de los noventa. Contó con la dinámica y empuje característico de Marcelo Barticciotto, la precisión en los pases del “Coto” Sierra, el orden táctico del brasileño Emerson, y además una cuota goleadora nada despreciable para ser mediocampista, compitiéndole en goles a la certera dupla de delanteros Basay-Vergara.

Su dinámica en el campo de juego lo convirtió en lo que la jerga futbolera llama un “todoterreno”, lo que es hoy un volante mixto, posición muy apreciada en el fútbol actual, que hace que un jugador tenga la capacidad tanto de pasar al ataque como de replegarse en momentos que el rival urde su ofensiva. Esto Espina lo pareció entender mucho antes del surgimiento de los grandes mediocampistas de la actualidad, derivando de aquí su inteligencia y condición de jugador cerebral, el cual leía los partidos y comprendía el juego mucho antes de que ocurrieran ciertos movimientos en la cancha.

Marcelo Espina intenta quitarle el balón a Diego Maradona en el partido entre Colo Colo y Boca Juniors en Supercopa 1997.

Además, su olfato goleador, confirmado con sus 11 goles (máximo artillero) en el Clausura argentino de 1994 con la camiseta de Platense, donde es también un ídolo, lo hizo un jugador de alto valor, marcando igualmente 14 tantos en su primera temporada en Colo Colo.

Engrandeció su leyenda en el club albo su vuelta en el 2001, luego de un periplo por la liga española, defendiendo al Racing de Santander, época de crisis y graves problemas económicos para Colo Colo que lo llevaron a la quiebra. En este adverso contexto Espina lideró un equipo de jóvenes jugadores que alcanzaron la estrella número 22 para el club, demostrando intactas sus cualidades futbolísticas y alcanzando un lugar entre los ídolos del club. De la gran tradición de volantes colocolinos, iniciada por Enrique “Cua Cuá” Hormazábal, y seguida por “Chamaco” Valdés, Severino Vasconcelos, Jaime Pizarro, Marcelo Barticciotto, José Luis Sierra, Matías Fernández y Jorge Valdivia, se agrega el nombre de Marcelo Fabián Espina, un jugador cerebral, superdotado táctica y técnicamente.

Por Felipe Delgado

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