Leandro Fernández se fue de la Universidad de Chile, dijo que no se lo esperaba, que ya había inscrito a los niños en el colegio y que Paqui Meneghini se había demorado diez segundos en comunicarle la decisión.
Yo soy un fiel defensor de la política de los diez segundos. Si hay algo para decir -ya sea bueno o malo- no debería tomar más tiempo en ser despachado. En este tipo de materias, y en casi todas en realidad, no debería haber espacios para “dorar la píldora”, “emborrachar la perdiz”, “hacer libro”. Simple y al grano, aunque con educación y caballerosidad.
Hacerlo rápido es distinto a hacerlo cruel. Toma tus cosas y lárgate, por ejemplo, vale sólo para casos extremos, que no fue el de Leandro, por cierto. Su adiós se inscribe en la categoría “decisión técnica”, donde quien la asume sabe que si se equivoca se lo van -se lo vamos- a cobrar. Así como no hubo pie para grandes explicaciones, no las habrá para las evaluaciones. Si los que llegan no estuvieran a la altura, la figura de Lea irá agrandándose en el tiempo.
En lo personal, lo entiendo. Fernández era impulsivo, individualista, encarador, terco, egoísta. Así ganó partidos y así estuvo a un tris de convertirse en el mejor jugador del torneo 2024, título que le arrebató Arturo Vidal. Tuvo un año irregular como casi todos los delanteros de la Universidad de Chile, incluido Lucas Assadi, quien resplandeció al final. Si se concretan los rumores, los azules tendrían hasta tres variantes como centrodelantero, además de los atacantes que los rodearían, lo que hacía innecesaria la presencia de Fernández, por más distinto que fuera su estilo.
Como todo jugador que se gana el cariño de la gente, la medida es resistida, pero el fútbol es cruel y bien lo sabe Paqui Meneghini, porque las medidas duras deben tomarse de entrada y sin vacilar. El nuevo entrenador azul viene de la cultura de Marcelo Bielsa y Jorge Sampaoli, de Sebastián Becaccece y de relaciones con agentes y empresarios que no han sido de sumisión ni de lealtades extremas. Tiene la relación con los jugadores adquiridas de quienes no tuvieron camarín como futbolistas (el paso de Bielsa por las canchas fue breve y discreto) y, por lo mismo, la autoridad es lo que se impone, sobre todo cuando tienes la misma edad que los referentes de tu plantel.
Leandro entenderá que el fútbol es así, que tendrá nuevas experiencias y que la promesa de “volveré al CDA” es más un acto de voluntad que una promesa escrita en piedra. Para la U las obligaciones de este año son dos, y muy claras: sobrevivir al escandaloso momento financiero de su apernado presidente -Michael Clark- y ser campeón del torneo local, algo de lo que no pudo escapar Gustavo Álvarez.
También lo sabe Paqui, que sale a competir con esa presión y, en lo posible, complementándola con la Copa Sudamericana. Si no acierta de inmediato, lo que sucederá está más que claro. Se lo puedo decir en menos de diez segundos.