Dice Miguel Ramírez que es verdad que abandonó a la Unión Española en un momento inoportuno, pero que sentía que el plantel ya lo había abandonado a él hacía varias fechas. Asegura que vio goles extraños, situaciones raras, actuaciones sospechosas, lo que en el lenguaje del fútbol sólo significa una cosa: le hicieron la cama. Como también le pasó a Cheito en Iquique la temporada pasada, con los mismos ingredientes, solo cabe pensar que le hicieron la cama no una, sino dos veces.
Pablo Aránguiz, uno de los que más batalló y luchó dentro de la cancha para que Unión Española no descendiera le gritó, en redes sociales, “SÁLVATE SOLO, CHEITO”, pero fue un grito en el silencio, porque ninguno de los otros acusados vino a respaldarlo. Un poco reflejo de lo que pasó en la cancha.
Yo creo que hay oportunidades en que los planteles se rebelan contra el técnico. Le acaba de pasar a Xabi Alonso en el Real Madrid. Le pasó a Mario Salas en Colo Colo, cuando al comandante se le enredó la libreta frente a un camarín mañoso. Los cruzados botaron a Ariel Holan en su segunda pasada a tiempo para arremeter con Cristian Paolucci hacia el título. Después repitieron la maniobra y de ahí en adelante nada puede decirse porque el declive fue notorio. Tiago Nunes se hizo la cama solo cuando esgrimió la teoría de la persecución xenofóbica, que se acabó por arte de magia cuando llegó Daniel Garnero, aparentemente porque sólo valía para los brasileños y no para todos los extranjeros.
Camas hay. Grandes, discretas, ostentosas, sibilinas, hipócritas. Pero si la Unión Española está en el Ascenso no creo, honestamente, que sea por maniobras oscuras contra el entrenador. Los errores tácticos fueron varios y ostensibles; las decisiones desde el banco cuestionables; los golpes de autoridad evidentes e inoportunos y hubo un puñado de partidos donde la brújula pareció más perdida en el banco que en la cancha. Pablo Aránguiz, por ejemplo, erró en una barrera, perdió alguna pelota desafortunada, pero siempre pareció querer torcer la suerte de su equipo.
Los pecados de la Unión fueron dos, y muy grandes. El primero se llama José Luis Sierra, un símbolo del club y del fútbol chileno. Fue campeón tanto en el campo como en la banca; sin embargo, al inicio del torneo mostró una notable falta de motivación, lo que se reflejó en uno de los desempeños más discretos registrados por el equipo hispano. La segunda fue la llegada de Ramírez, sin haber sanado las heridas de Iquique y con un equipo que, más que golpes de autoridad o audacia táctica, requería serenidad y calma.
El plantel de Unión, igual que el de Iquique, estaba armado para competir internacionalmente. No era ni el más débil ni el más barato. Y con una mano certera pudo rendir más. Lo suficiente para salvarse. Si Ramírez acusa abandono de su hueste, sería conveniente revisar el procedimiento, pues es un técnico interesante en el medio local. Pero a quien se le ha estirado, demasiado, la fase de aprendizaje. Incluido, por cierto, este episodio.