
Cuando empieza un nuevo año, muchos buscan un ciclo distinto: cambiar energías, rutinas y conductas para obtener resultados diferentes. Buscamos desafíos que modifiquen lo que nos tiene insatisfechos.
El 2026 podría ser un punto de partida para la Selección Chilena: el año para comenzar otro ciclo y confirmar la llegada de un nuevo liderazgo en la Adulta.
En el calendario hay un Mundial de 48 selecciones al que, increíblemente, ni siquiera nos acercamos. Otra cita global que, por tercera oportunidad consecutiva, veremos por televisión.
Después de cerrar las Clasificatorias últimos, con apenas 11 puntos y sin pelear por un cupo en la Copa del Mundo, es determinante hacer un diagnóstico profundo, pero sobre todo accionar frente a la crisis. De nada sirve quedarse solamente en el análisis.
Las señales iniciales, sin embargo, no van en esa dirección. Todo indica que 2026 será la continuación de 2025. Chile actúa como si fuese una Selección clasificada: sin premura ni urgencia por cambiar el rumbo.
Es verdad que, desde lo competitivo, el 2026 es poco exigente ya que no hay torneos oficiales para la Roja. La próxima Copa América se ve lejana y aún no existe claridad sobre el próximo formato de Clasificatorias de cara al 2030.
Pero eso no debe confundir: el tiempo no abunda aunque las competencias parezcan lejanas. Hay que acortar la distancia con rivales que año a año nos aventajan en rendimiento.
La llegada de un nuevo entrenador para el proyecto de la Roja es urgente. No se trata de adoptar decisiones precipitadas, pero desde la salida de Ricardo Gareca han pasado casi siete meses; tiempo prudente para digerir y accionar.
Hoy parecen abiertas tres opciones. La primera: esperar a Manuel Pellegrini hasta que termine su contrato en el Betis en 2027. Solo tendría sentido si hay certezas de su arribo; esperar por alguien que no vendrá sería un error grave. Obviamente, Pellegrini elevaría el profesionalismo, subiría los estándares y generaría mucho entusiasmo, pero la espera infructuosa solo agravaría la crisis.
La segunda opción es traer un entrenador más “terrenal”, capaz de corregir el rumbo. Si esa es la vía, ya se perdieron seis meses valiosos. Cada día sin adoptar una decisión perjudica a todas las selecciones; en medio año, un técnico puede implementar microciclos, visitar jugadores en el exterior para explicar su metodología y disputar amistosos con jugadores locales.
La tercera opción, la que hoy parece más probable, es ratificar a Nicolás Córdova como técnico de la Adulta basándose en sensaciones de amistosos recientes. Eso profundizaría la confusión entre estructuras: la Adulta, la Sub 20 y la Sub 17 han chocado proyectos. En mi mirada, sería incompatible que Córdova sea a la vez seleccionador adulto y jefe técnico de las menores sin pagar un costo en cuanto al foco y el orden.
De hecho, los principales brotes verdes del trabajo del actual jefe técnico de las Selecciones se deberían ver reflejados en las categorías menores que podrían truncar el proceso que el propio Córdova viene desarrollando.
El tiempo borra perspectiva, pero también marca urgencia. Hay que recordar todos los días que fuimos últimos en las Clasificatorias, lo que exige actuar con premura. Cada día sin claridad en la banca de la Roja, agranda la brecha con los demás. Por ahora, el 2026 no se presenta como un año que invite al optimismo; el reloj corre ante una cuenta regresiva que exige decisiones.







