Entendiendo la complejidad de su momento económico, Colo Colo está liquidando los muebles. Por necesidad imperiosa hizo una venta de garaje rematando a Lucas Cepeda y a Vicente Pizarro, sus dos activos más cotizados. Además, se desprendió de Alan Saldivia y del portero Brayan Cortés.

Nada nuevo, por supuesto. Después del desastroso año del Centenario, de quedarse sin competencias internacionales y de tener todavía el plantel más caro de todos los tiempos, para los albos el ejercicio de este año parece copiado de José Antonio Kast (“un gobierno de emergencia”) o de Javier Milei (“no hay plata!!!”). La situación es tan evidente que el rostro de Fernando Ortiz en el banco refleja las carencias de un plantel que sigue siendo poderoso, pero que carga sobre sus hombros la crisis institucional con inevitable resignación. Si hasta las declaraciones de Arturo Vidal han bajado de tono.

Lo que es nuevo es la intención de Aníbal Mosa de quedarse con el control total de Blanco y Negro. Aclaremos una cuestión previa: es muy difícil hoy distinguir el bien del mal en las sociedades anónimas deportivas. Después de la sorpresiva venta de acciones de la familia Shapira en Azul Azul, en un movimiento tan oscuro, inexplicable y sospechoso como todo lo que ha pasado en ese club en los últimos años, es difícil leer las movidas financieras que gatillan las instituciones grandes.

Lo primero, en Colo Colo, es que Mosa traiciona y abandona a sus socios del reciente período, el Club Social y Deportivo, que pierde toda su poder y capacidad negociadora si un accionista queda en poder total de la institución. Es probable que finalmente Leonidas Vial se cansara de tanto descrédito y basureo y esté dispuesto a vender, a muy buen precio, su participación en el club, que, a ser honestos, nunca le interesó tanto.

Si Mosa adquiere las acciones que pretende con su OPA, su desafío será titánico: las dos peores administraciones terminaron con el club peleando el descenso y con el Centenario más aguado de que se tenga memoria. Con la barra brava incontrolable -otra vez hicieron escándalo en Montevideo- y con una sanción que, a diferencia de la U, no disminuirá esta temporada.

La virtud del empresario de origen sirio es que es un hincha, que le gusta la figuración y que, hasta donde sabemos, se da gustos con su propio dinero, lo que nadie en Azul Azul podría decir sin ponerse colorado. Por ende, de acuerdo a la ley y a su voluntad, quiere terminar con las rencillas directivas de una manera radical y fácil: comprando a un socio con el cual estuvo en constante pugna, pero que entiende que en los negocios no hay rencores cuando el beneficio es mutuo. Leonidas, por lo demás, no derramará ni una lágrima cuando se aleje.

En esta semana de contrastes, mientras se desprende de lo que puede y al precio que sea, Colo Colo vive un millonario intercambio en su cúpula. Al hincha que anhela por buenas noticias, un equipo que juegue medianamente bien o un ídolo que merezca llevar la jineta, estas cosas le importan más de lo que se cree. Y tiene poco de donde aferrarse.

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