
Es consenso que este mercado es el más pobre en muchos años. El cálculo de clubes y representantes gira en torno a una retracción del 15% al 20% dependiendo del club, pero más allá de las cifras precisas, se ha observado una caída profunda tanto en los montos como en la calidad de los jugadores. El contrato de un jugador de 36 años ya no es visto como una excentricidad o el premio a una trayectoria, sino que se transformó en algo perfectamente normal, propio del nivel del torneo.
El fútbol chileno ha entrado en una etapa de disolución la que, algunos creen, puede frenarse o al menos atenuarse con la nueva ley de Sociedades Anónimas Deportivas. El tema de la propiedad de los clubes se ha transformado en la matriz de todo el resto de las estructuras. En el proceso de la misma disolución, que los clubes se conviertan en meras plataformas para la venta, es efecto inevitable, acaso buscado.
Es sabido que los representantes son dueños de un número cada vez mayor de instituciones, de manera pública o camuflada, y a las finales tampoco se han detenido en las formas: si compran con palos blancos no pasa nada, y si lo hacen desembozadamente, tampoco. Puede llegar un saltimbanqui, como el brasileño Regis Marquis, y decir que va a comprarle La Serena a Fernando Felicevich en una entrevista radial y nadie se extraña. Al día siguiente desaparece para siempre porque su propia bocota frustró el negocio y sólo queda como un sainete más de nuestro balompié.
Esta semana tuvimos un buen ejemplo del proceso inescrupuloso de disolución. Lucas Cepeda, manejado por Fernando Felicevich, hace mucho tiempo que quiere ser vendido a Europa. Fueron decenas los rumores que lo ubicaban en distintos equipos de Italia y España en cifras superiores a los cinco millones de euros. El pase prometido no se hacía nunca y el zurdo comenzó a frustrarse. No había ofertas reales. Cuando parecía que estaría otro año más en Colo Colo, Elche se lo llevó por una cifra infinitamente menor a todas las anunciadas. No fue gran negocio para Aníbal Mosa y el club. La particularidad es que el Elche pertenece a Christian Bragarnik. Fue una mano que le dio Bragarnik a Felicevich para sacar Cepeda de Colo Colo de cualquier manera. Si juega o no en España está por verse, lo importante era llevárselo.
Coincidente con lo anterior, Racing Club, donde gran parte del plantel también es manejado por Bragarnik, le salva otra vez los muebles a Felicevich recibiendo a Damián Pizarro cuando no tenía donde jugar. Gratis eso sí. Un peloteo obsceno donde el fútbol no tiene nada que ver, es simple y llano trasvase de activos.
Que Christian Bragarnik sea dueño de OHiggins y Fernando Felicevich de La Serena y tal vez de Audax (esto lo han escondido mejor), no son simples datos. Es la demostración tangible de lo expresado en el primer párrafo: la disolución del fútbol chileno. Transformar a los clubes en meros sostenedores de nombres e intercambiar jugadores sin freno y sin importar quién va primero y quién último en la tabla. Porque, aparte de la propiedad, está el peso que tienen en la conformación de la mayoría de los planteles y la intervención en las divisiones cadetes. Una disolución que paulatinamente se va transformando en extinción. Ya saben quiénes desaparecerán cuando este esquema no dé para más. Exacto. Esos que no conocen las ciudades y ni siquiera residen en el país donde juegan los equipos de los que son propietarios.







