Los deportistas que dan positivo por doping se dividen entre los tramposos, los ignorantes y los que juegan al límite con las reglas. La categoría en la que cabe Natalia Duco, la futura ministra del Deporte, solo ella lo sabe. Ha explicado públicamente que su dopaje en 2018, cuando tenía 19 años, fue por haber empleado una sustancia que le proporcionó una persona de mucha confianza, pero nunca ha precisado si fue voluntario. Cometió un acto de imprudencia, a lo menos. Una conducta donde, nadie puede discutirlo, fue la más perjudicada.

Como suele suceder en este tipo de casos, era esperable, y hasta lógico, que el doping positivo fuera cargado en su contra, bajo el argumento que con esos antecedentes no da el ancho ético para asumir un rol de enorme responsabilidad, como es el de comandar un ministerio y representar al deporte de Chile. Claro está que fuera de las dudas razonables de la causalidad y de las consideraciones de integridad moral que rodean esta falta, hay acompañadas en los cuestionamientos diferencias irreconciliables de opinión o rencillas personales entre los críticos del nombramiento y la propia Duco, algo tan viejo como el hilo negro y muy, demasiado, frecuente en el ambiente del deporte chileno. Algunos afilan los dientes por un asunto de principios, otros por pura envidia. Nada nuevo bajo nuestro sol.

Pero hasta ahora no se formula la pregunta más importante, que poco y nada tiene que ver con su calificado historial deportivo o su comentado dopaje: ¿cuáles son las competencias de Natalia Duco para gestionar políticas públicas?

Desde hace tiempo, ya sabemos -y también lo sufrimos-, quienes definen los cargos políticos para el deporte chileno han preferido a ex deportistas y/o personajes públicos para ubicarlos en funciones de poder, atendiendo a que sus figuras brillen por sí mismas y escondan la falta de recursos o la escasez de medidas que materialicen el cumplimiento de las promesas de campaña. El caso de la intrascendente exfutbolista Alexandra Benado, que duró un año en la cartera, es el más representativo de este tipo de elección.

A Jaime Pizarro, con muchísima más experiencia que su antecesora en estos cargos, apenas lo salva de un balance regular la realización de torneos internacionales en recintos chilenos, algunos de los cuales ni siquiera se decidieron bajo su gestión. Que haya aparecido mencionado como uno de los ministros mejor evaluados en las encuestas, solo ratifica la tesis de que lo que importa es el conocimiento previo. Si se profundiza en el avance que tuvo su paso en el crecimiento del deporte chileno en los últimos tres años, insisto, encontraremos metros cuadrados construidos y presupuestos ejecutados, pero muy poca visión de futuro.

El nombramiento de Duco es inquietante en el plano de su real competencia para dirigir una actividad que tiene una multiplicidad de factores y necesidades crecientes en el ámbito de la práctica masiva y, en especial, de la conexión con las políticas que se superponen con los intereses de dos carteras relacionadas que siempre han impuesto sus términos: Educación y Salud. A la exlanzadora de la bala nadie la puede criticar por su conocimiento del alto rendimiento atlético, pero en un país como Chile, el Ministerio del Deporte no puede orientar su mayor esfuerzo a un grupo minoritario, por mucho que el periodismo especializado sea de lo único que se preocupa cuando tiene que ‘fiscalizar’ al ministro.

Los deportistas rentados siempre han defendido la particularidad de su profesión para respaldar la integración de uno de ellos en las cúpulas directivas. Les ha sido funcional que los Presidentes democráticamente elegidos, a los que nunca les ha sido prioritario el deporte, no gasten en sus respectivos gobiernos a las mejores cartas para disponer de un real gestor político y técnico en el cargo de ministro. Es cierto también que no ha aparecido un líder que no provenga del mundo deportivo capaz de ocuparse de lo que realmente importa: la base de miles de deportistas en potencia que subyace en los ciclos de la educación parvularia, básica y media, y que se ‘pierde’ porque no encuentra estímulos, recursos y soportes para transformarse en cultores por el resto de su vida, primero, y luego saltar, los verdaderamente talentosos y capacitados, a la órbita de la competencia de alto rendimiento.

¿Asoma en Duco la impronta de una ministra que afronte este desafío superior de cambiar los paradigmas? A priori y por currículum, claramente no. Que se le considerara por una referencia del alcalde de Huechuraba, Maximiliano Luksic, porque hizo, según él, un buen trabajo de asesoría en la comuna, no es garantía de nada. ¿Le importa al Presidente electo? En su autodenominado ‘gobierno de emergencia’, la palabra deporte no existe. Discutir entonces por el doping de hace casi ocho años de la futura ministra parece secundario, quedando pendientes tantos otros problemas estructurales con un ministerio que, pese al tiempo, aún no se consolida más allá de su nombre.

El punto es que Duco, a diferencia de varios antecesores, parte en desventaja por lo menos en el aspecto de legitimación. Tal vez ese hándicap le represente un poderoso incentivo para acallar con logros a quienes aseguran que su pasado la condena.

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