El dato es contundente. Hasta el 30 de junio se registraban más de cuatro millones 600 mil espectadores en la Copa del Mundo, que se disputa en Estados Unidos, México y Canadá. Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, se ufana de las multitudes que llegan a cada estadio, con sus puestos de venta de comida atiborrados, a precios desmesurados, pero que la gente paga porque dispone del poder adquisitivo suficiente.

Lo anterior sirve como antecedente para lo que se escuchó en Miami, al especularse que la próxima edición de la Copa América, de 2028, será en Estados Unidos. Más de algún dirigente sostiene que en el escenario actual, el retorno del más antiguo torneo de selecciones a Sudamérica es imposible. Y para siempre.

La venta de entradas, a partir de las comunidades latinas que viven en Estados Unidos, capaces de pagar fortunas por un billete, garantizan un negocio impensado para las federaciones locales y la Conmebol. Sumar a México, Canadá y Estados Unidos, más otro grupo de países de la Concacaf es casi irresistible para los regentes del fútbol continental.

En la anterior edición de la Copa América, de 2024, concurrieron 1.688.026 hinchas, con casi 49 mil personas de promedio para los 32 cotejos. Números incontrarrestables para el grueso de los países de la Conmebol.

El presidente de la FIFA ha disfrutado in situ gran parte del Mundial 2026. Foto: EFE.
Gianni Infantino. El presidente de la FIFA ha disfrutado in situ gran parte del Mundial 2026. Foto: EFE.

De concretarse, una pésima noticia. La Copa América, los otrora campeonatos sudamericanos, fueron repuestos a partir de 1975 en un formato de ida y vuelta, con la rotación de sedes desde 1987. Los integrantes de la Conmebol recibían a la fiesta del fútbol sudamericano. Lo hacían de acuerdo con su realidad, muchas veces precaria, pero era lo que nos tocaba. Todos los aceptábamos, porque lo entendíamos como propio y cercano. No nos quejábamos.

Los tiempos cambiaron. Hoy se generan millones de dólares por derechos de televisión, con anunciantes que no regatean a la hora de pagar por estar presentes en los logos oficiales, con estadios cuyos aforos parten en los 60 mil espectadores. Una competencia que certifica a Brasil y Argentina, más el fervor de Colombia y México, sumando al resto de los participantes, con poblaciones menores, es casi irrenunciable, de acuerdo con los parámetros que hoy conocemos.

Si alguien cree que esto afectará la pasión, el seguimiento, el acercamiento de los hinchas a un trofeo que nació en 1916, se equivoca. De todos los países viajarán multitudes. Las camisetas, el vínculo, pesan tanto, que el negocio está asegurado. Salvo que alguien esté dispuesto a recobrar esa mezcla de dignidad y orgullo que distinguió al futbol sudamericano.

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