A los diecisiete años, Diego Céspedes hizo las maletas en Puente Alto y se fue al norte. No volvió más. Lo esperaba El Salvador, el campamento minero donde Cobresal ejerce de local y donde el volante pasaría los siguientes once años de su vida.

Una ciudad pequeña, tranquila, sin muchas distracciones. El lugar perfecto, dicen los que la conocen, para que un jugador joven se enfoque en lo único que importa: jugar al fútbol.

Los secretos de El Salvador

El salto no fue fácil. Céspedes llegó siendo juvenil, lejos de su familia y sin saber muy bien qué esperar. “Al principio fue un poco complicado, porque uno siempre fue regalón en la casa e irse lejos de un día a otro, no te voy a mentir que fue todo color de rosa”, reconoció el jugador en conversación con En Cancha.

Pero había algo más fuerte que la distancia con su familia. “En los momentos en los que dudé, en los que eché de menos, siempre pensaba en las ganas de ser futbolista profesional, de cumplir el sueño que uno tenía, eso siempre fue más fuerte”, explicó.

Con el tiempo, El Salvador dejó de ser un sacrificio y se convirtió en un hogar. “Uno termina por adaptarse y enfocarse en lo que realmente importa, que es el fútbol”, contó Céspedes.

La vida cotidiana tenía su propia lógica. “Los juveniles vivíamos todos en la misma calle, nos encontrábamos todos los días y matábamos el tiempo como podíamos”, aseguró.

“Jugábamos play, o salíamos a la calle y armábamos una pichanga en el pasaje apostando las colaciones que nos daban. Hasta jugábamos a la escondida. Fuimos unos niños tratando de cumplir un sueño”, recordó con una sonrisa en la voz.

Hoy destaca en Ñublense. Foto: Ñublense.
Diego Céspedes Hoy destaca en Ñublense. Foto: Ñublense.

La ruta para consolidarse

El camino hacia el primer equipo tampoco fue sencillo. Antes de consolidarse en Cobresal, Gustavo Huerta le recomendó salir a buscar minutos y se fue cedido a Deportes Colchagua, en la Segunda División Profesional.

“Me dijo que iba a ser el quinto central y que si tenía la posibilidad de salir a buscar minutos, que él creía que me iba a hacer bien”, contó Céspedes.

La experiencia con el profe Francisco Arrué y Felipe Núñez fue, en sus propias palabras, “totalmente enriquecedora”. Cuando volvió a Cobresal, ya tenía otra jerarquía. “De ahí pude empezar a jugar con mayor frecuencia”, señaló.

De menos a más, como siempre. El año pasado jugó 28 de los 30 partidos del Campeonato. “Pude lograr lo que siempre soñé: cumplir un campeonato jugando de titular, esa siempre fue la meta que me puse”, afirmó.

Pero al término de su contrato, el club tomó otro rumbo. “Hablando con los dirigentes siempre se toman las mejores decisiones. Me dijeron que en el momento en que terminé el contrato, ellos buscaban otra alternativa y decidieron por otro jugador”, explicó sin dramatismo.

Así llegó a Ñublense. Con 27 años, once temporadas en el norte y un bagaje que ahora exhibe en Chillán. La semana pasada, demostró que esos años en El Salvador dejaron algo más que buenos recuerdos con un golazo ante la U.

Siempre voy paso a paso. Tampoco por un gol en los minutos finales soy el mejor del mundo, ni cuando uno comete un error es el peor. Las metas y los sueños se van dando por consecuencia de algo que uno hace bien”, cerró Céspedes.

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