Las crisis políticas suelen llegar de improviso, por cuestiones impensadas. Lo sabe el Presidente José Antonio Kast. Su gobierno quedó atrapado hace más de una semana por una controversia donde las razones técnicas se enfrentaron con el deseo de los fans del grupo de K-Pop coreano BTS de ver a sus ídolos en el Estadio Nacional.

Un grupo importante de parlamentarios, de todos los sectores, encontró campo fértil para sumarse a lo que marca el aplausómetro: apoyar esos adolescentes y sus familias, que pensaban ver a sus amados cantantes surcoreanos en el coliseo de Ñuñoa. Como ocurre casi siempre, con escasas excepciones, no preguntaron, no investigaron y, menos, reflexionaron. Encontraron un espacio preciso para la cuña populista y congraciarse con un electorado que aspira a encontrar respuestas en cosas simples, pero que les interesa.

Lo primero es que el espectáculo es muy caro. Todos los eventos que aterrizan en nuestro país lo son. La gente invirtió y lo más probable es que hasta se endeudó. El público no tenía por qué saber si la productora disponía de las autorizaciones. Con la bola de nieve sin control, de nada valieron las explicaciones de la ministra del Deporte, Natalia Duco, que en definitiva queda en pésimo pie al autorizarse el recital y sacar del Nacional a Universidad de Chile.

La secretaria de Estado había resumido que la instalación y realización del show de BTS dañaba gravemente la cancha híbrida del Estadio Nacional, con tiempos excesivos de permanencia en el campo de Ñuñoa. Todos sabemos que tiene razón, pero a esta altura da lo mismo.

Como sucede hace mucho tiempo, este tipo de situaciones pedestres afecta la popularidad de los mandatarios. El gobierno lo sabe y con seguridad sentencie a Duco en el próximo cambio de gabinete.

Lo descrito pone en el tapete un tema de fondo y clave: Santiago necesita con urgencia un recinto multiuso, digno de este siglo, con capacidad para al menos 70 mil personas sentadas, que permita el desarrollo de actividades deportivas y culturales todo el año. Las tecnologías admiten que opere sin complicaciones. Se sumaría al Estadio Nacional, en una ciudad que recibe cada día innumerables shows y hoy solo cuenta con el casi centenario parque ubicado en Ñuñoa y el Movistar Arena.

Natalia Ducó. Foto: Aton.

La industria de los espectáculos genera una actividad económica generosa. En la zona norte de Santiago existen terrenos disponibles, tal como lo manifestó el alcalde Lampa, Jonathan Opazo, cuando resurgió la iniciativa de un estadio para Universidad de Chile. Tal como lo hemos visto en el Mundial de Estados Unidos, estos sitios se ubican en la periferia de las urbes. En Lampa la conectividad actual y futura garantiza el acceso fluido de las personas.

Si la administración Kast aspira a quedar en la historia, tal como ocurrió con Arturo Alessandri Palma 1938, un Nacional 2.0 es una posibilidad que cualquier estratega con un mínimo de visión política evaluaría. Se movería todo, a partir de su diseño, construcción y uso permanente y fuente de trabajo. Los símbolos son clave en la comunicación. Las épicas también. Un nuevo estadio para Santiago sería un impulso para el gobierno de Kast.

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