
El exarquero de Universidad Católica, Colo-Colo y la Selección Chilena, Alex Varas, conversa con En Cancha Prime sobre su nueva vida ligada al coaching deportivo y el acompañamiento emocional, un ámbito que considera clave para el desarrollo del futbolista chileno.
En esta extensa entrevista, aborda la falta de educación emocional en el país, el impacto psicológico en las carreras deportivas y cómo la Generación Dorada logró sostenerse en la élite gracias a una mentalidad distinta.
Además, repasa su historia en el fútbol: sus primeros pasos en Universidad de Chile, la formación que recibió en Católica, su experiencia en Colo-Colo junto a Claudio Bravo y las razones que lo llevaron a descartar la carrera de entrenador. “En Chile todavía somos bastante analfabetos emocionales”, asegura.
“En Chile todavía somos bastante analfabetos emocionales”
- Hoy está enfocado en el coaching deportivo y el acompañamiento emocional. ¿Cómo nació esa faceta y qué lo llevó a tomar ese camino después del fútbol?
Hace muchos años también tengo una empresa de asesoría deportiva y, a partir de eso, me fui dando cuenta de las necesidades que existen dentro del ambiente del fútbol. Además, como exjugador, entendía perfectamente todo lo que muchas veces nos pasa emocionalmente, algo que también sigue ocurriendo con futbolistas y entrenadores hoy.
Desde ahí comencé a especializarme como coach deportivo y ontológico, enfocado principalmente en el reconocimiento y la gestión de emociones. Actualmente estoy desarrollando ese trabajo, tratando de fomentarlo tanto en el deporte como en otras áreas de la vida.

- ¿Cuándo se dio cuenta de que el aspecto emocional era tan determinante en la carrera de un futbolista?
Principalmente desde mi propia experiencia. Yo viví muchas situaciones como jugador y estoy convencido de que mi carrera pudo haber sido distinta si hubiese tenido herramientas para manejar mejor mis emociones, entender lo que me estaba pasando y aprender a trabajar pensamientos positivos, dejando de lado los negativos.
Hoy lo veo constantemente, incluso en mis propios hijos. En Chile todavía somos bastante analfabetos emocionales. En los colegios prácticamente no existe educación emocional y muchas veces los padres tampoco contamos con herramientas para validar lo que sienten nuestros hijos. Lo mismo ocurre con varios entrenadores.
- Usted menciona que esto se arrastra desde la formación. ¿Siente que el fútbol joven en Chile sigue muy al debe en ese aspecto?
Sí, totalmente. Y no solamente el fútbol, sino también la sociedad en general. En otros países esto ya está incorporado hace tiempo. Muchos cuerpos técnicos cuentan con coaches o especialistas emocionales dentro de sus staffs. Ahí fue donde me di cuenta de que este ámbito me gustaba mucho y que podía aportar acompañando a jugadores y personas desde otro lugar.
- En ese sentido, ¿cree que esta falta de herramientas emocionales influye en que muchos futbolistas chilenos no logren consolidarse en el extranjero o regresen rápido al país?
Puede influir, aunque cada caso es distinto y cada jugador tiene su propia historia. Pero sí creo que existe la necesidad de formar futbolistas más íntegros. Mientras más herramientas tenga un jugador, mejor será su desarrollo, su adaptación y la manera en que enfrenta distintas situaciones. Para mí, la gestión emocional es una herramienta fundamental dentro del fútbol.
- Porque muchas veces el jugador chileno tiene condiciones futbolísticas, pero le cuesta sostenerse…
Claro. El talento por sí solo no alcanza. Después aparecen factores como la adaptación, la frustración, la presión, la competencia o incluso la soledad cuando estás lejos de tu entorno. Todo eso influye muchísimo. Por eso creo que el desarrollo integral del futbolista es clave.
“La Generación Dorada tenía una mirada distinta de la vida”
- ¿Ve hoy jugadores chilenos que destaquen por esa fortaleza emocional? ¿Quizás algunos con los que compartió camarín?
Es difícil hacer una evaluación general porque no conozco a todos los jugadores actuales. Pero sí creo que muchos integrantes de la Generación Dorada tenían una mirada distinta de la vida.
Algunos se sostuvieron desde sus ganas de triunfar, otros desde los desafíos deportivos y personales, pero lograron mantenerse durante años en la élite, atravesando momentos buenos y malos. Seguramente también tuvieron acompañamiento en ese proceso.
- ¿En su época ese acompañamiento prácticamente no existía?
Muy poco. En esos años recién comenzaba a irrumpir la psicología deportiva y había muchísimos prejuicios. Se asociaba ir al psicólogo con estar loco y muchos no nos atrevíamos a contar nuestras cosas por miedo a que esa información llegara al entrenador.
Hoy veo las terapias psicológicas como algo tremendamente positivo. Creo que todos deberíamos hacer terapia, porque todos tenemos conflictos internos y cosas que trabajar.
Afortunadamente, hoy estos temas están mucho más aceptados. Los altos índices de enfermedades mentales que existen en el país también reflejan esa necesidad. Mientras más herramientas tengamos y más acompañados estemos, mejor. El coaching es una herramienta más dentro de todo eso.
“Ser entrenador es una profesión muy injusta y estresante”
- Usted también estuvo ligado a la asesoría y representación de futbolistas. ¿Cómo fue esa transición desde el retiro hacia ese rol y luego hacia el coaching?
Yo lo llamaría más una asesoría deportiva integral. Mi motivación siempre fue preguntarme desde qué lugar podía aportar un grano de arena para mejorar ciertas cosas dentro del fútbol. Decidí no ser entrenador y empecé a cuestionarme desde dónde podía ayudar realmente al crecimiento de los jugadores. Y al final siento que todo ese camino iba encaminado hacia lo que hago hoy.
- ¿Por qué decidió no convertirse en técnico?
Porque, aunque me encanta el fútbol y me atrae el rol del entrenador, me parece una profesión muy injusta y extremadamente estresante. Los técnicos dependen muchísimo de terceros, especialmente de los jugadores, y viven en una montaña rusa emocional constante. Cuando las cosas no salen, el desgaste es muy fuerte. Miré ese escenario y sentí que probablemente no sería capaz de convivir con ese nivel de presión.
- ¿Considera que para el entrenador chileno es todavía más difícil abrirse camino?
No necesariamente. Creo que tiene más relación con las capacidades, la preparación y la vocación de cada uno. Cuando un técnico chileno se prepara, tiene liderazgo y logra que los jugadores crean en él, puede triunfar en cualquier mercado.
Eso sí, ser entrenador requiere muchísimo más que saber de táctica o plantear un esquema. Se necesita liderazgo, manejo de grupo y muchas otras habilidades para convertirse en un gran entrenador.
Sus primeros pasos por la U y su ida a Católica
- Ya pasando a su etapa como arquero y futbolista, usted dio sus primeros pasos en Universidad de Chile. ¿Cómo recuerda ese período por la U?
- Yo partí en las escuelas de fútbol de la U porque mi padre era hincha del club y había jugado en las divisiones menores. Él me llevó a probarme y, como era grandote, me adelantaron un poco el proceso. Alcancé a jugar en la tercera infantil de la U.
Justo vino el descenso de Universidad de Chile en 1988 y, en paralelo, Universidad Católica estaba buscando jugadores. Mi mamá me llevó a probarme y ahí fue Fernando Carvallo quien me dejó en el club. Así llegué a Católica en 1989.
- Entonces, ¿la crisis que vivía la U tras el descenso fue el detonante para irse del club?
Claro, exactamente. La U venía de una debacle institucional y justo apareció la posibilidad de probarme en Católica, que además iba a realizar una gira a Argentina y necesitaba un arquero. Fui a probarme y quedé.
- Antes de entrar a su etapa en Católica, ¿por qué eligió ser arquero? ¿Fue por su físico o por influencia familiar?
Mi papá había sido arquero en las divisiones menores de la U y él me enseñó a jugar en el arco. Seguramente me transmitió ciertas aptitudes desde chico. Entré a la escuela de fútbol a los seis años y desde ahí me quedé en esa posición.
- ¿A su papá no le dolió que se fuera a Católica siendo él hincha de la U?
No, porque él siempre quiso lo mejor para mí. Y en ese momento Católica, como institución, era espectacular, sobre todo en la formación.
No sé cómo será hoy, pero en esos años Católica te formaba como jugador y como ser humano. Mi segundo hogar fue el club. Estoy profundamente agradecido de entrenadores, utileros, funcionarios y compañeros. Todos remaban para el mismo lado.
La verdad es que mis mejores vivencias fueron en la etapa formativa de Católica.
- ¿Nunca le quedó la espinita de no haber jugado en el primer equipo de la U?
No, porque uno termina encariñándose con el lugar donde está. Católica se preocupó muchísimo de mi formación.
Fui cinco veces a Europa con el club, teníamos todas las comodidades: canchas, ropa, especialistas, nutricionistas. Además, el club entregaba muchos valores para la vida. Por eso tengo un cariño y un agradecimiento eterno hacia Católica.
- ¿Qué significó para usted haber defendido la camiseta de Universidad Católica?
Era para lo que me preparé y para lo que me prepararon. Cuando llegué al club pasé a ser el arquero de proyección y por eso hubo tanta dedicación de los entrenadores y tantas giras.
Entonces, el día que debutas en el primer equipo sientes orgullo, porque entiendes que todo el proceso valió la pena. Defender la camiseta del club que te formó tiene un valor agregado enorme y genera identidad.

El paso a Colo-Colo
- Y muchos años después, llegó a Colo-Colo. ¿Cómo se dio eso a mediados de 2005?
La posibilidad apareció porque Ricardo Dabrowski me había dirigido en Wanderers y necesitaba un arquero con experiencia que acompañara a Claudio Bravo. Él me explicó que la idea era respaldar a Claudio mientras seguía desarrollándose, porque ya proyectaban todo lo que podía llegar a ser. A mí me pareció un desafío interesante llegar a un club grande como Colo-Colo.
Nunca me incomodó ser parte de un plantel quizás desde un rol más secundario. Sentía que podía aportar tanto a Claudio como al cuerpo técnico, y además tenía una muy buena relación con Dabrowski desde Wanderers.
- ¿Ya veía en Claudio Bravo las condiciones para llegar tan lejos?
Sí, absolutamente. Además, compartimos en la Selección Chilena cuando Claudio debutó en la Copa América 2004. No somos amigos cercanos porque tenemos diferencias de edad, pero sí existe un gran respeto y cariño de mi parte. Y si pude aportar aunque fuera un poquito en su desarrollo, eso me deja muy feliz.
- ¿Con qué sensación se quedó de su paso por Colo-Colo?
Deportivamente siento que no fue un buen paso, pero creo que las cosas pasan por algo. Toda mi carrera, con momentos buenos y malos, me preparó para lo que hago hoy. Con el tiempo aprendí a mirar las experiencias de otra manera, entendiendo que cada situación me entregó herramientas. Hoy, trabajando con jugadores, siento que puedo acompañarlos con mucha más experiencia porque pasé prácticamente por todas las etapas que vive un futbolista.








